CAPÍTULO 6 Aquí nadie llama a la puerta #2
Miro el espacio en la cama. Siento una oleada de pánico helado que me recorre la columna. La mera idea de sumarme a esa masa de cuerpos masculinos, de romper mi propia frontera de aislamiento, me produce un vértigo físico insoportable.
—Estoy bien de pie, gracias —respondo deprisa, dando un paso hacia atrás.
Jack abre los ojos del todo al escuchar mi negativa. Su mirada azul grisácea me clava en el sitio con una intensidad que me corta el aliento. No dice nada, pero su entrecejo se frunce levemente, como si estuviera registrando mi reacción, analizando cada capa de mi defensa.
—Está asustada, Alexander —comenta Jack con su voz grave, sin apartar los ojos de los míos—. Déjala en paz.
—No estoy asustada —protesto de inmediato, herida en mi orgullo—. Solo... valoro el espacio personal. Es una costumbre civilizada.
Alexander no parece dispuesto a aceptar mi negativa.
Con un movimiento fluido y ridículamente ágil para alguien de su estatura, se desenreda de sus hermanos y se pone de pie.
La forma en que se mueve no tiene nada de la torpeza de Henry; Alexander se desplaza con una gracia felina, una confianza absoluta en su propio cuerpo que resulta abrumadora.
Avanza hacia mí.
Paso a paso.
No se detiene a la distancia prudencial de un metro a la que la gente normal suele hablar. Continúa caminando hasta plantar sus pies descalzos a escasos centímetros de mis botas.
La diferencia de altura es devastadora. Tengo que alzar la cabeza para mirarlo.
Su presencia física borra el resto de la habitación: huele a esa mezcla embriagadora de manzana, tabaco dulce y perfume caro, y el calor que emana de su cuerpo es como situarse junto a un radiador encendido en pleno invierno.
—Espacio personal —repite Alexander en un susurro divertido, inclinando la cabeza hacia abajo para que sus ojos verdes queden a la altura de los míos—. Qué concepto tan aburrido.
Se inclina un poco más. Siento su respiración tibia rozándome la piel del cuello.
Siento que el corazón me da un vuelco salvaje contra las costillas.
Mis manos se aprietan contra el cuero de mi bolso.
Debería dar un paso atrás. Debería recordarle que soy la novia de su hermano, que estamos en el dormitorio de Henry y que él es un desconocido que sale en los anuncios de televisión.
Pero no me muevo. Estoy paralizada por una descarga de electricidad pura que me recorre la piel de los brazos.
Alexander estira la mano. No para tocarme la cara, no para hacer un gesto brusco. Desliza dos dedos con una lentitud desesperante por la manga de mi vestido de punto, subiendo desde el muñeca hasta el hombro, rozando la tela con una delicadeza que contrasta brutalmente con su tamaño.
—Te pones muy tensa cuando alguien se acerca, Margott —murmura, y su voz pierde por un segundo ese tono de broma constante para volverse algo mucho más oscuro, más observador—. Como si esperaras que te vayan a hacer daño.
El impacto de su comentario me golpea directamente en el estómago.
Como si esperaras que te vayan a hacer daño.
Mis defensas se desploman por un segundo. La sombra de Marcos, de sus juicios, de sus desplantes, de la forma en que me convirtió en una persona temerosa de ocupar espacio, se proyecta sobre la habitación con una nitidez dolorosa.
Miro a Alexander a los ojos. No hay burla en su mirada en este momento. Hay una curiosidad incisiva, una inteligencia rápida que ha tardado exactamente dos horas en leer la grieta que llevo ocultando meses.
—Alexander —interviene la voz de Henry desde la cama. Su tono no es de enfado, ni siquiera de celos; es simplemente la voz del hermano pequeño pidiendo orden—. Deja de atosigar a Margott. Te he dicho que no le gustan las invasiones.
Alexander rompe el contacto visual. La tensión que se había acumulado entre los dos en esos tres segundos se disuelve tan rápido como ha aparecido. Se gira hacia Henry con una sonrisa descarada, pasándose la mano por el pelo castaño.
—Solo le estaba explicando la política de la casa, enano —se defiende Alexander, dando un paso atrás y devolviéndome mi espacio personal de golpe, dejándome con una sensación de frío repentino en la piel—. En esta casa se comparte todo. La comida, la ropa, los sofás... y los dormitorios.
—Menos los cepillos de dientes —apunta Jack desde la cama, poniéndose de pie con lentitud—. Si alguno vuelve a usar mi cepillo de dientes, le rompo los dedos.
—Eso fue una vez, Jack, y fue una emergencia —protesta Alexander, caminando hacia la puerta—. Bueno, voy a buscar la dichosa funda de la cámara antes de que se haga de noche. Margott, ha sido un placer romper tu burbuja de espacio personal.
Alexander me dedica un guiño rápido con el ojo derecho y sale del dormitorio tarareando una melodía que no reconozco.
Jack camina hacia la salida a continuación. Se detiene a mi lado durante un segundo. Su presencia es menos estridente que la de Alexander, pero infinitamente más pesada. Se queda mirándome en silencio, sus ojos azul helado fijos en mi rostro.
—No le tengas en cuenta las bromas —dice Jack con su voz grave y gastada—. Es un idiota, pero no tiene mala intención. Solo no sabe estar quieto.
—Estoy bien —consigo decir, intentando que la voz me suene firme.
Jack asiente despacio.
—Si necesitas aire, la terraza del piso de abajo está abierta —añade antes de salir—. Allí no entra nadie. Ni siquiera nosotros.
Sale de la habitación, dejando la puerta abierta de par en par, exactamente igual que como la encontró.
Nos quedamos solos de nuevo.
Henry se levanta de la cama, se sacude los pantalones con las manos y estira el cobertor blanco que sus hermanos han dejado hecho un acordeón con una paciencia casi santa. Vuelve a dejar la cama impecable, sin un solo pliegue, como si nada hubiera ocurrido.
Luego camina hacia mí y me envuelve la cintura con sus brazos, pegando su frente a la mía.
—¿Ves? Te dije que eran un terremoto —sonríe con ternura—. Pero ya ha pasado lo peor. Ahora podemos estar tranquilos un rato.
Miro a Henry. Miro su rostro dulce, su mirada transparente, la confianza ciega y absoluta que tiene en mí y en sus hermanos.
No hay un solo átomo de malicia en Henry O’Connell.
No puede concebir que su hermano mayor me haya mirado de esa manera, ni que el toque de los dedos de Alexander en mi brazo me haya hecho temblar las piernas de una forma que nada tiene que ver con el miedo.
Siento una punzada de culpa tan agudo que me quema la garganta.
—Henry... —murmuro, apoyando las manos en su pecho—. ¿De verdad no te molesta que entren así? ¿Que... que se acerquen tanto?
Henry pestañea, sinceramente sorprendido por la pregunta.
—¿Por qué me iba a molestar? Son mis hermanos, Margott. Lo han sido siempre. Sé que para ti es extraño porque no has tenido hermanos, pero para nosotros no hay fronteras. Confiamos los unos en los otros con los ojos cerrados. Sé que nunca me harían daño. Y sé que tú tampoco.
La certeza con la que lo dice es un puñal.
Me pego a su pecho, escondiendo la cara en su cuello, respirando su olor a limpio y a cedro, intentando ahogar la inquietud salvaje que acaba de instalarse en mi interior.
Henry me abraza con fuerza, acariciándome la espalda con esa devoción serena que me ha enamorado durante los últimos cuatro meses.
Pero mientras estoy en sus brazos, en el silencio de su dormitorio perfecto, la memoria de mi piel sigue ardiendo en el lugar exacto donde los dedos de Alexander me han tocado.
Y en la profundidad de mi mente, la mirada fría y analítica de Jack O’Connell sigue observándome, sabiendo, sin haber dicho una sola palabra, que la armadura de la novia perfecta de Henry acaba de recibir su primer impacto.