Demasiado cerca CAPÍTULO 3 Mi novio
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CAPÍTULO 3 Mi novio

Hay una palabra que tiene el poder de transformar el peso del aire en una habitación. Una palabra corta, cotidiana, de solo cinco letras, que hasta hace un mes me parecía un territorio vedado, una etiqueta que venía acompañada de un contrato no escrito con cláusulas de penalización emocional.

Novio.

—Tu novio ha llamado al teléfono de recepción —dice Bea, dejándose caer en el sillón giratorio frente a mi mesa con un paquete de rosquillas de canela en la mano—.

Ha dicho que habías dejado el móvil en silencio y que solo quería avisarte de que ha empezado a llover con ganas en la zona de Covent Garden, por si tenías que coger el metro.

Me quedo congelada con el puntero del ratón sobre una paleta de pantones. La palabra flota entre nosotras con la naturalidad con la que se habla del tiempo o de la pausa del almuerzo.

—No es mi... bueno, sí —me corrijo a mí misma, sintiendo un calor repentino en las orejas—. Sí lo es.

Bea suelta un suspiro dramático, llevándose una mano al pecho como si estuviera presenciando la escena final de una película romántica de los años cincuenta.

—Es indignante. Es tan ridículamente atento que empieza a resultar sospechoso, Margott. ¿De verdad existe un hombre que se preocupe por si te mojas los zapatos sin pedirte nada a cambio? ¿Estás segura de que no pertenece a una secta o tiene un sótano lleno de maniquíes vestidos como tú?

—Es programador, Bea. Su cerebro simplemente funciona registrando variables —respondo, tratando de sonar desinteresada mientras busco mi teléfono en el fondo de mi bolso.

Efectivamente, tengo tres llamadas perdidas de Henry y un mensaje que ha entrado hace diez minutos.

De: Henry

Hora: 17:14

He visto en el radar meteorológico que la tormenta sube desde el sur. Te he dejado un paraguas plegable en el bolsillo exterior de tu mochila esta mañana mientras hacías el café. Que no se te olvide cogerlo.

Me paso la mano por la cara, sofocando una sonrisa que amenaza con desmontar toda mi fachada de mujer adulta e independiente.

*¿En qué momento lo metió en mi mochila?

*Ni siquiera me di cuenta. Estaba ocupada buscando las llaves de casa —que, por supuesto, habían decidido esconderse dentro del forro del abrigo— y él, con esa calma metódica y silenciosa que lo caracteriza, vio la previsión del tiempo, buscó un paraguas y lo colocó exactamente donde sabía que terminaría encontrándolo.

Sin aspavientos. Sin esperar una medalla. Sin un «ves cómo no te enteras de nada» como el que Marcos me habría dedicado con una mueca de superioridad.

Han pasado seis semanas desde nuestra primera cita en el pub.

Seis semanas en las que la etiqueta de «el chico con el que estoy saliendo» se ha transformado, de forma casi imperceptible pero inevitable, en «mi novio».

Un título que acordamos una noche de domingo mientras caminábamos de la mano por Hyde Park, con las hojas secas crujiendo bajo nuestros pasos y el aire frío congelándonos el aliento.

Henry no me lo pidió con un gran gesto ni con una declaración altisonante.

Simplemente se detuvo junto al estanque, me arregló la bufanda con dedos cuidadosos y me dijo: «Me he descubierto hablando de ti con la gente del trabajo y usando la palabra 'mi novia'.

No quiero presionarte, pero me gustaría saber si a ti te parece bien que lo sea» .

Y a mí me pareció bien. Me pareció lo más sensato, seguro y hermoso que me había ocurrido en años.

A las siete y media de la tarde, la lluvia cae sobre las calles de Londres con una violencia torrencial. El cielo se ha vuelto de un gris plomo oscuro y el agua corre por los bordillos formando pequeños riachuelos que reflejan los neones rojos y amarillos de los comercios.

Llego al apartamento de Henry con los bajos de los pantalones ligeramente húmedos, pero con la cabeza perfectamente seca gracias al paraguas que él dejó en mi mochila.

Henry vive en un edificio victoriano rehabilitado en el barrio de Islington.

Es un piso de dos plantas, amplio, de techos altos y molduras antiguas que contrastan con una decoración sobria, moderna y dolorosamente ordenada.

Es la primera vez que paso la noche entre semana en su casa; hasta ahora habíamos compartido mi apartamento o citas fuera, pero hoy ha insistido en cocinar para mí porque sabe que he tenido una entrega decisiva con el cliente de la marca de cosmética.

Saco mi copia de la llave —que me dio hace apenas cuatro días enganchada a un llavero con forma de pieza de Tetris— y abro la puerta.

El calor del piso me recibe de golpe, saturado de un aroma delicioso a verduras salteadas, jengibre y soja. El ambiente es tranquilo, iluminado solo por las luces cálidas de varias lámparas de pie estratégicamente colocadas en las esquinas del salón.

—¿Henry? —llamo en voz baja, quitándome los zapatos en el recibidor.

Escucho sus pasos apresurados bajando la escalera de madera que conduce a la parte superior.

Aparece en el salón vistiendo unos pantalones de chándal negros y una camiseta gris de manga corta que deja al descubierto la firmeza sencilla de sus brazos.

Lleva el pelo un poco revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él repetidamente mientras trabajaba frente al ordenador.

—Margott —dice, y su rostro entero se relaja en una expresión de alivio inmediato—. Estaba a punto de llamarte otra vez. La tormenta se ha puesto horrible.

Da tres pasos rápidos hacia mí y me envuelve en sus brazos antes de que pueda quitarme el abrigo. Su cuerpo está tibio, huele a su jabón neutro y a ese aroma casero que empieza a serme tan familiar. Apoyo la cara en su cuello, dejando salir todo el cansancio del día en un largo suspiro.

—Estoy bien —murmuro contra su piel—. Tu paraguas me ha salvado la vida.

—Tenía miedo de que se te olvidara sacarlo —dice, separándose lo justo para mirarme a los ojos. Sus manos bajan por mis brazos hasta tomar mis manos frío-congeladas entre las suyas. Frunce el ceño con preocupación—. Estás helada. Ven.

Me guía hacia el sofá del salón como si fuera una inválida.

Me sienta, me quita los calcetines húmedos sin pedir permiso y me envuelve las piernas con una manta de lana gruesa que huele a suavizante de lavanda.

Luego desaparece un momento hacia la cocina y regresa con un tazón humeante de té de manzanilla con miel y un par de calcetines gordos de estar por casa que claramente son suyos.

—Henry, de verdad, puedo ponérmelos yo... —intento protestar, sintiéndome abrumada por tanta atención.

—Cállate un momento y deja que te cuide —responde con una terquedad tan dulce que me deja sin argumentos.

Se arrodilla en el suelo frente a mí y desliza con delicadeza los calcetines enormes en mis pies fríos. Sus manos son grandes, de dedos largos acostumbrados al teclado, pero los movimientos con los que me acaricia los tobillos son de una suavidad casi devota.

Se queda allí, arrodillado sobre la alfombra, apoyando los brazos sobre mis rodillas cubiertas por la manta. Levanta la cabeza para mirarme.

—¿Cómo ha ido la presentación del logotipo? —pregunta con ese interés genuino que nunca deja de sorprenderme.

—Han aprobado la propuesta —respondo, dando un sorbo al té cálido que me reconforta la garganta—. Sin cambios. Ni siquiera han mencionado la dichosa espiritualidad vegetal de la hoja de loto. Les ha encantado a la primera.

A Henry se le dibuja una sonrisa enorme, orgullosa, que le ilumina los ojos oscuros.

—Te lo dije —afirma con rotundidad—. Te dije que el diseño era brillante. Eres increíble en lo que haces, Margott. Solo necesitabas que dejaran de marearte.

Me quedo mirándolo. Mi corazón da un pequeño vuelco, un tirón suave pero profundo en el centro del pecho.

Es absurdo lo rápido que me estoy acostumbrando a esto. A esta versión de la vida en la que mis logros no son minimizados, en la que mi cansancio no es interpretado como un defecto de carácter y en la que mis preferencias son registradas con la precisión de un archivo informático.

A los tres días de empezar a salir, Henry descubrió que no me gusta el cilantro.

No me limito a apartarlo de la comida; me sabe literalmente a jabón debido a algún gen extraño.

No tuve que volvérselo a recordar jamás.

Cuando pedimos comida india o tailandesa, ni siquiera tengo que mirar la carta: él se encarga de la comanda y siempre, sin excepción, especifica en las notas del restaurante que mi plato debe estar absolutamente libre de cualquier traza de esa hierba.

Sabe que tomo el café con un chorrito de leche de avena y sin azúcar, pero que si he dormido mal necesito dos cucharadas enteras de miel.

Sabe que me da pavor llamar por teléfono para pedir cita en el médico y se ofrece a hacerlo él sin darme explicaciones patronales.

Sabe que cuando me pongo nerviosa tiendo a retorcerme el anillo del dedo índice hasta dejarme la piel roja, y cuando lo detecta, simplemente estira la mano y entrelaza sus dedos con los míos para detener el movimiento compulsivo.

Es absurdamente, ridículamente, pavorosamente atento.

Y digo pavorosamente porque hay una parte de mi mente, una cicatriz oscura que lleva el nombre de mi relación anterior, que no puede evitar mantenerse en alerta.

La cena se desarrolla en la barra de la cocina. Henry ha preparado un wok de verduras con fideos de arroz que está delicioso. Come de manera pulcra, manteniendo la mesa limpia a medida que avanza, mientras yo consigo manchar la encimera con una gota de salsa de soja en los primeros dos minutos.

Me apresuro a coger un trozo de papel de cocina para limpiarlo antes de que él lo note.

—Lo siento —digo de prisa, frotando la madera—. Soy un desastre.

Henry levanta la vista de su plato, sorprendido por la urgencia en mi voz. Mira la mancha de soja —que ya ha desaparecido por completo— y luego me mira a mí.

—Margott, es una gota de salsa. La encimera es de granito tratado. Se limpia con agua.

—Ya, pero... no quiero ensuciarte la cocina. Sé lo mucho que te gusta tenerlo todo perfecto.