CAPÍTULO 1 El amigo de alguien #3
Antes de que pueda responder, da un paso adelante y me envuelve en un abrazo.
No es un abrazo torpe ni un compromiso apresurado.
Es un abrazo firme, cálido y extrañamente reconfortante.
Huele a limpio, a jabón neutro y a una colonia suave con notas de madera de cedro.
Apoya su barbilla un segundo sobre mi hombro y me sostiene con la fuerza justa para hacerme sentir segura, sin invadir mi espacio.
Cuando se separa, me dedica una última mirada dulce.
—Coge el metro con cuidado, por favor —añade.
—Gracias, Henry. Buenas noches —alcanzo a decir, con la voz un poco más baja de lo normal.
Lo veo dar media vuelta y alejarse caminando por la acera con paso tranquilo, metiendo de nuevo las manos en los bolsillos.
Bajo las escaleras del metro con el corazón latiendo a un ritmo extraño. Mientras espero el tren en el andén casi vacío, me apoyo contra una de las columnas de azulejos blancos y me miro los botines.
Analizo la noche con la frialdad lógica a la que me he acostumbrado para protegerme: Henry es dulce.
Es absurdamente educado. Es tímido, un poco torpe y claramente le gusto.
Pero es demasiado diferente a mí. Él es orden, estructura y tranquilidad; yo soy un torbellino de inseguridades, caos y pintura derramada.
Y además, los hombres «majos» suelen cansarse rápido cuando descubren que no soy la chica perfecta e idealizada que se imaginan.
Ha estado bien , me digo a mí misma mientras me subo al vagón del metro. Ha sido una velada bonita. Pero probablemente no volverá a llamarme. A la gente no le gustan las chicas que tiran patatas fritas a desconocidos ni las que se ponen nerviosas por todo .
Me convenzo de que esto ha sido un evento aislado. Una buena anécdota para contarle a Bea mañana por la mañana antes de volver a sumergirme en mi rutina solitaria.
Llego a mi pequeño apartamento a las doce y media de la noche. Me quito los botines en la entrada con un suspiro de alivio, me despojo del abrigo y enciendo la pequeña lámpara de pie del salón, que emite una luz cálida y acogedora.
Me desmaquillo frente al espejo del baño, viendo cómo el labial rojo desaparece bajo el disco de algodón, devolviéndome a mi rostro habitual: la piel pálida, un par de pecas en la nariz y las ojeras suaves del cansancio.
Me pongo un pantalón de chándal gris holgado, una camiseta vieja tres tallas más grande y me preparo una manzanilla tibia en la cocina.
Sostengo la taza entre las manos, sintiendo cómo el calor me atraviesa los dedos. Me siento en el sofá, me acurruco bajo una manta de lana y me quedo mirando el techo en silencio.
No hay dolor. Tampoco hay esa opresión en el pecho que solía sentir después de salir con Marcos, cuando pasaba horas repasando cada palabra que había dicho para descubrir en qué me había equivocado. Con Henry, por primera vez en casi un año, no siento que tenga que disculparme por existir.
Aun así, la sombra de mi pasado sigue ahí, recordándome que no debo hacerme ilusiones.
Me levanto para apagar la luz del salón y dirigirme al dormitorio. Dejo la taza vacía en el fregadero y cojo mi teléfono móvil de la mesa auxiliar, que he dejado boca abajo desde que entré por la puerta.
La pantalla se ilumina al tocarla.
Tengo dos notificaciones. Una de Bea que dice: «¡¿CÓMO HA IDO?! ¡CUÉNTAME TODO!» , la cual decido ignorar piadosamente hasta mañana.
La segunda notificación es de un número desconocido.
Pestañeo, sorprendida, y pulso sobre la vista previa del mensaje.
De: +44 7700 900142
Hora: 00:41
Hola, Margott. Soy Henry. Solo quería asegurarme de que has llegado bien a casa y de que no te has encontrado con ninguna otra mesa inclinada por el camino.
Me lo he pasado realmente bien contigo esta noche. Sé que he estado un poco torpe al principio, pero me encantaría volver a verte si a ti también te apetece. Avísame cuando estés libre la semana que viene.
Que descanses.
Me quedo parada en medio del pasillo a oscuras, mirando la pantalla del teléfono.
Vuelvo a leer el mensaje una vez más. Y luego otra.
No hay juegos. No hay la estrategia de esperar tres días para parecer desinteresado.
No hay ambigüedad. Solo un chico educado y atento asegurándose de que he llegado sana y salva a mi piso y dejando claro, sin ningún tipo de rodeos, que quiere volver a verme.
Una sonrisa lenta, que empieza de forma tímida en la comisura de mis labios, termina por extenderse por todo mi rostro.
Aprieto el teléfono contra mi pecho, respiro hondo el aire tibio de mi piso y, por primera vez en muchísimo tiempo, siento que una pequeña rendija de mi coraza acaba de ceder.
Escribo una respuesta rápida:
Para: Henry
Hola, Henry. He llegado perfecta y sin más incidentes gravitatorios. A mí también me ha encantado la cena. Me gustaría mucho volver a verte. Hablamos esta semana.
Envío el mensaje, apago la pantalla y me meto en la cama. Y mientras cierro los ojos escuchando la lluvia que vuelve a repicar suavemente contra el cristal de mi ventana, no puedo evitar pensar que tal vez, solo tal vez, acabo de tropezar con algo bueno.