CAPÍTULO 12 El hermano mayor
El silencio de la biblioteca durante la mañana tiene un peso completamente distinto al de la noche.
No hay sombras misteriosas ni confesiones susurradas en la penumbra; solo una luz grisácea y limpia que entra por los ventanales traseros, iluminando las motas de polvo que flotan suavemente sobre las estanterías de roble.
Henry ha salido temprano hacia el centro de Londres.
Tenía una reunión presencial en la sede de su empresa para cerrar definitivamente la incidencia del servidor alemán.
Prometió estar de vuelta para la hora de comer, dejándome con la recomendación estricta de «descansar y no dejar que Alexander me mareara demasiado».
Alexander, por su parte, se ha marchado a primera hora a una sesión de fotos rápida en un estudio del Soho.
La casa debería sentirse vacía, serena. Pero para mí, permanecer en esta mansión es como habitar una estructura cargada de corriente eléctrica donde cualquier interruptor puede desatar un chispazo.
Estoy sentada en una de las mesas de madera de la biblioteca, intentando concentrarme en la revisión de unas pruebas de imprenta para un cliente. Tengo la taza de té a medio terminar a mi derecha y tres rotuladores de precisión alineados en el borde del cuaderno.
Escucho los pasos antes de ver a la persona.
No son los pasos elásticos y descalzos de Alexander, ni el caminar apresurado y rítmico de Henry. Es un paso pesado, constante, medido, que resuena sobre los tablones de la entrada con la firmeza de un metrónomo.
Jack O’Connell cruza el umbral de la biblioteca.
Lleva un jersey fino de cuello redondo negro, unos vaqueros oscuros gastados por las rodillas y las manos metidas en los bolsillos delanteros.
Tiene el pelo algo más despeinado que de costumbre y un toque de cansancio en la mirada azul helado que siempre me hace dar un paso atrás por puro instinto de conservación.
Sostiene una taza de café en la mano derecha.
—Buenos días —dice con esa voz grave, rasposa y baja que suena a madera vieja y amplificadores apagados.
—Buenos días —respondo de inmediato, irguiéndome en la silla de madera y recogiendo de forma automática uno de los rotuladores.
Jack no se queda en la puerta. Avanza despacio por el pasillo central de la biblioteca, entre las estanterías de libros antiguos, hasta detenerse a un par de metros de mi mesa.
No me mira con la intensidad devoradora de Alexander, ni con la ternura limpia de Henry.
Me mira con una atención tranquila, serena, como si estuviera comprobando el estado de la habitación antes de decidir si se queda.
—Henry ha salido pronto —comenta, dando un sorbo a su café.
—Sí —asiento, agradecida por la neutralidad del tema—. Tuvo que ir a la oficina. Algo sobre la firma de unos protocolos de seguridad.
—Clásico de Henry —dice Jack, y una sonrisa diminuta, casi imperceptible, dibuja una curva sutil en la comisura de sus labios—. Si pudiera, automatizaría su propio desayuno para no perder tres minutos por la mañana.
Suelto una pequeña risa. Es la primera vez que escucho a Jack hacer una broma sobre su hermano pequeño sin esa coraza de severidad que suele llevar puesta.
—Le gusta el orden —digo, acariciando la taza de té entre mis manos.
—Le da seguridad —corrige Jack sencillamente, dando un par de pasos hacia la mesa y apoyando la cadera contra el borde de la madera, a una distancia respetuosa—.
Cuando no tienes control sobre nada de lo que pasa a tu alrededor durante diez años, terminas obsesionándote con controlar las pequeñas cosas.
Henry necesita saber que el mundo no se va a desplomar si él mantiene las piezas en su sitio.
Me quedo mirándolo. La lucidez con la que Jack habla de sus hermanos es abrumadora. No hay teorización ni distancia; hay el conocimiento profundo de alguien que ha pasado la vida observando las costuras de la gente a la que ama para evitar que se deshilachen.
—Tú también intentas mantener las piezas en su sitio —observo en un murmullo, sin pensarlo demasiado.
Jack se queda en silencio un segundo. Sus ojos azul helado se fijan en los míos, manteniendo un contacto visual firme, pero extrañamente cómodo. No hay la electricidad peligrosa de Alexander; hay una solidez que invita a soltar el peso que llevo a cuestas.
—Alguien tiene que hacerlo —responde él con brevedad—. Alexander es una tormenta y Henry es de cristal. Si yo no mantengo los pies en la tierra, este sitio se cae a pedazos en dos días.
—Debe de ser agotador —mormullo, bajando la vista hacia mis pruebas de imprenta.
—Te acostumbras —dice Jack.
Se produce una pausa larga, un silencio cómodo que contrasta enormemente con el ambiente cargado de los últimos días. Jack da otro sorbo a su café y luego mira el trabajo desplegado sobre mi mesa: las muestras de color, los vectores impresos, los trazos de tipografía hechos a mano con tinta china.
—Ese trazo de la 'M' está torcido —señala con el índice, apuntando a una de las esquinas del papel sin llegar a tocarlo.
Pestañeo, sorprendida, y acerco la hoja a mi cara.
—¿Cómo sabías que estaba torcido? Es una corrección de medio milímetro.
—Paso seis horas al día mirando partituras y ajustando frecuencias de onda en una pantalla de mezclas —responde Jack con naturalidad—.
Entiendo de proporciones. Si una nota está un cuarto de tono por encima, el acorde entero suena sucio aunque la gente no sepa explicar por qué. Con el dibujo pasa lo mismo.
Me quedo mirando el trazo. Tiene razón. El ángulo de la curva tiene una desviación mínima que solo un ojo entrenado o extremadamente analítico detectaría.
Saco el lápiz de grafito y corrijo la línea con tres trazos seguros.
—Mejor —dice Jack desde arriba, aprobando la corrección con una leve inclinación de cabeza.
—No sabía que los músicos de rock se fijaran en las tipografías —comento con autoironía, buscando relajar el ambiente.
—Los músicos de rock pasan mucho tiempo en salas de espera, autobuses de gira y estudios de grabación sin nada mejor que hacer que mirar las cosas con detalle —responde él, apoyándose un poco más en la mesa—. Y yo, en particular, me paso la vida observando a la gente.
—¿A la gente?
—A la gente que entra en esta casa —especifica, y su tono se vuelve un compás más grave, más denso—. Especialmente a la gente que entra en la vida de Henry.
El pulso me da un vuelco involuntario en el cuello. La barrera defensiva que había empezado a aflojar vuelve a tensarse en un segundo.
—Jack... —empiezo a decir, temiendo el interrogatorio.
Pero Jack levanta una mano despacio, deteniéndome antes de que pueda ponerme a la defensiva. No hay dureza en su rostro. Hay una serenidad profunda, casi triste, que me desarma por completo.
—No te estoy juzgando, Margott —dice con una voz suave, profundamente sincera—.
Sé la clase de persona que eres. Lo vi el primer día cuando trajiste el bizcocho y te quedaste parada en la entrada como si te fueran a cobrar por pisar el mármol.
No eres una cazafortunas, no eres una chica mala y no estás aquí para aprovecharte de nadie.
Trago saliva con dificultad, sintiendo que un nudo amargo se me forma en la garganta.
—Entonces... ¿por qué me miras así? —pregunto en un susurro.
Jack baja la vista hacia su taza de café un segundo antes de volver a clavar sus ojos azules en mí.
—Porque te veo —responde sencillamente—. Veo lo cansada que estás. Veo cómo te esfuerzas por ser la novia perfecta para Henry, cómo te tragas tus propias dudas para no complicarle la vida y cómo intentas fingir que todo está bien cuando por dentro estás hecha un lío.
Las palabras de Jack me golpean en el pecho con la fuerza de una revelación.
A diferencia de Alexander, que ataca mis defensas desde el deseo, la fascinación y el elogio directo, Jack lo hace desde la pura comprensión.
No intenta seducirme. No intenta ponerme nerviosa ni acorralarme contra una pared.
Simplemente ve la grieta en mi coraza, la nombra con una precisión quirúrgica y se queda allí, de pie, ofreciéndome un espacio seguro donde no tengo que fingir.
Siento que las lágrimas me pican en la parte posterior de los ojos. Me paso la mano por la frente, intentando sofocar la emoción repentina que amenazar con desbordarme.
—A veces siento que no encajo en ninguna parte, Jack —confieso, y la verdad sale de mi boca antes de que pueda filtrarla—.
Con Henry estoy a salvo, de verdad que lo estoy, pero...
tengo tanto miedo de arruinarlo. Tengo tanto miedo de no ser lo que él necesita o de terminar haciéndole daño sin querer.
Jack no se mueve. No da un paso abrupto hacia mí ni intenta tocarme. Se limita a mirarme con una empatía tan pura, tan desprovista de juicio, que me resulta reconfortante de una forma casi dolorosa.
—Henry te quiere, Margott —dice Jack con voz firme—. Nunca lo he visto mirar a nadie como te mira a ti. Para él eres el centro del mundo. Y tú no vas a arruinar nada si dejas de exigirte ser perfecta. Nadie en esta casa es perfecto. Dios sabe que nosotros somos un desastre.
—Vosotros sois una familia —mormullo—. Tenéis una historia. Tenéis un lazo que nada puede romper.
—Y tú estás intentando formar parte de ella —recala él en un susurro grave—. Pero no puedes hacerlo si sigues llevando esa armadura a todas partes. Aquí no necesitas protegerte de nadie. Ni de Henry, ni de Alexander... ni de mí.
Nos quedamos en silencio.
El reloj de pared de la biblioteca marca los segundos con un chasquido rítmico que parece acompasar nuestras respiraciones.
Miro a Jack. Veo la madurez en las arrugas finas que se le forman en la esquina de los ojos, la solidez de sus hombros, la tranquilidad de un hombre que ha aprendido a sostener el peso de tres vidas sobre su espalda sin quejarse jamás.
Por primera vez desde que llegué a esta mansión, siento que la tensión en mis hombros cede del todo. No porque me sienta deseada ni porque alguien me haya dicho que soy preciosa, sino porque alguien me ha escuchado. Alguien ha visto mi cansancio y no me ha pedido que me disculpe por él.
—Gracias, Jack —digo con la voz temblorosa, pero sincera.
Jack me dedica una pequeña inclinación de cabeza. Se despega del borde de la mesa de madera con un movimiento fluido y da un paso hacia la salida.
—Voy a preparar más café —menciona con su tono habitual—. ¿Quieres otra taza?
—Sí, por favor —sonrío débilmente—. Descafeinado, si hay.
—Hay descafeinado —asiente él—. Alexander lo compró ayer.
Se gira para salir de la biblioteca, pero antes de cruzar la puerta se detiene un segundo. Se vuelve hacia mí, clavando sus ojos azul helado en los míos una última vez.
—Si necesitas hablar de cualquier cosa, Margott... de lo que sea... estoy abajo en el estudio de música —dice en un murmullo grave que se me queda grabado en el pecho—. Yo no soy como Alexander. Yo sé escuchar sin armar un espectáculo.
Sale de la estancia con su paso pesado y constante, dejando la puerta entornada Detrás de él.
Me quedo sentada a la mesa de madera, mirando la 'M' corregida en mi cuaderno de bocetos.
Siento una extraña calidez en el centro del pecho.
Una sensación de paz que no había experimentado desde que crucé el portón de hierro de la mansión.
Jack O’Connell no ha intentado provocarme ni me ha puesto contra las cuerdas.
Se ha convertido, en cuestión de veinte minutos, en la única persona en esta casa a la que siento que puedo contarle la verdad sobre mis miedos.
Y mientras espero a que vuelva con el café, una pequeña voz en mi mente me advierte de que la intimidad emocional, la comprensión silenciosa y la seguridad que ofrece el hermano mayor pueden llegar a ser una frontera mucho más peligrosa y difícil de defender que cualquier juego de seducción física.