Demasiado cerca CAPÍTULO 1 El amigo de alguien #2
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CAPÍTULO 1 El amigo de alguien #2

—Programación web —explica—. Desarrollo la arquitectura del back-end para aplicaciones financieras y bases de datos. Básicamente, me paso ocho horas al día asegurándome de que los sistemas no colapsen cuando miles de personas intentan mover dinero al mismo tiempo.

—Suena increíblemente complejo. Y extremadamente ordenado.

—Lo es —admite él, inclinando ligeramente la cabeza—.

Me gusta el orden. El código es bastante honesto: si cometes un error, el programa no funciona y te dice exactamente en qué línea te has equivocado.

Las personas son un poco más difíciles de descifrar que un lenguaje de programación, pero el código es predecible.

—Pues estás de suerte, porque yo soy el equivalente humano a un archivo corrupto que nadie sabe cómo arreglar —comento con autoironía.

Esperaba que hiciera una broma educada o que cambiara de tema, pero Henry me mira con atención durante un par de segundos. Sus ojos oscuros son extrañamente cálidos.

—Dudo mucho que estés corrupta, Margott —dice con total seriedad, sin un ápice de coquetería barata—. El caos también tiene su propia lógica. A veces solo es una cuestión de perspectiva.

El camarero se acerca en ese momento para tomar la comanda. Pedimos un par de hamburguesas y dos cervezas. Y a partir de ahí, la noche toma un rumbo completamente impredecible.

Yo esperaba una entrevista de trabajo disfrazada de cita. Esperaba tener que esforzarme por rellenar silencios incómodos o soportar monólogos sobre logros personales. Pero Henry O’Connell no habla de sí mismo a menos que le pregunte directamente.

Lo que hace Henry es escuchar.

Cuando le cuento, casi sin darme cuenta, lo frustrante que ha sido mi día intentando explicarle a un cliente la psicología del color, él no me interrumpe para darme un consejo no solicitado.

Se inclina hacia adelante, apoya los codos en la mesa y me presta una atención tan absoluta que por un momento me siento como si fuera la única persona en todo el pub.

Hace preguntas específicas, demuestra que está reteniendo cada detalle de lo que digo y se ríe con ganas de mis chistes malos.

Sin embargo, los pequeños desastres no nos dan tregua.

A mitad de la cena, mientras intento ilustrar con las manos el tamaño desproporcionado de una marquesina publicitaria que tuve que diseñar la semana pasada, golpeo mi propia copa de cerveza con el nudillo.

La bebida se derrama sobre la mesa, buscando peligrosamente el borde y amenazando con caer directamente sobre los pantalones de Henry.

—¡Oh, dios mío! —exclamo, poniéndome de pie de golpe y agarrando cinco servilletas a la vez—. Lo siento tanto, de verdad, soy un desastre absoluto...

En mi prisa por limpiar la mancha, mi codo tropieza con el plato de las patatas fritas, haciendo que un par de ellas salgan volando y vayan a parar directamente sobre la falda de una señora de mediana edad que cena en la mesa contigua.

Me quedo paralizada, con el rostro ardiendo a una temperatura que podría derretir el acero.

La vergüenza que me recorre el cuerpo es tan intensa que siento que me voy a evaporar allí mismo.

En mi cabeza, la voz de Marcos resuena automáticamente: «Siempre tienes que montar un espectáculo, Margott.

No puedes ser normal ni por cinco minutos» .

Cierro los ojos un segundo, esperando la mirada de desaprobación o la risa incómoda de mi acompañante.

Pero cuando los abro, Henry ya se ha levantado. Ha pedido disculpas educadamente a la señora de las patatas fritas con una inclinación de cabeza tan perfecta que la mujer termina sonriéndole, y luego regresa a nuestra mesa con un puñado de servilletas secas que le ha pedido al camarero.

—Tranquila —me dice en un susurro amable, empezando a secar la madera sin darle la menor importancia—. Es solo cerveza. Y la mesa estaba un poco inclinada de todos modos. Ha sido una prueba de gravedad.

—He tirado una patata a una desconocida, Henry —murmuro, tapándome la cara con las manos—. Por favor, dime que hay una escotilla en el suelo por la que pueda tirarme.

Henry suelta una carcajada limpia, suave, y con delicadeza me aparta las manos de la cara. Su toque es breve, apenas un roce de sus dedos contra mis muñecas, pero es tan cálido que me estremezco.

—Me parece que las patatas voladoras son una excelente forma de romper el hielo —dice, mirándome a los ojos con una ternura que me descoloca por completo—. De verdad, Margott. No pasa nada.

Nos volvemos a sentar. Él termina de limpiar el estropicio con una eficacia tranquila, pide otra cerveza para mí y continúa la conversación exactamente en el punto donde la habíamos dejado, como si tirarle comida a los clientes de al lado fuera una costumbre perfectamente aceptable en las citas.

A medida que pasa la noche, voy descubriendo pequeños matices de Henry.

Es un hombre de una educación intachable, casi antigua.

No mira el teléfono móvil ni una sola vez en tres horas.

Tiene una forma muy específica de colocar los cubiertos cuando termina de comer, alineados en un ángulo perfecto de noventa grados respecto al borde del plato.

Es tímido cuando habla de sí mismo, pero cuando le pregunto por su infancia o por su familia, sus ojos se suavizan.

—Tengo dos hermanos —menciona de pasada cuando le pregunto si es hijo único—. Soy el pequeño.

—¿Y os lleváis bien? —pregunto, dando un sorbo a mi copa.

—Sí —responde rápidamente, con una sonrisa afectuosa—. Nos llevamos muy bien. Vivimos juntos, de hecho. Es... un poco caótico a veces, pero somos muy unidos.

Imagino un piso compartido de tres chicos veinteañeros, probablemente con platos acumulados en el fregadero y una consola de videojuegos presidiendo el salón. Algo completamente normal.

—Debe de ser divertido —digo—. Yo soy hija única, así que mi concepto de tener hermanos se reduce a lo que he visto en las películas.

—A veces es divertido, sí. A veces es como intentar convivir con un huracán —se ríe él suavemente, echándose hacia atrás en la silla—. Pero no cambiaría a mis hermanos por nada.

Para cuando la medianoche se acerca, el pub empieza a quedarse vacío. Las luces de la barra se atenúan y los camareros comienzan a recoger las mesas restantes. Nos damos cuenta de que somos los últimos clientes que quedan en nuestro sector.

—Creo que nos están echando de forma muy sutil —comenta Henry, mirando a su alrededor con una mueca de disculpa hacia el personal.

—Sí, creo que sí —asiento, sintiendo una punzada inesperada de pena porque la velada haya llegado a su fin.

Pedimos la cuenta. Cuando el camarero trae el datáfono, saco rápidamente mi tarjeta de crédito, pero Henry ya se me ha adelantado, deslizando la suya sobre el lector antes de que yo pueda protestar.

—Henry, no —digo, frunciendo el ceño—. Pagamos a medias. En serio.

—Por favor, déjame invitarte —pide con voz firme pero muy dulce—. Me lo he pasado realmente bien, Margott. Considera esto un pago por el entretenimiento de la cerveza voladora.

Intento insistir, pero él se niega de una forma tan elegante que terminaría siendo violento seguir discutiendo.

Salimos al exterior. La noche londinense es fría y húmeda. La lluvia fina de antes se ha detenido, dejando el asfalto brillando bajo las luces doradas de las farolas de Covent Garden. Un aire fresco me da en la cara y me estremezco ligeramente dentro de mi abrigo.

Henry se da cuenta de inmediato. Sin dudarlo, se coloca en el lado de la acera que da a la carretera, resguardándome del viento y del tráfico ocasional. Es un gesto tan automático en él que me pregunto si lo hace por instinto.

Caminamos despacio hacia la estación de metro.

—¿Vives muy lejos? —me pregunta, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro.

—A unas cuatro paradas en la línea Northern —respondo—. ¿Y tú?

—Un poco más al norte. En las afueras —responde vagamente, señalando hacia el final de la calle—. Te acompaño hasta la boca del metro.

Al llegar a la entrada de la estación, los dos nos detenemos.

Hay un silencio de esos que suelen preceder a los momentos incómodos de las primeras citas.

Ese instante en el que la otra persona intenta calcular si debe inclinarse para darte un beso, si debe pedirte subir a tu casa o si simplemente va a soltar un «ya nos veremos» genérico.

Me preparo mentalmente para la maniobra de esquive por si intenta besarme. No estoy lista para eso. No con alguien a quien acabo de conocer, por muy majo que haya sido.

Pero Henry no hace nada de eso.

Se detiene a una distancia perfectamente respetuosa. Me mira a los ojos bajo la luz dorada de la farola de la estación y sonríe.

—Gracias por aceptar cenar conmigo, Margott —dice, con una sincera calidez que me llega directamente al pecho—. Sé que las citas a ciegas pueden ser un desastre, pero para mí ha sido la mejor noche en mucho tiempo.