Demasiado cerca CAPÍTULO 2 Henry #2
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CAPÍTULO 2 Henry #2

—Soy un poco caótica —admito en voz baja, dejando caer los papeles sobre un mueble auxiliar—. A veces se me olvidan las cosas. Pierdo las llaves una vez al día. Tengo tres agendas vacías porque nunca me acuerdo de escribir en ellas después de la primera semana.

Henry da un par de pasos hacia mí. Se detiene a medio metro, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones oscuros.

—Yo tengo demasiadas agendas y me estreso cuando las cosas no salen según lo previsto —responde con una sonrisa pequeña—. Supongo que entre los dos hacemos un promedio razonable.

Nos reímos. El nudo de nervios que llevaba apretándome el estómago desde la tarde se deshace por completo, dejando una sensación de ligereza maravillosa.

Pasamos la noche en el suelo del salón, apoyados contra la base del sofá, compartiendo las porciones de tarta de frambuesa y bebiendo vino tinto en dos copas de cristal que no combinan entre sí.

Le enseño mis primeros cuadernos de bocetos de la universidad, llenos de dibujos apresurados y manchas de acuarela, y él me escucha con una fascinación que me parece casi irreal.

Me habla de su trabajo con más detalle, explicándome cómo le gusta resolver problemas lógicos cuando nadie más encuentra el fallo en el código.

—A veces me paso horas mirando una sola línea de texto —cuenta, mirando el líquido rojo de su copa—.

Mis hermanos dicen que estoy loco, que debería salir más o romper cosas de vez en cuando, pero me gusta la sensación de encajar la pieza que falta.

Cuando todo funciona, hay una especie de armonía silenciosa que me reconforta.

—¿Tus hermanos son muy diferentes a ti? —pregunto, curiosa. Ha mencionado a sus hermanos un par de veces más desde la primera cita, pero siempre de pasada, como si fueran un telón de fondo gigante pero lejano en su vida.

Henry deja escapar una risita suave, una mezcla de resignación y un afecto profundo.

—Son un terremoto —responde, negando con la cabeza—. Absolutamente ruidosos, invasivos y sin el menor respeto por el espacio personal de nadie. Si yo soy el orden, ellos son el caos en estado puro. Pero los quiero con locura.

—Debéis de ser un contraste interesante juntos.

—Lo somos —admite—. Alexander es como un huracán que entra en una habitación y exige que todo el mundo lo mire. Y Jack... bueno, Jack es el pegamento de la familia. Es el que mantiene las cosas en pie cuando la estructura se tambalea.

Escucho cómo habla de ellos y noto la calidez de sus palabras.

Hay una lealtad férrea en su voz, una devoción fraternal que no había visto en otras personas.

Me reconforta saber que viene de un entorno donde el afecto no se oculta, aunque por ahora me parezca una realidad ajena a mi propia experiencia de hija única con padres bastante distantes.

El vino se termina despacio. La música suave de fondo —una lista de jazz tranquilo que he puesto en el altavoz— envuelve la estancia mientras la noche avanza sin que ninguno de los dos haga el menor gesto por mirar el reloj.

A eso de las once y media, Henry recoge con cuidado nuestras copas vacías y las lleva al fregadero.

Las lava con una minuciosidad impecable, secándolas con el paño de cocina antes de dejarlas sobre el escurridor.

Es una escena tan doméstica, tan absurdamente íntima en su sencillez, que me quedo apoyada en el marco de la puerta de la cocina mirándolo sin decir nada.

Cuando termina, se seca las manos y se gira hacia mí.

La luz cálida de la pequeña lámpara del salón le ilumina el perfil. Sus ojos oscuros encuentran los míos y por primera vez en toda la noche veo una chispa de nerviosismo en su postura. Se pasa los dedos por el pelo oscuro, despeinándolo ligeramente, y da un paso lento hacia donde yo estoy parada.

El aire en el pasillo parece volverse más espeso. Mi corazón empieza a golpear contra mis costillas con una fuerza repentina, no por miedo, sino por una expectación eléctrica que me recorre la piel.

—Margott —dice mi nombre con un murmullo suave.

—Dime.

—Se me da muy mal esto de leer las señales —confiesa, deteniéndose justo enfrente de mí.

Está tan cerca que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, la fragancia a cedro y frío que lo rodea—.

No quiero ir demasiado deprisa. No quiero incomodarte.

Pero llevo toda la noche queriendo besarte y si no te lo digo ahora, voy a pasarme todo el camino de vuelta a casa reprochándomelo.

La honestidad de su confesión me deja sin aliento. Sin rodeos, sin juegos de seducción baratos, sin esa arrogancia que espera que la mujer rinda sus defensas instintivamente. Solo un hombre sinceramente enamorado pidiendo permiso con la mirada.

Siento que algo dentro de mi pecho, esa armadura que he llevado durante casi un año para evitar que vuelvan a romperme, se fractura del todo para dejar paso a algo hermoso.

Pongo una mano sobre su pecho, sintiendo el latido constante y acelerado de su corazón bajo el jersey de lana.

—Henry —murmuro, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos—. Eres desesperadamente educado.

—¿Eso es malo?

—No —sonrío, rozando con el pulgar la tela de su jersey—. Es perfecto. Besa de una vez, por favor.

Henry no duda. Sus manos, grandes y de dedos largos, suben despacio hasta acunar mi rostro. Sus palmas están tibias y sus dedos se enredan con delicadeza en el desorden de mi pelo ondulado, sosteniéndome como si fuera la pieza de arte más valiosa y frágil que hubiera tenido entre las manos.

Se inclina despacio. Sus labios rozan los míos primero en una caricia titubeante, un contacto suave, interrogante, que me hace soltar un pequeño suspiro contra su boca.

Y luego me besa de verdad.

No es un beso apresurado ni hambriento. Es un beso profundo, lento, extrañamente devoto.

Sus labios se mueven contra los míos con una dulzura que me derrite por dentro.

Me rodea la cintura con un brazo, pegándome a su cuerpo con una firmeza que me hace sentir la persona más segura sobre la faz de la Tierra, mientras su otra mano permanece en mi mejilla, su pulgar acariciándome la piel de la mandíbula con un mimo infinito.

Siento una oleada de calor que nace en mi abdomen y se expande por todo mi cuerpo.

Aprieto mis dedos contra sus hombros, atrayéndolo aún más hacia mí, respondiendo a su beso con una entrega que ni siquiera sabía que tenía guardada.

La forma en que Henry me besa no tiene nada que ver con lo que he conocido antes: no hay urgencia por llegar a otra parte, no hay dominación ni prisa.

Es una declaración silenciosa de presencia. Está aquí, ahora, entero para mí.

Cuando finalmente se separa un par de centímetros, ambos estamos respirando con cierta dificultad. Sus ojos oscuros están brillantes, dilatados por la emoción, y su frente descansa contra la mía mientras nuestras respiraciones se mezclan en el pequeño espacio que nos separa.

—Vaya —susurra él, con una sonrisa deslumbrante que le transforma por completo el rostro.

—Sí —alcanzo a decir, sintiendo que me flojean las piernas—. Vaya.

Henry me da otro beso pequeño en los labios, un toque dulce y juguetón, antes de acariciarme la mejilla una última vez.

—Creo que ha llegado el momento de que me vaya —dice en un murmullo roncamente cariñoso—. O me resultará imposible cruzar esa puerta.

Niego con la cabeza, sonriendo contra su cuello mientras lo abrazo un momento más.

—Puedes quedarte un poco más si quieres.

—Quiero —admite él, besándome el pelo—, pero me prometí a mí mismo que iríamos a tu ritmo. Y quiero hacer las cosas bien contigo, Margott. Muy bien.

Le ayudo a ponerse el abrigo. Me acompaña hasta la puerta de la entrada, donde nos despedimos con otro beso largo, pausado y tibio que me deja las pestañas temblando y los labios latiendo suavemente.

—Te llamo mañana —promete, acariciándome el brazo antes de salir al descansillo.

—Estaré esperando —respondo.

Cierro la puerta y me apoyo contra la madera de pino. Me llevo los dedos a los labios, sintiendo aún el hormigueo del contacto de Henry, el calor de sus manos en mi cara y la devoción limpia de su mirada.

Camino hasta el salón en silencio. Miro la copa de vino limpia en el escurridor, las patatas fritas que no volaron por el aire, la manta en el sofá y los cuadernos de bocetos abiertos.

Mi cabeza me dice que mantenga la cautela. Que las personas no son tan perfectas, que los hombres atentos a veces cambian cuando pasa el tiempo, que mi miedo a no ser suficiente sigue estando acechando en las sombras de mi mente.

Pero mi corazón, ese órgano maltrecho que llevaba casi un año latiendo en modo de defensa, acaba de dar un vuelco definitivo.

Me meto en la cama esa noche con la sensación inédita de que no necesito protegerme de Henry O’Connell. De que con él, tal vez, estar a salvo no significa estar sola. Y mientras me acurruco bajo el nórdico, cierro los ojos con el sabor dulce de su primer beso aún grabado en la memoria.