Demasiado cerca CAPÍTULO 3 Mi novio #2
16%

CAPÍTULO 3 Mi novio #2

Él deja los palillos sobre el reposa-cubiertos de cerámica y se apoya en los codos, observándome con esa mirada analítica y serena que parece traspasar mis defensas.

—Prefiero una cocina con manchas de soja y tú dentro, a una cocina impoluta y vacía —dice sin dudarlo un segundo—. No tienes que caminar sobre cáscaras de huevo aquí, ¿sabes? No me molesta el caos si viene contigo.

Siento que la garganta se me cierra ligeramente. Me llevo la copa de agua a los labios para disimular el nudo que se me ha formado en el cuello.

Caminar sobre cáscaras de huevo. Exactamente eso es lo que hice durante los dos años que pasé con Marcos.

Con Marcos, cada movimiento era evaluado.

Si dejaba las llaves en el lugar equivocado, era una prueba de mi irresponsabilidad.

Si me reía demasiado alto en una cena con sus amigos, era una muestra de mi falta de clase.

Si me sentía triste o agotada, me recordaba que siempre estaba dramaizando y que resultaba una compañía agotadora.

Terminé convirtiéndome en una versión miniaturizada de mí misma, pisando con cuidado, midiendo cada palabra, pidiendo perdón por ocupar espacio en el mundo.

Y ahora estoy aquí, con un chico que limpia mis manchas sin pestañear y que parece considerar que mi presencia es un privilegio en lugar de una carga.

—¿En qué estás pensando? —pregunta Henry con suavidad, estirando el brazo sobre la barra para rozar mi nudillo con la yema de su índice.

—En nada —miento con una sonrisa débil—. Solo... estoy un poco cansada.

Henry no se cree la mentira, lo veo en la forma en que entorna ligeramente los ojos, pero tiene la delicadeza suficiente para no presionarme.

—Vamos al salón —sugiere, levantándose de la barra—. Recojo esto en cinco minutos y te preparo un té de los que te gustan.

Una hora más tarde, estamos tumbados en el enorme sofá del salón. La televisión está encendida con el volumen muy bajo, proyectando sombras azuladas sobre las paredes mientras una película documental sobre naturaleza avanza de fondo.

Henry está sentado con la espalda apoyada en los cojines y yo estoy recostada entre sus piernas, con la cabeza apoyada en su pecho.

Su brazo derecho me rodea los hombros de forma firme, mientras que los dedos de su mano izquierda se mueven con un ritmo parsimonioso por mi pelo ondulado, acariciándome el cuero cabelludo con una constancia hipnótica.

Escucho el latido de su corazón justo debajo de mi oreja. Es un sonido sordo, regular, como el péndulo de un reloj antiguo.

Todo en la vida de Henry es así: predecible, seguro, reconfortante. Me siento más cuidada de lo que me he sentido nunca. Me siento querida. Me siento protegida.

Y, sin embargo, en la penumbra del salón, mis inseguridades deciden emerger de su escondite.

Es una voz pequeña, venenosa, que empieza a susurrar en mi cabeza mientras miro el reflejo de las luces de la calle en la ventana mojada.

¿Cuánto va a durar esto?

Es demasiado bueno. Nadie es así de perfecto.

En algún momento se dará cuenta de que tú eres demasiado complicada para él.

Él es un hombre estructurado, con una vida en orden, un trabajo brillante y una mente clara.

Tú eres un desastre de emociones, un manojo de dudas y alguien a quien ya abandonaron una vez porque no era suficiente.

El pensamiento me aprieta el pecho con una garra fría. Me remuevo ligeramente en sus brazos, sintiendo de repente una inquietud física que me impide quedarme quieta.

—¿Estás incómoda? —pregunta Henry de inmediato, interrumpiendo las caricias en mi pelo.

—No —respondo, incorporándome un poco para mirarlo.

Él baja la vista hacia mí. En la oscuridad a medias del salón, sus ojos negros parecen aún más profundos. Hay una seriedad tranquila en su rostro, pero también una devoción tan transparente que me da casi vergüenza encararla.

—¿Qué pasa, Margott? —pregunta con voz grave y pausada—. Llevas toda la noche como si estuvieras a punto de salir corriendo.

Me muerdo el labio inferior. Me da pavor decirlo en voz alta.

Me da pavor sonar como la chica traumada e inestable que no sabe aceptar la felicidad cuando la tiene enfrente.

Pero Henry me mira con tanta paciencia que siento que mentirle sería una falta de respeto a todo lo que está construyendo entre nosotros.

—A veces... —empiezo, buscando las palabras con cuidado en mi cabeza—... a veces me da miedo que esto sea un error.

Henry no se tensa. Tampoco se aparta. Simplemente parpadea despacio, procesando la información.

—¿Un error? ¿En qué sentido?

—En el sentido de que tú eres... eres perfecto, Henry —digo, dejando escapar un suspiro frustrado mientras me siento del todo en el sofá, cruzando las piernas—.

Eres atento, eres paciente, te acuerdas de todo lo que me gusta, me cuidas cuando estoy cansada...

Y yo siento que soy un desastre a tu lado.

Me da miedo que en unas semanas o en unos meses te despiertes, me mires bien y te des cuenta de que soy demasiado caótica para ti.

De que no valgo la pena todo este esfuerzo.

El silencio que sigue a mis palabras es denso. El documental de la televisión sigue emitiendo imágenes de arrecifes de coral en silencio.

Henry me observa durante unos segundos largos. No hay enfado en su rostro, ni siquiera la molestia de alguien cuyo ego acaba de ser cuestionado. Solo hay una tristeza infinita en la comisura de sus labios.

Se acerca a mí, acortando la distancia en el sofá, y me toma el rostro entre las dos manos. Sus palmas están calientes, firmes, envolviendo mis mejillas con esa fuerza contenida que me hace temblar por dentro.

—No vuelvas a decir eso —pide con una voz que roza el murmullo, pero que tiene una rotundidad inapelable—. Jamás.

—Henry...

—Escúchame, Margott —me interrumpe, acercando su cara a la mía hasta que nuestras frentes casi se tocan—.

No soy perfecto. Tengo mis manías, mis rigideces y mis miedos.

Pero lo que hago por ti no es «un esfuerzo».

No estoy llevando una lista de puntos ni haciendo méritos para conseguir un premio.

Hago las cosas por ti porque te quiero. Porque verte sonreír cuando te traigo el té como te gusta es la mejor parte de mi día.

La palabra te quiero resuena en el aire con la rotundidad de una campana de catedral.

Es la primera vez que la dice.

Me quedo sin aire. Las palabras se me atascan en la garganta mientras lo miro a los ojos, buscando cualquier rastro de duda, cualquier vacilación en su mirada. No hay nada. Solo una honestidad limpia, directa y abrumadora.

—No eres demasiado caótica para mí —continúa él, acariciándome los pómulos con sus pulgares—.

Tu caos es hermoso, Margott. Le da color a mi vida.

Antes de conocerte, mi mundo era un código perfectamente escrito, pero era aburrido.

Tú has llegado y lo has patas arriba de la mejor manera posible.

Así que no te preocupes por si eres suficiente.

Para mí eres más que suficiente. Eres exactamente todo lo que quiero.

Una lágrima traicionera se me escapa del ojo derecho y rueda por mi mejilla, mojando la palma de la mano de Henry. Él la atrapa con su pulgar, besando suavemente la piel donde acaba de caer la gota.

—Lo siento —susurro, riéndome débilmente mientras me limpio los ojos con la manga del jersey—. Soy patética.

—Eres perfecta —corrige él, atrayéndome de nuevo hacia su pecho y envolviéndome entre sus brazos con una firmeza protectora—. Y no tienes que disculparte por tener miedo. Sé que las cosas no han sido fáciles para ti antes. Pero estoy aquí. Y no me voy a ir a ninguna parte.

Me pego a su cuerpo, escondiendo el rostro en su cuello, respirando su olor y dejando que sus palabras vayan disolviendo, capa a capa, la desconfianza que llevaba meses envenenándome por dentro.

Apoyo las manos en su espalda, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela. Le quiero. Le quiero de una forma tranquila, dulce y profunda. No es la pasión destructiva ni la montaña rusa emocional que viví en el pasado; es algo mucho mejor. Es la certeza de estar en casa.

Pasamos el resto de la noche así, acurrucados en el sofá hasta que la televisión se apaga sola por falta de actividad. Henry me besa los ojos, la nariz y finalmente la boca, en un beso largo, tibio y lleno de una promesa silenciosa de futuro.

Cuando nos trasladamos a la cama en el piso superior, dormimos profundamente. Henry me abraza por la espalda, pegando su pecho a mi columna y manteniendo una mano firme sobre mi vientre todo el tiempo, como si quisiera asegurarse incluso en sueños de que sigo allí.

Me dormisco pensando que tal vez Bea tenía razón. Tal vez la vida no es siempre una trampa. Tal vez, después de todo el barro y la tormenta, realmente he encontrado a un hombre bueno. A alguien con quien construir algo duradero, sencillo y hermoso.

No tengo la menor idea de que el destino, con su particular sentido de la ironía, está a punto de poner a prueba toda esa estabilidad en cuanto cruce la puerta de la mansión de su familia.

Pero esa noche, envuelta en el calor de los brazos de Henry O’Connell, me siento, por primera vez en muchísimo tiempo, completamente invulnerable.