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CAPÍTULO 4 Cuatro meses

Cuatro meses no parecen un periodo de tiempo demasiado largo en el gran esquema de las cosas.

Son ciento veintidós días. Dieciséis semanas.

El tiempo suficiente para que cambie la estación del año, para que una planta de interior muera por exceso de riego o para que el ayuntamiento de Londres termine de asfaltar dos manzanas de calle.

Sin embargo, para mí, cuatro meses con Henry O’Connell han sido el equivalente a aprender un idioma nuevo.

A estas alturas, la geografía de nuestras vidas se ha entrelazado con una naturalidad suave, casi imperceptible.

Hay un cepillo de dientes azul marino en el vaso de cristal de mi baño que contrasta con el mío, rosa pastel.

Hay tres de sus jerseys de lana gruesa colgados en la esquina derecha de mi armario, oliendo a ese detergente de lavanda que él compra en un supermercado ecológico del norte de la ciudad.

Y en su piso de Islington, en la mesilla de noche junto a su cama, descansa una crema de manos de vainilla que dejé allí la tercera semana y que él nunca ha movido de sitio.

Hemos desarrollado un ritmo propio. Un ritmo doméstico, cálido y absurdamente reconfortante.

Henry ha aprendido a convivir con mi incapacidad crónica para doblar las camisetas al estilo Marie Kondo.

En lugar de desesperarse, simplemente sonríe, las coge de mi pila improvisada sobre la silla y las dobla él mismo mientras me escucha hablar sobre la tipografía de un cartel.

Yo, por mi parte, he aprendido a respetar su ritual de las mañanas: veinte minutos de silencio absoluto mientras se prepara el café en la prensa francesa, midiendo los gramos de grano con una báscula digital como si estuviera preparando un compuesto químico vital.

Pero sobre todo, me he enamorado.

No ha sido una caída libre y aterradora como las que viví en el pasado. Ha sido más bien como entrar en una habitación tibia después de haber pasado horas bajo una tormenta helada. Con Henry me siento vista, me siento segura y, por primera vez en años, me siento bonita.

Sin embargo, hay una puerta entre los dos que permanece entornada. Una puerta que ninguno de los dos ha terminado de cruzar.

Es un viernes por la noche. La lluvia primaveral repica con suavidad contra los cristales del salón de mi apartamento, creando una atmósfera recogida, casi secreta.

Hemos cenado una pizza casera que terminamos quemando ligeramente por los bordes porque Henry se empeñó en calcular la temperatura exacta del horno en grados Celsius y olvidó que mi electrodoméstico antiguo tiene un termostato completamente errático.

Ahora estamos tumbados en la alfombra, rodeados de cojines, con la botella de vino tinto casi vacía y una lámpara de luz dorada encendida en la esquina.

Henry está recostado sobre su costado, apoyando la cabeza en una mano.

Lleva los pantalones de chándal y una camiseta de algodón blanco que le queda ligeramente ajustada en los hombros.

Me observa en silencio mientras yo intento enseñarle un dibujo rápido que he hecho de él en una libreta de bocetos.

—No tengo el puente de la nariz tan recto —protesta con una sonrisa modesta, mirando el trazo de grafito.

—Lo tienes exactamente así —le contradigo, pasándole la yema del dedo índice por el perfil de la cara, bajando desde el entrecejo hasta el borde de sus labios—. Soy diseñadora gráfica, Henry. Me paso la vida analizando proporciones. Sé exactamente cómo es tu cara.

El tono de broma de mi voz se disuelve cuando mi dedo roza su labio inferior.

Henry no se aparta. Sus ojos oscuros, que hace un segundo brillaban con diversión tímida, se oscurecen de golpe. Su respiración se vuelve un poco más honda, un compás más lenta. Atrapa mi mano con la suya, entrelazando nuestros dedos con una lentitud deliberada, y se inclina hacia mí.

Cuando sus labios buscan los míos, no hay la timidez cautelosa de las primeras semanas. Hay un deseo maduro, contenido durante meses, que me recorre la columna vertebral como un calambre eléctrico.

Me gira suavemente hasta dejarme de espaldas sobre los cojines de la alfombra. Se acomoda entre mis piernas, apoyando el peso de su cuerpo sobre los codos para no aplastarme, pero manteniendo nuestro contacto lo bastante firme como para que pueda sentir cada línea de su cuerpo contra el mío.

El beso se vuelve más profundo. Su lengua busca la mía con una urgencia dulce, rítmica, que me hace soltar un gemido sordo en la parte posterior de la garganta.

Mis manos suben automáticamente por sus brazos, sintiendo la dureza de sus tríceps, hasta enredarse en la nuca, en el pelo oscuro y suave que huele a su champú de cedro.

Henry responde al contacto apretándome contra él. Sus labios abandonan mi boca y empiezan a descender por la línea de mi mandíbula, dejando un reguero de besos húmedos y cálidos que me hacen arquear la espalda de forma instintiva.

—Margott... —murmura contra la piel sensible de mi cuello, su voz convertida en un raspón grave y ronco que me pone la piel de gallina.

—Henry —suspiro, tirando suavemente de su pelo para que vuelva a mirarme.

Sus manos, habitualmente tan contenidas, tan pulcras, bajan hacia el borde de mi camiseta de tirantes. Desliza la tela hacia arriba despacio, exponiendo la piel de mi abdomen al aire fresco del salón. Sus palmas están ardientes. Cuando sus dedos tocan mis costillas, me estremezco de pies a cabeza.

Nuestras sesiones de caricias siempre han llegado hasta aquí.

En estos cuatro meses, nos hemos besado hasta quedarnos sin aliento, nos hemos acariciado por encima y por debajo de la ropa, hemos explorado los límites de la piel del otro con una devoción casi sagrada.

Pero nunca hemos ido más allá. Jamás se ha quitado los pantalones, jamás ha buscado desvestirme del todo, jamás ha intentado que la noche termine en mi cama.

Hasta ahora, yo había asumido que era su caballerosidad metódica. Su deseo de no apresurar nada, de asegurarse de que yo me sintiera completamente cómoda después de mis traumas pasados. Lo admiraba por eso. Me parecía un gesto de un respeto infinito.

Pero esta noche la tensión en el aire es distinta. Es más densa, más caliente, más urgente.

Bajo mis manos hasta el borde de su camiseta blanca y la tiro hacia arriba.

Henry colabora, incorporándose lo justo para quitársela por la cabeza y tirarla a un lado.

La luz dorada de la lámpara dibuja los contornos de su pecho: es de piel clara, con un torso bien definido, limpio, hermoso en su sencillez.

Siento un trago de deseo puro quemándome la garganta. Lo quiero. Lo quiero con un hambre física que llevo cuatro meses conteniendo por puro respeto a sus tiempos.

Deslizo mis manos por su pecho desnudo, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi palma. Me inclino hacia adelante y beso el hueco de su clavícula, sintiendo cómo un escalofrío recorre su estructura entera.

—Eres precioso —murmuro contra su piel, bajando una mano hasta el botón de sus pantalones de chándal.

En el momento en que mis dedos rozan la tela de su cintura, la respiración de Henry se detiene en seco.

No es un movimiento brusco. No es un empujón. Es algo peor: una parálisis repentina. Un aire congelado que entra en la habitación de golpe y destruye el calor que habíamos construido segundo a segundo.

Henry atrapa mi muñeca antes de que pueda desabrochar el cordón. Su agarre es firme, pero no me hace daño.

—Margott —dice. Su voz suena totalmente quebrada, desprovista de esa serenidad absoluta que suele definirlo.

Me detengo al instante. Levanto la vista y lo encuentro mirándome. Sus ojos oscuros están dilatados, pero no por la lujuria; hay un brillo de pánico sofocado en sus pupilas, una mezcla de angustia y vulnerabilidad que me atraviesa el corazón como un alfiler.

Está respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.

—¿Henry? —pregunto en un susurro, sintiendo una ola de frío invadirme el cuerpo—. ¿Qué pasa? ¿He hecho algo mal?

—No —responde de inmediato, negando con la cabeza con vehemencia—. No, no, no. Tú no has hecho nada mal. Jamás. Por favor, no pienses eso.

Se aparta despacio. Se sienta en la alfombra, flexionando las rodillas y apoyando los codos sobre ellas para ocultar el rostro entre las manos. Su espalda desnuda tiembla ligeramente.

Me incorporo a su lado, acomodándome la camiseta de tirantes con manos temblorosas.

Siento una punzada de confusión y vergüenza mezcladas en mi estómago.

Mi cabeza, siempre dispuesta a atacarme en los momentos de flaqueza, empieza a escupir sus venenos habituales: No le gustas lo suficiente.

Tu cuerpo no le atrae. Se ha dado cuenta de que no eres deseable .

Intento sofocar la voz de mi inseguridad, tragándome el nudo que se me forma en la garganta.

—Henry, por favor, háblame —pido con suavidad, estirando la mano para tocarle la columna vertebral. Siento cómo se tensa ante mi roce, pero no se aparta.

Pasan unos segundos eternos en los que solo se escucha el sonido de la lluvia al otro lado del cristal y nuestras respiraciones descompasadas.

Finalmente, Henry baja las manos. Su rostro está pálido, y la pincelada rosada que suele adornar sus pómulos cuando está avergonzado se ha transformado en un rubor oscuro, doloroso, que le llega hasta el cuello.

—Tengo que contarte algo —dice, sin mirarme directamente a los ojos, fijando la vista en el patrón de la alfombra—. Y me da un pavor absoluto hacerlo, porque tengo miedo de que cuando termine de hablar, me mires de otra manera.

Mi corazón cae en picado hacia mi estómago.

—No voy a mirarte de otra manera, Henry —aseguro, intentando que mi voz suene más firme de lo que me siento por dentro—. Estamos juntos en esto. Sea lo que sea.

Henry traga saliva. Aprieta los puños sobre sus rodillas hasta que los nudillos se le vuelven blancos.