Demasiado cerca CAPÍTULO 5 La familia #3
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CAPÍTULO 5 La familia #3

—Margott —pronuncia mi nombre con esa voz grave, dándole a cada sílaba un peso casi físico. Da un paso adelante y, a diferencia de su hermano menor, no me abraza ni me levanta del suelo. Estira su mano libre hacia mí.

Sus dedos son largos, con los nudillos ligeramente marcados y las yemas endurecidas por las cuerdas de la guitarra.

Le tiendo la mía, temblando imperceptiblemente. Cuando sus dedos envuelven los míos, su agarre es firme, cálido y firme. No aprieta, pero la presión de su palma contra la mía envía una descarga eléctrica extraña que me sube directamente por el brazo.

—Es un placer conocerte —añade, sin apartar sus ojos azules de los míos—. Henry lleva cuatro meses hablando de ti como si fueras la única persona que queda sobre la Tierra. Tenía curiosidad por ver quién era la responsable.

—Espero... espero no decepcionar la expectación —consigo articular, tratando de mantener la dignidad mientras retiro la mano despacio.

—No decepcionas —dice Jack, y por primera vez un conato de sonrisa, una curva casi imperceptible en la comisura de sus labios, modifica la dureza de su rostro—. De hecho, eres exactamente lo que no me esperaba.

—¿Y eso es bueno o malo? —pregunto, impulsada por un ramalazo de esa ironía defensiva que siempre saco cuando me siento acorralada.

Jack da un sorbo a su taza de café sin dejar de mirarme.

—Es interesante —responde simplemente.

Alexander suelta un bufido desde la puerta de la cocina, sosteniendo ya un plato con una porción generosa de mi bizcocho de limón.

—Deja de intimidar a la chica, Jack. Parece que estés interrogando a un sospechoso de homicidio —se burla Alexander, dándole un bocado al dulce—. Margott, no le hagas caso. Es el hermano mayor, cree que su trabajo es parecer peligroso. Pasa al salón. Hemos puesto la chimenea.

Henry me toma de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una firmeza que me devuelve instantáneamente a la tierra. Siento el calor de su palma y la familiaridad de su presencia como un ancla en mitad de una tormenta.

—¿Estás bien? —me susurra al oído mientras caminamos detrás de sus hermanos hacia el salón principal.

—Sí —miento, apretando su mano con fuerza—. Estoy perfectamente. Solo... procesando la información.

Llegamos a un salón colosal. Hay ventanales que dan a los jardines traseros, dos sofás gigantes de piel gastada colocados en ángulo frente a una chimenea de piedra donde arden varios troncos de roble, y una alfombra persa enorme que cubre buena parte del suelo de madera.

Pero lo que me resulta más impactante es la forma en que los tres hermanos interactúan al entrar en la estancia.

En mi cabeza, una familia de celebridades en una mansión georgiana debería mantener cierta distancia, cierta compostura. Pero los O’Connell parecen ignorar cualquier norma de etiqueta espacial.

Alexander se tira a lo largo del sofá principal sin molestarse en quitarse los pies descalzos de encima de los cojines.

Jack se sienta en el apoyabrazos del mismo sofá, apoyando una mano sobre el hombro de Alexander mientras sigue bebiendo su café.

Cuando Henry entra conmigo, Alexander estira un brazo de forma automática y agarra a Henry por el dobladillo de la chaqueta, tirando de él hacia abajo para que se siente a su lado.

Henry no protesta. No se molesta. Es un movimiento tan ensayado, tan fluido, que parece una danza que llevan practicando desde la infancia.

Se acomodan los tres en el mismo sofá, apelotonados, ocupando un espacio que podría albergar a seis personas de forma holgada.

Jack tiene un pie apoyado cerca del muslo de Alexander; Alexander tiene la cabeza prácticamente apoyada en la cadera de Henry; y Henry descansa el brazo sobre la espalda de la chaqueta de Jack.

Se buscan. Se tocan. Ocupan el espacio del otro con una libertad absoluta, natural, desprovista de cualquier pudor.

Y entonces, los tres pares de ojos —los verdes de Alexander, los azules helados de Jack y los oscuros y dulces de Henry— se giran al mismo tiempo para mirarme a mí, que sigo de pie en mitad de la alfombra, sosteniendo mi bolso como si fuera un escudo protector.

—Bueno, Margott —dice Alexander, dándole un golpecito al hueco libre que queda en el sillón individual de al lado, aunque de inmediato cambia de opinión y señala el pequeño espacio que queda justo enfrente de ellos en la mesa de centro—.

Siéntate. Cuéntanos cómo has conseguido que este enano salga de su cueva de código y acepte que existe el mundo exterior.

Me quedo parada.

Miro la mansión. Miro los cuadros de arte antiguo colgados en las paredes.

Miro los fotógrafos que aguardan al final del camino de entrada.

Y luego vuelvo a mirar a los tres hombres sentados en el sofá: tres hermanos absurdamente atractivos, unidos por un lazo de lealtad invisible y feroz, que me observan como si fuera la novedad más fascinante que ha cruzado su puerta en años.

Pienso en mi vida tranquila. Pienso en mi pequeño apartamento en el norte de Londres. Pienso en mis inseguridades, en las cicatrices de mi pasado y en la calma que creía haber encontrado en los brazos de Henry.

Y en lo más profundo de mi mente, una voz clara, rotunda y aterrorizada pronuncia dos palabras:

«Oh, mierda.»