Demasiado cerca CAPÍTULO 2 Henry
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CAPÍTULO 2 Henry

Bea me mira desde el otro lado de la mesa de la cafetería con los ojos tan abiertos que temo que se le salgan de las cuencas. Ha dejado su té matcha a medio camino de la boca, con la taza flotando en el aire como si el tiempo se hubiera detenido en seco.

—¿Que no intentó besarte? —pregunta, bajando la voz al nivel de un susurro conspirativo que resuena en medio del bullicio matutino.

—No —respondo, untando mermelada de frambuesa en mi tostada con una precisión ridícula—. Me dio un abrazo. Un abrazo de verdad. De esos en los que sientes que la otra persona está ahí de verdad, no comprobando la firmeza de tu espalda o intentando deslizar una mano hacia tu cintura.

—¿Y te mandó un mensaje esa misma noche? ¿Sin esperar setenta y dos horas para hacerse el interesante?

—A las doce y cuarenta y uno —asiento, incapaz de reprimir una pequeña sonrisa que me arruga la esquina de los labios—. Y no traía ninguna intención oculta. Solo quería saber si había llegado bien.

Bea deja la taza sobre el plato con un chasquido sutil y se apoya en los codos, analizándome como si fuera un espécimen botánico raro que acaba de florecer en mitad del invierno.

—Margott, estás sonriendo. Sonriendo de verdad, no con esa mueca de suficiencia que pones cuando consigues un cliente nuevo.

—No estoy sonriendo. Estoy comiendo mermelada.

—Te conozco desde hace tres años. Sé cómo sonríes cuando estás a la defensiva y sé cómo sonríes cuando alguien te gusta. Y ese programador tímido te gusta.

Suelto un suspiro y miro a través del cristal del local.

La calle está mojada por el orballo típico de Londres y la gente camina deprisa con sus abrigos abotonados hasta el cuello.

Tiene razón, pero decido no dársela del todo.

Aún no. La última vez que dejé que la esperanza tomara las riendas demasiado pronto, terminé recomponiendo mi autoestima durante meses.

—Es solo un chico majo, Bea —murmuro, jugando con la servilleta de papel—. Vamos a ir despacio.

Ir despacio, según descubro en las dos semanas siguientes, es una experiencia completamente nueva para mí.

Acostumbrada al ritmo frenético de relaciones que empiezan con una tormenta de fuegos artificiales y terminan en un desierto de indiferencia, la presencia de Henry O’Connell en mi vida es el equivalente a pasar de una autopista a un paseo marítimo al atardecer.

No hay prisa. No hay exigencias. No hay esa necesidad desesperada de fingir que soy alguien diferente para mantener su atención.

Nuestra segunda cita es un martes por la tarde en una librería de viejo cerca de Bloomsbury.

Henry llega cinco minutos antes de la hora acordada, vistiendo una chaqueta de lana oscura y una bufanda gris perfectamente enrollada alrededor del cuello.

Cuando me ve cruzar la puerta, su rostro se ilumina con una chispa tan genuina que siento un tirón cálido justo debajo de las costillas.

—Hola —dice, acercándose a mí.

—Hola —respondo.

Me da un beso suave en la mejilla. Su piel huele a frío y a esa colonia de madera suave que ya empiezo a asociar instintivamente con la seguridad.

Pasamos casi dos horas entre estanterías de roble que huelen a papel antiguo y polvo acumulado. Es aquí donde empiezo a descubrir el universo interno de Henry, esa mente estructurada que funciona con una lógica casi fascinante.

—Mira esto —dice, mostrándome un volumen encuadernado en cuero sobre la historia del cálculo mecánico—. Esta máquina de Babbage es la abuela del procesador que tienes en tu teléfono. La forma en que resolvieron la transmisión de datos mediante engranajes físicos es sencillamente genial.

Se le llena la boca de términos técnicos mientras me explica la lógica de los algoritmos de codificación.

Habla con un entusiasmo pausado, sin alzarse la voz, pero con una pasión tan pura que me resulta imposible no quedarme fascinada mirándolo.

Tiene un pequeño gesto involuntario cuando se concentra: frunce levemente el entrecejo y se pasa el índice por el puente de la nariz.

—Lo siento —dice de pronto, deteniéndose en mitad de una explicación sobre lenguajes de programación estructurada—. Te estoy aburriendo mortales. A veces se me olvida que no todo el mundo encuentra fascinante la arquitectura de sistemas.

—No me estás aburriendo para nada —le aseguro, dando un paso más hacia él para quedar a la distancia de un suspiro—. Me gusta escucharte. Tienes una forma muy bonita de apasionarte por las cosas que parecen invisibles para los demás.

Henry se ruboriza de inmediato, esa pincelada rosada que asciende por sus pómulos y que me parece una de las cosas más encantadoras que he visto jamás.

—Es solo que... me gusta entender cómo funcionan las cosas por dentro —murmura, rascándose la nuca—. Si entiendes la estructura, sabes cómo reaccionará el conjunto cuando algo falle.

—¿Y conmigo? —pregunto en broma, apoyando la espalda contra una estantería de historia europea—. ¿También estás intentando descifrar mi estructura?

Henry sonríe, una sonrisa pequeña y honesta, y niega lentamente con la cabeza.

—Contigo no hay algoritmo que valga, Margott. Eres pura impredecibilidad. Y me gusta.

Esa misma tarde terminamos en una pequeña cafetería. Cuando abre su teléfono para mostrarme una fotografía de un diseño de interfaz que le gustó, alcanzo a ver la pantalla de su aplicación de calendario. Todo, absolutamente todo en su vida, está organizado por colores.

—Espérate un momento —digo, arrebatándole suavemente el teléfono para mirar más de cerca—. ¿Tienes bloqueada una franja de tiempo en verde manzana para «Lectura recreativa» los jueves de ocho a nueve de la noche?

—Por supuesto —responde él con absoluta naturalidad, dando un sorbo a su té sin inmutarse—. Si no programas el tiempo para ti mismo, la rutina lo engulle.

—¿Y qué es esto en azul marino? —inquiero, señalando otra casilla.

—Lavar la ropa delicada y desinfectar los teclados.

—¿Desinfectar los teclados? Henry, esto es rozar la patología.

—Los teclados acumulan más bacterias que la tapa de un inodoro, Margott —afirma con la gravedad de un médico diagnosticando un mal incurable—. Es una cuestión de higiene básica.

No puedo evitar soltar una risotada. Me tapo la boca para no llamar la atención de las mesas colindantes, pero la risa se me escapa por entre los dedos.

Él me observa en silencio, con una serenidad que contrasta totalmente con mi carcajada, y la suavidad en sus ojos me deja sin aliento por un segundo.

—Me gusta cuando te ríes así —dice de repente, con la voz grave y calmada.

Mi risa se apaga poco a poco, sustituida por una calidez súbita que me recorre la garganta.

—¿Así cómo?

—Sin pensártelo. Sin contenerte.

Me quedo mirándolo, sintiendo cómo el ambiente entre los dos se vuelve más denso, más dulce.

Para Marcos, mi risa ruidosa era «escandalosa» y «poco elegante».

Me había pasado tres años aprendiendo a reírme con la boca cerrada, ahogando las carcajadas en la garganta para no avergonzarlo en público.

Y ahora este chico de jersey de punto y agenda organizada por colores me pide, sin saberlo, que no me contenga.

La prueba definitiva del abismo que separa nuestros dos mundos llega el viernes de la semana siguiente, cuando Henry viene por primera vez a mi apartamento.

Llevo tres horas intentando ordenar el caos crónico de mi espacio, pero el diseño gráfico es una profesión intrínsecamente desordenada y yo soy una persona que habita su propio desorden con cierta comodidad.

Tengo carpetas de proyectos apiladas en el suelo del salón, una colección de muestras de pantones repartidas por la mesa de centro, tres tazas vacías en el fregadero y ropa de la semana pasada descansando en la silla auxiliar del dormitorio.

A las siete y media, el timbre de la entrada suena con la puntualidad militar que ya he aprendido a esperar de él.

Abro la puerta con una camiseta holgada de tirantes y unos vaqueros gastados. Henry está en el descansillo, sosteniendo una caja de pastelitos de una pastelería artesanal que me mencionó hace días y una botella de vino tinto.

—Pasa —digo, echándome hacia un lado mientras siento que las mejillas me arden un poco—. Bienvenido a mi pequeño desastre. Te advierto que aquí no hay casillas de colores ni calendarios estructurados.

Henry cruza el umbral y deja los zapatos en la entrada, colocándolos perfectamente alineados junto al paño de la puerta. Luego levanta la vista y echa un vistazo al salón.

Su mirada pasea por el montón de revistas de diseño, los cojines desordenados en el sofá y las láminas de arte abstracto que aún no he colgado y que descansan apoyadas contra la pared.

No hay ni una sola sombra de juicio en su expresión.

Ninguna mueca de asco, ningún comentario irónico. Solo una curiosidad tranquila.

—Es un espacio muy cálido —comenta, caminando hacia la mesa de centro para dejar la botella de vino—. Tiene luz, tiene color... Se nota que es tu casa. Huele a vainilla y a papel impreso.

—Huele a que tendría que haber pasado la aspiradora ayer —corrijo, agarrando apresuradamente un par de bocetos que están desperdigados sobre el sofá para hacerle sitio.

—Margott —dice su voz, deteniéndome.

Me giro. Henry se ha quitado el abrigo y lo ha doblado con un cuidado exquisito sobre el respaldo de la silla antes de acercarse a mí.

—No tienes que limpiar para mí —dice suavemente—. No he venido a evaluar tu apartamento. He venido a verte a ti.

Me quedo parada en medio del salón, sosteniendo el montón de folios contra el pecho.

Hay algo en la honestidad directa de Henry que desarmaría a cualquier ejército.

No tiene segundas intenciones. No usa las palabras como monedas de cambio ni como anzuelos para conseguir nada.

Dice exactamente lo que piensa, con una sencillez tan desprovista de malicia que me hace sentir absurdamente vulnerable.