Demasiado cerca CAPÍTULO 6 Aquí nadie llama a la puerta
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CAPÍTULO 6 Aquí nadie llama a la puerta

La habitación de Henry es un oasis de cordura en mitad del imperio del caos que habitan los O’Connell.

Mientras que el resto de la mansión parece un museo donde alguien hubiera decidido organizar una fiesta salvaje —con cuadros del siglo XIX compartiendo pared con guitarras eléctricas, jarrones de porcelana sirviendo de ceniceros improvisados y prendas de ropa de firma tiradas sobre consolas de caoba—, el dormitorio de Henry en la segunda planta es la traducción física de su mente.

Paredes pintadas de un azul grisáceo sereno.

Una cama de matrimonio perfectamente hecha con sábanas blancas donde ni una sola arruga se atreve a desafiar la gravedad.

Un escritorio de roble claro con dos monitores curvos, los cables ocultos meticulosamente mediante bridas de velero y una estantería donde los libros están ordenados alfabéticamente por autor y, dentro del autor, por fecha de publicación.

—Siento si abajo ha sido un poco... tumultuoso —dice Henry, cerrando la puerta tras de nosotros con un chasquido suave.

Me dejo caer en el extremo del sofá de terciopelo azul que tiene a los pies de su cama, soltando un largo suspiro que llevaba atascado en mis pulmones desde que puse un pie en el vestíbulo.

—«Tumultuoso» es un eufemismo precioso, Henry —respondo, pasándome las manos por la cara—. Tu hermano Alexander me ha levantado del suelo antes de saber mi segundo apellido y tu hermano Jack me ha mirado como si fuera a ponerme un micro bajo la ropa para comprobar si soy una espía industrial.

Henry suelta una risita baja y se acerca a mí. Se sienta a mi lado en el sofá, dejando el espacio justo entre los dos para no resultarme invasivo. Desliza su mano sobre la mía, entrelazando sus dedos con los míos con esa ternura habitual que consigue relajarme las pulsaciones.

—Te he dicho que te acostumbrarás —murmura, inclinándose para darme un beso suave en el pómulo—.

Jack solo es protector. Y Alexander... bueno, Alexander no comprende el concepto de la distancia interpersonal.

Cuando éramos pequeños compartíamos los tres una habitación que tenía el tamaño del vestidor de abajo.

No conocemos otra forma de relacionarnos.

—Yo soy hija única, Henry —le recuerdo, mirándolo a esos ojos oscuros tan limpios—. Para mí, que un desconocido de metro noventa se tire encima de mí en los primeros tres segundos de conocerlo no es «afecto fraternal», es una amenaza de primer grado.

—Alexander no es un desconocido, es mi hermano —sonríe él, rozando mi barbilla con el pulgar—. Y de verdad le ha gustado el bizcocho. Se ha comido dos trozos antes de que Jack pudiera quitarle el plato.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos.

La luz del atardecer londinense entra a través de los grandes ventanales de la habitación, tiñendo el suelo de madera con tonos dorados y cobrizos.

Estar a solas con Henry en este espacio me devuelve la paz.

Me inclino hacia él, apoyando la cabeza en su hombro mientras escucho su respiración pausada.

—¿Estás bien aquí? —pregunta él, acariciándome el brazo por encima de la tela del vestido de punto.

—Ahora sí —admito en un susurro, cerrando los ojos—. Aquí huele a ti. Huele a seguro.

Henry se gira ligeramente y me busca los labios.

Es un beso lento, dulce, saturado de esa promesa de estabilidad que tanto necesito.

Deslizo mi mano libre por su cuello, sintiendo la suavidad de su piel y la firmeza de su mandíbula.

Por un momento, olvido la mansión, los fotógrafos en la puerta, el bizcocho de limón y la presencia arrolladora de sus hermanos en la planta baja.

Y entonces, el universo decide recordarme dónde estoy.

El pomo de la puerta gira sin previo aviso. La madera se abre de golpe con un impacto seco contra el tope de la pared.

—¡Henry! —grita una voz retumbante—. ¿Dónde has puesto la funda de la cámara analógica? Tengo una sesión mañana por la mañana y no la encuentro por ninguna...

Me separo de Henry como si me hubiera picado una cobra. Me pongo de pie de un salto, con el corazón en la garganta y la cara ardiendo como una antorcha.

Alexander entra en la habitación como si estuviera desfilando por una pasarela. Lleva una manzana verde en la mano de la que le da un bocado sonoro sin molestarse en pedir disculpas por la interrupción. Ni siquiera pestañea al vernos a los dos con los labios rojos y la respiración descompasada.

—Ah, estabáis en mitad de algo —comenta Alexander con la boca media llena, señalándonos con la manzana—. Lo siento. Bueno, no lo siento tanto, esta es mi casa. Henry, ¿dónde está la funda?

Me quedo petrificada, mirando hacia la puerta abierta, esperando que Henry le exija un mínimo de compostura.

—En el armario del pasillo, Alexander —responde Henry con una tranquilidad desarmante, sin levantarse del sofá ni inmutarse lo más mínimo—. En la tercera balda, detrás de las cajas de objetivos.

—Gracias, enano —dice Alexander, dando otro bocado a la fruta.

Pero en lugar de dar media vuelta e irse a buscar su dichosa funda, Alexander cruza el dormitorio con paso despreocupado.

Se tira cuan largo es sobre la cama impecable de Henry, sin quitarse los vaqueros ni preocuparse por arrugar el cobertor blanco que Henry probablemente tarda diez minutos en estirar cada mañana.

Me froto los ojos. No puedo creerlo.

Antes de que pueda procesar la escena, una figura oscura aparece en el marco de la puerta. Jack.

El hermano mayor entra despacio, con las manos metidas en los bolsillos delanteros de sus vaqueros negros. Tampoco llama a la puerta. Tampoco pide permiso. Simplemente avanza hasta la cama de Henry, se sienta en el borde, a los pies de Alexander, y estira las piernas con una soltura absoluta.

—Esa funda la vi ayer en el estudio —dice Jack con su voz grave y rasposa, dirigiéndose a Alexander—. La dejaste junto al amplificador de tubos cuando fuiste a buscar cerveza.

—¿De verdad? —Alexander se incorpora sobre un codo, arrugando aún más las sábanas de su hermano—. Qué raro. Podría haber jurado que la bajé al garaje.

—Eres incapaz de recordar dónde dejas las cosas más de diez minutos —comenta Jack, alargando la mano para darle un manotazo cariñoso pero firme en el muslo a Alexander.

Alexander se ríe, estira una pierna y le da una patada juguetona a Jack en la espalda. Jack reacciona de inmediato, agarrando el tobillo de su hermano y retorciéndolo lo justo para hacerlo chillar entre risas.

Henry, lejos de escandalizarse por la invasión o por la destrucción de su santuario de orden, se levanta del sofá con un suspiro divertido, camina hacia la cama y se deja caer sobre ella, justo entre la espalda de Alexander y el costado de Jack.

En cuestión de tres segundos, los tres hermanos O’Connell están formando una montaña humana sobre la cama de matrimonio de Henry.

Alexander le pasa un brazo por el cuello a Henry y le revuelve el pelo oscuro con el puño hasta despeinarlo por completo.

Henry protesta débilmente, riéndose con esa risa baja y sincera que raras veces saca fuera de la intimidad.

Jack se echa hacia atrás, apoyando la cabeza directamente sobre las piernas de Alexander como si fuera la almohada más natural del mundo, mientras sigue con las manos metidas en los bolsillos.

Se abrazan. Se empujan. Se tiran encima del otro con la familiaridad de tres cachorros de león que han crecido en la misma guarida. No hay barreras. No hay vergüenza. No hay distancia física. Es un bloque compacto de carne, afecto y lealtad incondicional.

Y yo sigo de pie junto al sofá de terciopelo, sosteniendo mi bolso contra el vientre, mirando la escena con los ojos de un tamaño similar al de un plato de postre.

—Henry —murmuro, sintiendo que la voz se me atasca en la garganta—. ¿Esto... es normal?

Los tres dejan de luchar un segundo. Se giran al mismo tiempo para mirarme desde la cama, enredados entre sí como un nudo imposible de desatar.

—¿El qué? —pregunta Henry, parpadeando con inocencia mientras Alexander mantiene una mano apoyada sobre su hombro.

—Entrar. Sin llamar. A tu dormitorio —articulo con exagerada lentitud—. Estar tres hombres adultos amontonados en una cama. Sin respetar el espacio de nadie.

Alexander suelta una carcajada sonora, limpia, que retumba en las paredes de la habitación.

—Margott, preciosa —dice Alexander, apoyando la barbilla en el hombro de Henry para mirarme con sus ojos verdes brillantes—, en esta casa nadie llama a la puerta desde 2008. Si llamáramos a las puertas, tendríamos que esperar a que alguien respondiera, y no tenemos tanto tiempo libre.

—Además, si cerráramos las puertas, este imbécil pasaría el día encerrado programando sin ver la luz del sol —añade Jack desde abajo, señalando a Henry con el pulgar sin molestarse en abrir del todo los ojos.

—Es una cuestión de supervivencia familiar —afirma Henry con total seriedad, como si me estuviera explicando la teoría de la relatividad—. Cuando éramos niños, la única forma de asegurarnos de que todos estábamos bien era estar en la misma habitación. Se nos quedó el hábito.

Me quedo sin palabras. Miro a Henry buscando alguna chispa de ironía, pero no la hay. Para él, que sus dos hermanos irrumpan en su dormitorio mientras está besando a su novia y se tiren sobre su cama a pelearse como adolescentes es una tarde de domingo cualquiera.

—En mi casa —digo, necesitando reafirmar mi cordura—, cuando alguien cierra la puerta de un dormitorio, significa «no entres salvo que la casa esté ardiendo».

—Qué triste —comenta Alexander, negando con la cabeza con una lástima impostada—. Te falta calor de hogar, Margott. Ven aquí.

—¿Qué? —pestañeo.

—Que vengas aquí —repite Alexander, palmeando el pequeño espacio de colchón que queda libre justo a su lado—. Deja ese bolso de institutriz en el suelo y siéntate con nosotros. No mordemos. Bueno, Jack a veces sí si no ha comido, pero hoy le hemos dado bizcocho.