Demasiado cerca CAPÍTULO 5 La familia
23%

CAPÍTULO 5 La familia

Hay una norma no escrita en la vida urbana que dice que cuando alguien te invita a «comer en casa de su familia el domingo», la imagen mental por defecto debe incluir un chalet adosado en las afueras, un jardín de césped bien cortado con una barbacoa de carbón y una madre entusiasmada que insiste en servirte una segunda ración de asado antes de que hayas terminado la primera.

Yo me he preparado conscientemente para esa versión de la realidad.

Llevo un vestido de punto verde botella con cuello alto, unas botas de piel cómodas sin demasiado tacón y mi pelo ondulado sujeto en una coleta baja que pretende transmitir la ilusión de una madurez sobria y encantadora.

He pasado la mañana en la cocina de mi apartamento horneando un bizcocho de limón y semillas de amapola, asegurándome de envolverlo en papel vegetal con un cordón de yute como si fuera la nuera perfecta de un anuncio de electrodomésticos.

—Te estás complicando demasiado la vida —comenta Henry desde el asiento del conductor de su utilitario gris, echándole una ojeada al paquete que sostengo sobre el regazo con una mezcla de diversión y ternura.

—Es un detalle educado, Henry —le corrijo, colocando bien el nudo del cordón—. Es la primera vez que voy a conocer a tu familia. Llevamos cuatro meses juntos. No puedo aparecer con las manos vacías como si fuera una okupa.

—A mi familia no le importa el bizcocho de limón, Margott —sonríe él, manteniendo las manos en la posición de las diez y diez sobre el volante mientras conduce por la autopista A3 en dirección al sur de Londres—. Les va a importar que estés tú. Llevan semanas insistiendo en que te lleve.

Le miro de perfil. Henry lleva un jersey de cuello vuelto azul marino y una chaqueta de pana oscura. Se ve pulcro, tranquilo y jodidamente guapo.

Desde nuestra conversación de hace dos noches en el salón, algo en el aire entre nosotros se ha vuelto más denso, pero también infinitamente más dulce.

Saber sus límites, entender la barrera que guarda en su intimidad, me ha dado una extraña calma.

He decidido no darle vueltas al futuro. Estoy aquí, en este coche, con un hombre que me cuida como nadie lo ha hecho nunca, y hoy voy a conocer el lugar del que proviene todo ese orden.

Imagino a sus padres como una pareja de profesores jubilados o funcionarios de algún ministerio: gente amable, de voz pausada y tazas de té de porcelana.

—¿Tus padres van a estar? —pregunto, dando por hecho la respuesta.

—No —responde Henry, con una leve sombra de melancolía que cruza sus ojos oscuros un milisegundo antes de desaparecer—.

Mis padres pasan casi seis meses al año en Nueva Zelanda supervisando un proyecto de conservación ambiental.

Se jubilaron pronto. En la casa solo viven mis hermanos y yo.

Bueno, cuando mis hermanos están en la ciudad, que no es siempre.

—Ah —asiento—. Así que la mansión de la que me hablaste es solo para vosotros tres.

—No es una mansión —protesta él con modestia, poniendo el intermitente para abandonar la carretera principal hacia un camino flanqueado por robles centenarios—.

Es solo una casa vieja que compramos hace unos años cuando las cosas empezaron a ir bien.

A Jack le gustaba porque tenía espacio para montar un estudio de grabación y Alexander quería un jardín donde correr sin que la gente le mirara.

No le presto demasiado atención al comentario de «sin que la gente le mirara». Asumo que se refiere a los vecinos cotillas del barrio.

El camino se vuelve más estrecho, serpenteando entre colinas verdes y muros bajos de piedra antigua cubiertos de musgo. Es la campiña inglesa en todo su esplendor otoñal: árboles de hojas doradas, niebla baja flotando sobre los prados y un silencio casi reverencial.

De pronto, el coche reduce la marcha al aproximarse a un portón doble de hierro forjado, de al menos cuatro metros de altura, incrustado en un muro de piedra alto que parece delimitar una propiedad gigantesca.

A un lado de la entrada, aparcada sobre la hierba de la arcén, veo una furgoneta negra con los cristales tintados. Cerca de ella, dos hombres con chaquetas impermeables y cámaras fotográficas con teleobjetivos enormes permanecen de pie, resguardándose del frío con vasos de plástico en la mano.

Al ver el coche de Henry, uno de los fotógrafos levanta la cámara casi por instinto, pero al reconocer la matrícula o al propio Henry a través del parabrisas, la vuelve a bajar con un gesto de aburrimiento y saluda con dos dedos desde la distancia.

Me quedo petrificada en mi asiento.

—Henry... —digo, señalando con la barbilla hacia los fotógrafos—. ¿Por qué hay gente con cámaras en la puerta?

—Ah —dice Henry, sin alterar el tono de su voz mientras acciona el mando a distancia del limpiaparabrisas y presiona un botón en el salpicadero—.

A veces se instalan ahí cuando saben que Alexander ha vuelto de viaje.

O cuando Jack está en mitad de un ensayo.

Son paparrazi. Un poco pesados, pero si no les haces caso, terminan yéndose cuando empieza a llover.

Las puertas de hierro forjado comienzan a abrirse lentamente hacia adentro con un gemido metálico pesado.

—¿Paparazzi? —repito. La palabra me sabe extraña en la boca, como una moneda de metal.

Henry cruza el umbral de la entrada. El camino interior es de grava blanca y se extiende a lo largo de un paseo arbolado que parece no tener fin.

A ambos lados se despliegan prados verdes impecablemente cuidados, un estanque natural con sauces llorones y, a lo lejos, la estructura de una propiedad que deja a mi concepto de «casa vieja» a la altura de una choza de barro.

Es una mansión de estilo georgiano del siglo XVIII, construida en piedra clara, con tres plantas de altura, ventanales simétricos interminables y dos alas laterales que se extienden hacia los jardines como si abrazaran el terreno.

Hay columnas de piedra en la entrada principal, una escalinata doble y varios coches aparcados en la explanada de grava: un deportivo negro de líneas agresivas, un todoterreno embarrado y una furgoneta clásica restaurada.

Se me corta el aire en la garganta.

—Henry —murmuro, girándome hacia él con los ojos desorbitados—. Dijiste que era una casa vieja.

—Y lo es —responde él con total naturalidad, deteniendo el motor frente a la escalinata—. Las tuberías del ala oeste hacen un ruido espantoso por las noches y el tejado de la biblioteca tiene una filtración que Jack lleva intentando arreglar tres meses.

—Henry O’Connell —digo, usando un tono que roza el pánico—. ¿En qué trabajan tus hermanos?

Henry aparca el coche, pone el freno de mano y me mira con esa paciencia infinita que tiene para mis momentos de histeria.

—Te lo he dicho alguna vez, ¿no? —pregunta, arrugando levemente la frente como si estuviera haciendo memoria—. Alexander trabaja en la moda. Viaja bastante. Y Jack es músico. Tiene un grupo.

—«Trabaja en la moda» —repito, sintiendo que un sudor frío empieza a nacerme en la nuca—. Henry... ¿cuál es el apellido de tus hermanos?

Él pestañea, visiblemente confundido por la pregunta.

—O’Connell, Margott. Somos hermanos. Tuvimos los mismos padres.

—¿Alexander O’Connell? —mis dedos aprietan el paquete del bizcocho con tanta fuerza que casi aplasto el papel vegetal—.

¿El Alexander O’Connell que es la imagen global de la campaña de Yves Saint Laurent que está pegada en las marquesinas de media Europa?

¿El que salió en la portada de GQ el mes pasado?

Henry se rasca el cuello, un poco avergonzado.

—Bueno... sí. Hace bastantes campañas de esas, sí.

—¿Y Jack O’Connell? —continúo, sintiendo que la realidad se desmorona a mi alrededor—. ¿Jack O’Connell, el guitarra solista de The Shattered , la banda que ha llenado el estadio de Wembley tres noches seguidas este verano?

Henry se queda en silencio un segundo, mirando la grava del suelo a través de la ventanilla antes de volver a fijar sus ojos oscuros en mí.

—Te prometo que no intentaba ocultártelo —dice con voz suave, alcanzando mi mano sobre el bizcocho—.

Para mí no son el modelo ni el músico de rock.

Son solo Alexander y Jack. Los dos idiotas con los que compartía litera cuando teníamos diez años y no teníamos dinero ni para pagar la calefacción en invierno.

Nunca pensé que fuera importante explicártelo así.

Me quedo mirándolo. Mi cabeza está procesando la información a una velocidad vertiginosa.

He pasado cuatro meses saliendo con un chico que lleva jerseys de punto de cincuenta libras, que conduce un utilitario de segunda mano, que arregla sistemas informáticos de bancos y que organiza su vida por colores en Google Calendar...

y resulta que es el hermano menor de dos de las celebridades más mediáticas del país.

Siento que la tierra bajo mis pies se vuelve gelatinosa.

—Voy a hacer el ridículo —murmuro, apoyando la frente contra el salpicadero del coche—. He traído un bizcocho de limón, Henry. Un bizcocho de limón envuelto con un cordón de yute para impresionar a un modelo de alta costura y a una estrella del rock.

La risa de Henry resuena en el habitáculo del coche. Es una risa limpia, cálida, que me quita un poco del pavor que siento. Se inclina y me besa la sien con ternura.

—Les va a encantar el bizcocho —asegura, rodeándome los hombros con el brazo—. Y les vas a encantar tú. De hecho, mi mayor preocupación es que Alexander intente hacerse el gracioso y terminemos teniéndolo que echar del salón.

—¿Estás seguro de que no quieres que nos volvamos a mi piso y pidamos comida a domicilio? —insisto, mirándolo desde abajo.

—Ni hablar —sonríe él, abriendo la puerta de su lado—. Ya han visto el coche desde las ventanas. Si intentamos huir, Jack soltará a los perros.

—¿Tienen perros?

—Dos gran daneses —asiente con absoluta frialdad—. Pero son unos cobardes. Se asustan con los truenos.

Subir la escalinata de piedra de la mansión O’Connell se siente como caminar hacia el cadalso con un bizcocho en los brazos.