CAPÍTULO 5 La familia #2
Henry no llama a la puerta. Simplemente gira el pomo de bronce pesado y la empuja hacia adentro.
El vestíbulo que nos recibe es majestuoso: suelos de mármol blanco y negro dispuestos en ajedrez, una lámpara de araña de cristal colgando de un techo de triple altura y una escalinata monumental de madera de nogal que sube hacia los pisos superiores.
Pero lo que realmente me deja paralizada es la chocante convivencia entre la arquitectura aristocrática y el desorden cotidiano de tres hombres jóvenes.
Apoyada contra una consola de época hay una funda de guitarra eléctrica de piel negra desgastada.
En el suelo de mármol hay dos pares de botas de agua cubiertas de barro, tres cajas de cartón de envíos internacionales de ropa de marca sin abrir y un patinete eléctrico aparcado justo al lado de un jarrón de porcelana china que probablemente cuesta más que mi apartamento entero.
—¡Ya estamos aquí! —anuncia Henry, alzando la voz lo justo para que retumbe en el gran espacio.
No han pasado ni tres segundos cuando el sonido de unos pasos rápidos descendiendo por la escalera de madera rompe el silencio de la casa.
—¡Por fin! —retumba una voz masculina, vibrante, llena de una energía contagiosa—. ¡Pensaba que te habías vuelto a perder en la A3, enano!
Giro la cabeza y mi cerebro sufre un cortocircuito momentáneo.
El hombre que baja los escalones de tres en tres es, sin lugar a dudas, Alexander O’Connell. Pero no se parece en nada a las fotografías pulidas y distantes de las revistas de moda.
Mide al menos un metro ochenta y ocho. Tiene el pelo algo más claro que el de Henry, de un tono castaño cálido despeinado de una forma deliberadamente perfecta, y unos ojos verdes absolutamente magnéticos.
Lleva unos pantalones de chándal grises desgastados que cuelgan peligrosamente de sus caderas y una camiseta blanca sin mangas que deja al descubierto unos brazos esculpidos a golpe de gimnasio y varios tatuajes de trazo fino que se extienden por sus hombros.
Está descalzo.
Al llegar abajo, ignora completamente cualquier etiqueta social. No se detiene a una distancia prudencial. Se planta directamente frente a mí, llenando todo mi campo de visión con una presencia física abrumadora.
Huele a una mezcla de café recién hecho, tabaco suave y un perfume caro que resulta mareante.
—Vaya —dice, clavando sus ojos verdes en los míos mientras una sonrisa lenta, descarada y arrebatadora se dibuja en sus labios—. Así que tú eres la famosa Margott.
Antes de que pueda reaccionar, antes de que pueda extender la mano para ofrecerle el saludo formal que había ensayado mentalmente, Alexander se inclina, me rodea la cintura con un brazo enorme y me levanta unos centímetros del suelo en un abrazo entusiasta.
—¡Bienvenida a la cueva! —exclama, volviendo a ponerme sobre el mármol con una soltura que me deja descolocada.
Me tambaleo ligeramente. Siento el rostro ardiendo a una temperatura volcánica. Sus manos han tocado mis caderas con una familiaridad pasmosa, sin el menor atisbo de reserva ni espacio personal.
—Alexander, déjala respirar —interviene la voz tranquila de Henry detrás de mí. Henry se acerca, me pone una mano protectora en la parte baja de la espalda y mira a su hermano con una advertencia serena en los ojos—. Te dije que no fueras invasivo.
—No soy invasivo, estoy siendo acogedor —se defiende Alexander, llevándose una mano al pecho con un dramatismo cómico.
Luego baja la mirada hacia mis manos—. ¿Qué es eso?
¿Nos has traído comida? Dime que es algo dulce.
Llevar tres días a dieta de carbohidratos por culpa de una sesión de fotos me está matando por dentro.
—Es... es un bizcocho de limón —alcanzo a decir, descubriendo que mi voz suena dos tonos más alta de lo normal—. Y semillas de amapola.
Alexander me quita el paquete de las manos con una agilidad pasmosa, deshaciendo el lazo de yute de un solo tirón. Acerca la nariz al papel y aspira el aroma con los ojos cerrados.
—Margott —declara, volviendo a mirarme con una chispa de provocación pura en la mirada—, no me importa lo que te haya dicho Henry sobre mí: te amo oficial y públicamente desde este preciso instante.
Suelto una risa nerviosa, buscando desesperadamente la mirada de Henry. Henry solo suspira y se pasa la mano por el pelo, acostumbrado a los teatrillos de su hermano.
—Ignóralo —me murmura Henry al oído—. Es incapaz de comportarse como un ser humano civilizado antes de las dos de la tarde.
—He oído eso, enano —dice Alexander, metiendo un dedo en la esquina del bizcocho para probar un trozo de glaseado antes de que podamos detenerlo—. Mmm. Está brutal. Voy a guardarlo en la cocina antes de que Jack se entere de que existe.
—Demasiado tarde para eso —dice una tercera voz desde el fondo del pasillo.
El tono de esa voz es diferente. Es más grave, más profunda, con una rasposidad rasgada que suena como el eco de un amplificador de tubos en una habitación vacía.
Me giro despacio.
Caminando por el pasillo que conduce a la parte trasera de la casa aparece Jack O’Connell.
Si Alexander es la luz, el espectáculo y la provocación estridente, Jack es la sombra, el silencio y la fuerza de gravedad que sostiene el lugar.
Tiene treinta años. Es un poco más alto que Henry, pero algo más bajo que Alexander, con una complexión ancha, de hombros potentes.
Lleva el pelo oscuro —del mismo tono que el de Henry— un poco más largo, cayéndole en mechones desordenados sobre la frente y la nuca.
Viste unos vaqueros negros ajustados y gastados por las rodillas y una camiseta negra de manga corta que deja ver sus brazos cubiertos casi por completo de tatuajes oscuros.
En la mano derecha sostiene una taza de cerámica humeante.
No camina con la prisa de Alexander. Avanza con un paso lento, medido, casi felino. Sus ojos —que no son oscuros como los de Henry ni verdes como los de Alexander, sino de un azul grisáceo helado— se clavan en mí desde el primer segundo.
No sonríe. Tampoco parece enfadado. Simplemente me observa. Me analiza con una atención tan intensa, tan dolorosamente directa, que siento que me está escaneando por dentro, traspasando las botas, el vestido verde de punto y la sonrisa fingida para ver exactamente qué hay debajo.
Se detiene al lado de Henry. Hay un parecido innegable en los rasgos de los tres: la estructura de la mandíbula, la forma de las cejas, la distinción aristocrática de la nariz. Pero la energía que emana de Jack es abrumadora de una manera completamente distinta.
—Jack —dice Henry, presentándolo con esa serenidad suya—. Esta es Margott.
Jack sostiene mi mirada durante dos segundos más, dos segundos que en mi cabeza se extienden como horas, antes de inclinar levemente la cabeza.