CAPÍTULO 4 Cuatro meses #2
—Llevamos cuatro meses saliendo —empieza a decir, con una lentitud casi agónica, como si estuviera midiendo el peso de cada sílaba en una balanza defectuosa—.
Te adoro, Margott. Creo que lo sabes. Te adoro de una forma que me asusta.
Me encanta besarte. Me encanta tocarte. Me paso el día deseando que llegue el momento de estar a solas contigo.
Pero... hay un límite que no puedo cruzar.
Se detiene. El aire en el salón se vuelve denso, pesado, difícil de respirar.
—¿Un límite? —mormullo.
—No puedo... no puedo tener sexo penetrativo contigo —suelta finalmente, la frase saliendo de su boca con la dureza de un bloque de hielo cayendo sobre el suelo.
Pestañeo, confundida. Procesando las palabras.
—¿No puedes... ahora mismo? —pregunto, buscando una explicación lógica—. ¿Tienes algún problema físico? ¿Alguna dolencia? Henry, si es una cuestión médica o algo de lo que te da vergüenza hablar, no pasa nada, de verdad, podemos...
—No es un problema físico —me interrumpe él, levantando por fin la cabeza para mirarme.
Hay una angustia tan desnuda en sus ojos que se me corta la respiración—.
Y no es solo «ahora mismo». Es un límite mió.
Algo que no formará parte de nuestra relación.
Ni ahora, ni en un mes, ni probablemente nunca.
El silencio que sigue es tan absoluto que puedo oír el zumbido de la lámpara de pie en la esquina.
Me quedo helada. Mi mente intenta estructurar la información, buscar las casillas de colores de Henry, pero no encuentra ninguna categoría donde encajar esto.
—No entiendo —admito en voz baja, sintiendo que la voz me tiembla ligeramente—. Henry, me deseas. Sé que me deseas. Lo siento cada vez que me besas, cada vez que me abrazas...
—Te deseo —confirma él con una vehemencia desgarradora, agarrándome la mano libre con fuerza—.
Te deseo con todo lo que soy. Pero la idea de ir más allá...
la idea de la penetración, del acto sexual completo...
me produce un bloqueo que no puedo controlar.
Me genera un nivel de ansiedad, de mareo y de rechazo interno que me resulta insoportable.
No me da una explicación fría ni teórica.
No me suelta un diagnóstico médico ni una etiqueta psicológica para salir del paso.
Lo que veo en la cara de Henry es el sufrimiento puro de alguien que lleva meses cargando con un secreto doloroso, temiendo el momento exacto en que la persona a la que ama descubra la grieta en su pared de perfección.
—¿Ha sido siempre así? —pregunto, con el hilo de voz que me queda.
Él asiente despacio, mirando al suelo.
—Nunca he tenido una relación antes que la tuya, Margott.
Te lo dije. Pero he intentado explorar esto en el pasado y...
fue un desastre. Me di cuenta de que para mí la intimidad funciona de otra manera.
Puedo besarte hasta volverme loco, puedo hacerte disfrutar con mis manos, con mi boca, puedo abrazarte desnudo toda la noche y sentirme el hombre más feliz del planeta.
Pero no puedo pasar de ahí. Es mi frontera.
Se pasa las manos por la cara, dejando salir un suspiro tembloroso que le hace vibrar el pecho.
—Sé que para la mayoría de la gente esto no tiene sentido —continúa, su voz bajando hasta convertirse en un murmullo roto—.
Sé que el sexo tradicional es una parte fundamental de una relación normal.
Y sé que tú venías de una historia difícil y que mereces a alguien que te lo dé todo.
Por eso he tardado tanto en decírtelo. Porque me moría de miedo de que al saberlo, te dieras cuenta de que no soy el hombre que necesitas.
Me quedo mirándolo. La vulnerabilidad de Henry es tan devastadora, tan transparente, que borra de un plumazo cualquier atisbo de egoísmo en mí.
Veo al chico tímido de la primera cita. Al chico que organizaba su vida en colores para sentir que tenía el control sobre un mundo que lo asustaba. Al chico que se ponía de pie torpemente para secar una mancha de cerveza y que me miraba como si yo fuera un milagro.
Siento una oleada gigantesca de ternura y cariño que me inunda el pecho, ahogando por un momento la confusión que empieza a germinar en la base de mi estómago.
Me acerco a él. Lo envuelvo con mis brazos, pegando mi pecho a su espalda desnuda, apoyando la barbilla en su hombro.
Henry se queda rígido un milisegundo antes de venirse abajo del todo. Se gira en mis brazos y me abraza por la cintura, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello con una fuerza casi desesperada. Puedo sentir la humedad tibia de una lágrima mojándome la piel de la clavícula.
—Está bien —murmuro, acariciándole el pelo oscuro con la yema de los dedos—. Está bien, Henry. Tranquilo. Ya está.
—Lo siento tanto, Margott —susurra contra mi piel, su voz ahogada—. Lo siento tanto...
—No tienes nada que sentir —le digo con firmeza, separándome lo justo para tomar su rostro entre mis manos, igual que él hizo conmigo semanas atrás—. No tienes que pedir perdón por ser quien eres ni por tener tus límites. La intimidad no es un examen que tengas que aprobar para que yo te quiera.
Él me mira, buscando en mi rostro algún rastro de mentira, alguna grieta de decepción.
—¿De verdad? —pregunta, con la voz temblorosa de un niño pequeño.
—De verdad —sonrío, aunque siento que las pestañas me pican por la emoción retenida—.
Te quiero a ti, Henry. Te quiero entero.
Con tus casillas de colores, con tu manía de desinfectar teclados y con tus límites.
Lo que tenemos es hermoso. No voy a tirar cuatro meses increíbles por la ventana solo porque nuestra vida sexual no se parezca a la de una película.
Una sonrisa débil, llena de un alivio tan profundo que resulta conmovedor, empieza a dibujarse en sus labios. Se inclina y me besa. Es un beso dulce, salado por sus lágrimas, profundamente agradecido y lleno de una devoción que me derriba las defensas.
Nos quedamos allí, tumbados en la alfombra, abrazados bajo la luz dorada de la lámpara mientras la tormenta amaina afuera.
Henry me sostiene contra su cuerpo con una calidez protectora, besándome la frente, las mejillas y las manos una y otra vez, como si acabara de recibir un perdón que no esperaba.
Al cabo de una hora, se pone la camiseta, me ayuda a recoger los platos de la cena con una eficiencia tranquila y subimos a la cama.
Se queda dormido rápidamente, agotado por la tensión emocional de la conversación. Su brazo rodea mi cintura de forma posesiva, su respiración es pausada y constante contra mi nuca.
Pero yo me quedo despierta.
En la penumbra de mi dormitorio, mirando las sombras que las farolas dibujan en el techo, la madurez pulcra y comprensiva con la que he reaccionado en el salón empieza a resquebrajarse.
Intento ser madura. Intento repetirme las palabras que le he dicho a Henry: Lo que tenemos es hermoso. La intimidad no es lo único. Te quiero a ti .
Y lo quiero. Muchísimo. Lo quiero con una fuerza que me asusta.
Pero en la oscuridad de la noche, mi cuerpo sigue recordando la quemadura de la frustración.
Sigue recordando la sensación de quedarse a mitad de camino.
La expectativa no cumplida. La certeza dolorosa de que hay una parte de la pasión, una entrega física absoluta, salvaje y completa, que jamás voy a experimentar con el hombre con el que he decidido compartir mi vida.
Me giro despacio para no despertarlo, quedándome de frente a su rostro dormido.
Henry se ve tan tranquilo ahora. La expresión de angustia que tenía hace unas horas ha desaparecido por completo, sustituida por una paz absoluta. Ha depositado toda su confianza en mí. Le he prometido que esto no importa, que puedo adaptarme, que soy capaz de construir un futuro a su medida.
Y quiero creerlo. De verdad quiero creerlo.
Pero una voz interna, pequeña, honesta y aterradora, me susurra en el oído que el deseo físico no es algo que se pueda apagar simplemente con buena voluntad y empatía.
Que la necesidad de ser poseída, de sentir a alguien entregándose del todo a ti sin barreras ni fronteras, es un hambre primaria que no se disuelve por el hecho de que quieras mucho a una persona.
¿Seré capaz de vivir así? , me pregunto, sintiendo una opresión fría en el pecho. ¿De verdad esto no me va a importar dentro de un año, de cinco años, de diez?
Aprieto los ojos con fuerza, ahogando un suspiro contra la almohada. Me pego un poco más al cuerpo de Henry, buscando su calor, intentando convencerme de que la ternura y la seguridad que me ofrece son más que suficientes para compensar cualquier vacío.
No quiero perderlo. No puedo perderlo. Ha tardado demasiado tiempo en llegar a mi vida como para que yo vuelva a arruinarlo todo exigiendo más de lo que puede darme.
Cierro los ojos, sintiendo el latido constante de su corazón contra mi mano, sin saber que en menos de cuarenta y ocho horas la vida me va a lanzar de cabeza al epicentro de la familia O’Connell, donde el concepto de los límites, del deseo y del espacio personal está a punto de saltar por los aires en mil pedazos.