CAPÍTULO 7 El hermano de mi novio
La cocina de los O’Connell es una contradicción caminante, igual que todo lo demás en esta casa.
Tiene techos altos con vigas de madera vista del siglo XVIII, una isla central de granito oscuro que podría albergar una conferencia internacional y electrodomésticos de acero inoxidable de gama profesional que parecen sacados del restaurante de un chef con tres estrellas Michelin.
Sin embargo, sobre la encimera impecable hay dos cajas de pizza vacías, una jarra de zumo de naranja sin tapa y un bote de crema de cacao con una cuchara de plata clavada directamente en el centro.
Son las ocho de la tarde. Tras la marejada de la tarde en el dormitorio de Henry, bajé buscando un vaso de agua y un momento de aislamiento para intentar reprogramar mi cerebro.
Henry se ha quedado en la biblioteca de la planta baja intentando ayudar a Jack a descifrar una factura de la última gira europea de su banda.
Me ofreció acompañarle, pero mi capacidad de absorción de información social ha alcanzado su límite absoluto por hoy.
Necesitaba cinco minutos de silencio. Cinco minutos para recordar quién soy, para respirar el aire frío del jardín a través de la ventana y para repetirme, como un mantra religioso, que el toque de los dedos de Alexander en mi brazo en la segunda planta no ha sido más que una provocación sin importancia de un chico acostumbrado a que todo el mundo lo mire.
Me sirvo agua del grifo de diseño de la isla, apoyando la espalda contra el borde del granito. El agua está helada y me alivia la sequedad de la garganta, pero el silencio que buscaba dura exactamente cuarenta y dos segundos.
El sonido de unos pasos descalzos sobre el suelo de madera me hace tensarme de inmediato.
—Pensaba que habías dicho que no te gustaba estar sola en los espacios grandes —dice una voz a mi izquierda.
Me giro despacio.
Alexander está apoyado contra el marco de la puerta de doble hoja que da al comedor.
Se ha cambiado la camiseta sin mangas por un jersey de cuello ancho de color crema que le cae con una elegancia descuidada sobre un hombro, dejando a la vista la curva de su clavícula y un fragmento de tatuaje en la piel.
Lleva los vaqueros desabrochados en el primer botón y el pelo castaño aún húmedo, como si se hubiera duchado rápido tras la escena del dormitorio.
Huele a ese jabón caro con notas de bergamota y madera dulce.
—No he dicho que no me guste estar sola —respondo, sujetando el vaso con las dos manos como si fuera una barrera defensiva—. He dicho que me gusta el espacio personal. Hay una diferencia sutil pero importante.
Alexander suelta un murmullo divertido. Se despega del marco de la puerta y avanza hacia la isla con ese paso lento, elástico y felino que parece estar ensayado para una pasarela, pero que en él resulta exasperantemente natural.
—Ah, claro. El famoso espacio personal —sonríe, rodeando la isla central hasta detenerse al otro lado del granito, justo enfrente de mí.
Hay un metro de superficie de piedra entre los dos, pero la forma en que me mira —con esos ojos verdes intensos, ligeramente entornados, fijos en mi rostro— hace que la distancia parezca inexistente.
—¿Te hemos asustado mucho arriba, Margott? —pregunta, apoyando los antebrazos sobre el granito y reclinándose hacia adelante.
—No me habéis asustado —miento, dando un sorbo a mi vaso de agua—. Solo me habéis... descolocado. No estoy acostumbrada a que tres personas se tiren encima de mí en una cama sin avisar.
—Tampoco nos tiramos encima de ti —corrige él con una chispa de malicia en la mirada—. Nos tiramos encima de Henry. Tú estabas al lado, con esa cara de horror como si hubiéramos sacrificado un cordero en mitad del salón.
—Tenía esa cara porque Henry estaba a punto de besarme cuando entraste sin llamar —le recuerdo, apretando los dientes para mantener la firmeza en la voz.
Alexander no se inmuta. Al contrario: la comisura de sus labios se eleva en una sonrisa aún más amplia, una curva perfecta que ha vendido millones de frascos de colonia en los cinco continentes y que ahora está dirigida exclusivamente a mí.
—Bueno, si hubieras estado besando a Henry de verdad, no te habrías sobresaltado tanto cuando giré el pomo —dice con una soltura devastadora—. Estabas en tensión antes de que yo entrara, preciosa. Te vi desde la puerta.
El apelativo preciosa me golpea en el pecho como una piedra pequeña.
—No me llames así —digo, tratando de sonar tajante.
—¿Preciosa? ¿Por qué no? Es la verdad. Tienes unos ojos claros increíbles, un pelo que parece que te acabas de levantar de la cama y una forma de fruncir la nariz cuando te enfadas que resulta absurdamente atractiva.
Me quedo helada.
Mi corazón da un vuelco salvaje contra mis costillas.
Un rubor violento, abrasador, me sube por el cuello hasta encenderse en mis pómulos.
Intento buscar una respuesta mordaz, un sarcasmo que desmonte su halago y me devuelva el control de la conversación, pero mi cerebro se ha quedado completamente en blanco.
No estoy acostumbrada a esto.
Marcos jamás me decía que era atractiva cuando estaba enfadada.
Marcos me decía que resultaba agotadora, que mi cara de molestia arruinaba la cena y que mi pelo ondulado parecía un nido de pájaros si no me lo alisaba antes de salir.
Escuchar a un hombre de un metro ochenta y ocho, con la belleza simétrica de un dios griego, decirme con total naturalidad que soy atractiva mientras frunzo la nariz es una agresión directa a mi arquitectura mental.
Alexander detecta mi parálisis de inmediato.
Sus ojos verdes se dilatan ligeramente, brillando con una satisfacción infantil. Se da cuenta de que sus palabras me han afectado, de que mi respiración se ha vuelto un compás más rápida y de que mi pulso se ha disparado en la base de mi cuello.
Y le encanta. Veo la fascinación nacer en su rostro en tiempo real.
—Vaya —susurra Alexander, inclinándose un poco más sobre la isla de granito—. Te has puesto roja.
—Es el calor de la cocina —improviso torpemente, girándome hacia la ventana para evitar su mirada.
—En esta cocina no hay nada encendido, Margott —se ríe él, una risa baja, cálida, roncamente seductora—. Te has puesto roja porque te he dicho que eres atractiva. Y porque no te esperabas que te lo dijera.
—Me pongo roja por la vergüenza ajena que me da tu falta de modestia —corrijo, volviendo a mirarlo con toda la entereza que puedo reunir—. Eres el hermano de mi novio, Alexander. Un poco de respeto.
—Respeto a Henry tengo todo el del mundo —afirma él, y por un segundo la broma desaparece de su rostro, dejando entrever esa lealtad profunda y feroz de la que me habló Henry—.
Daría la vida por ese enano si hiciera falta.
Pero eso no me impide darme cuenta de que su novia es una mujer preciosa que parece estar muerta de pánico de que alguien se lo diga a la cara.
Me quedo mirándolo. La mezcla de descaro, agudeza y vulnerabilidad en su tono es una combinación tóxica.
Alexander no se queda al otro lado de la isla de granito. Bordea el mueble con pasos lentos y silenciosos. No viene directo hacia mí, sino que se acerca a la cafetera italiana que descansa sobre la placa de inducción, agarrando dos tazas del armario superior.
—¿Quieres un café? —pregunta con una naturalidad pasmosa, como si no acabara de ponerme el mundo del revés.
—No tomo café a estas horas. Me quita el sueño.
—Es descafeinado —responde, encendiendo el fuego bajo la cafetera con la soltura de quien se conoce el lugar de memoria—. Jack compra esta mezcla especial de tueste natural. Huele increíble.
Se apoya contra la encimera, justo al lado del grifo, reduciendo el espacio entre nosotros a menos de medio metro.
El pánico intenta volver a instalarse en mi pecho, pero la actitud de Alexander es tan desarmante que me resulta imposible mantener la postura de ataque.
No está intentando acorralarme de forma agresiva; simplemente habita el espacio con una confianza tan desbordante que parece dar por hecho que su presencia es un regalo.
—¿Siempre eres así? —pregunto, dejándome llevar por la curiosidad a pesar de mi voz de alarma interna.
—¿Así cómo? —se gira hacia mí, apoyando un codo en la madera.
—Tan... ruidoso. Tan sin filtro. Tan seguro de que a todo el mundo le apetece escucharte.
Alexander suelta una carcajada genuina, echa la cabeza hacia atrás y deja ver la línea perfecta de su cuello. Es una risa limpia, nada calculada.
—Generalmente, sí —admite, mirándome de reojo con una chispa juguetona—.
Mi trabajo consiste en ponerme ropa ridículamente cara, ponerme delante de una cámara y conseguir que la gente quiera comprar lo que llevo puesto.
Si no tuviera confianza en mí mismo, me habría hundido hace seis años.
La modestia está sobrevalorada en mi profesión, Margott.
—Aun así, podrías probar a aplicar un diez por ciento de contención cuando estás en casa.
—¿Para qué? En casa es el único sitio donde no tengo que fingir que soy un maniquí misterioso y serio —protesta él, haciendo un gesto con la mano—.
Aquí puedo ser un idiota, tirarme en el sofá, comerme tu bizcocho de limón entero y decirle a la novia de mi hermano que tiene unos ojos preciosos sin que nadie me pida que firme un contrato de confidencialidad.
La forma en que lo dice, con esa franqueza descarada, me saca una pequeña sonrisa involuntaria. Intento frenarla, morder de nuevo mi labio inferior para ocultarla, pero es demasiado tarde. Alexander la ve.
—Aha —señala con el índice hacia mi cara, triunfante—. Te has reído.
—No me he reído. He tenido un espasmo facial.
—Te has reído, Margott. He ganado.
—Esto no es una competición, Alexander —replico, pero la tensión en mi hombros ha cedido considerablemente.
—Todo es una competición cuando hay tres hermanos en la misma casa —sonríe él, dándose la vuelta para apagar el fuego de la cafetera, que acaba de empezar a borbotear con un aroma denso a grano tostado—.
Henry gana en inteligencia, Jack gana en ser el adulto responsable...
así que a mí solo me queda ganar en simpatía y en conseguir que la gente se ría conmigo.
Sirve el café en las dos tazas de cerámica. Me tiende una de ellas.
Dudo un segundo antes de cogerla. Cuando mis dedos envuelven la cerámica caliente, la yema de sus dedos roza la mía. Es un contacto breve, apenas de un segundo, pero la piel de Alexander está tan caliente que siento un chispazo eléctrico subirme por la muñeca.
Le miro. Él no retira la mano de inmediato; se queda sosteniendo el otro lado de la taza durante un instante más, mirándome a los ojos con una intensidad que vuelve a cortar el aire en la cocina.
—Henry es muy afortunado —dice en un murmullo grave, y por primera vez en toda la tarde no hay rastro de broma en su voz—. Tiene mucha suerte de haberte encontrado.
—Él... él me cuida mucho —consigo decir, necesitando meter el nombre de Henry en la conversación como si fuera una estaca de madera clavada entre los dos—. Es el hombre más atento que he conocido nunca.
—Lo sé —asiente Alexander, soltando por fin la taza y dando un paso atrás para apoyarse en la encimera—. Henry es perfecto. Es bueno, es noble y te quiere con locura. Llevaba cuatro meses hablando de ti como si hubieras bajado del cielo.
—¿Y tú no te lo creías?
—No es que no me lo creyera —Alexander da un sorbo a su café, observándome por encima del borde de la taza—. Es que pensé que sería una chica más. Una de esas chicas perfectas, educadas y aburridas que suelen gustarle a la gente normal. No esperaba a alguien tan... real. Tan caótica. Tan viva.
El elogio es tan específico, tan diferente de lo que mi mente insegura espera escuchar, que siento un nudo dulce apretarme la garganta.
Él es el hermano de Henry, me digo en silencio, apretando la taza de café entre mis manos hasta que me duelen los nudillos. Él es el hermano de Henry. Es un modelo internacional que flirtea por inercia. No significa nada. No puede significar nada.
—Soy solo una diseñadora gráfica que se pasa el día peleándose con logotipos y tirando patatas fritas en los pubs, Alexander —digo, intentando rebajar el tono íntimo que ha tomado la conversación.
—Ya —murmura él, mirándome con una sonrisa pequeña y enigmática—. Y eso es precisamente lo que te hace peligrosa, Margott.
Antes de que pueda preguntarle qué demonios significa eso, la puerta de la cocina se abre de par en par.
Henry entra en la estancia. Trae el cabello un poco revuelto y lleva una carpeta de documentos bajo el brazo.
Al vernos a los dos juntos junto a la encimera, compartiendo tazas de café humeante en la penumbra de la cocina, su rostro entero se ilumina con esa dulzura transparente que me desgarra el corazón.
—Ah, estáis aquí —dice Henry, caminando directamente hacia mí.
Pasa un brazo por mi cintura, pegándome a su costado de esa forma tranquila y protectora a la que estoy acostumbrada. Se inclina y me besa la sien con una ternura infinita.
—¿Te has aburrido mucho sola? —me pregunta al oído, su aliento tibio rozándome la oreja.
—No —respondo, y la voz me sale con un hilo de culpa tan pesado que temo que lo note—. Alexander me ha preparado un café.
Henry levanta la vista hacia su hermano. No hay ni una sola sombra de sospecha en sus ojos oscuros. Ni un átomo de celos. Para Henry, ver a su novia y a su hermano compartiendo un café en la cocina es la imagen idílica de dos personas a las que ama llevándose bien.
—Gracias por cuidar de ella, Alex —dice Henry con absoluta sinceridad.
Alexander sostiene la mirada de su hermano. Durante un segundo casi imperceptible, veo un destello de algo complejo cruzar los ojos verdes del modelo: una mezcla de afecto profundo, culpabilidad y esa fascinación peligrosa que acaba de descubrir hace cinco minutos.
—De nada, enano —responde Alexander, recuperando su sonrisa descarada con una rapidez pasmosa—. Tu novia es una excelente compañía. Aunque insiste en que tiene espacio personal, creo que le estoy haciendo un tratamiento de choque bastante efectivo.
—Alexander, déjala en paz —se ríe Henry, apretándome un poco más contra su cuerpo. Luego me mira a mí, con los ojos llenos de devoción—. ¿Nos vamos a casa, Margott? La cena está casi lista en mi piso de Islington y prefiero que durmamos allí.
—Sí —digo de inmediato, casi con desesperación—. Sí, por favor. Vamos a casa.
Necesito salir de esta mansión. Necesito alejarme de las miradas intensas de Jack, de la presencia arrolladora de Alexander y de la atmósfera densa de esta familia que no conoce las fronteras.
Mientras Henry me ayuda a ponerme el abrigo en el recibidor, siento la mirada de Alexander clavada en mi espalda desde la puerta de la cocina. No me giro para mirarlo, pero puedo sentir el calor de sus ojos verdes quemándome la piel.
Él sabe que me pone nerviosa.
Sabe que sus complidos me desarman.
Y lo peor de todo, lo que me aterra mientras cruzo el portón de hierro forjado de la mansión en el coche de Henry, es que he descubierto que a mí también me gusta la peligrosa electricidad de su juego.