de Barro y Cadenas La última llamada
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La última llamada

La noche en el Jala avanzaba entre el tintineo de los tercios y los acordes acelerados de rock oscuro que resonaban en las paredes de piedra.

De pronto, el murmullo habitual de la barra se quebró con un revuelo sordo que empezó en la puerta y corrió como la pólvora por todo el local.

Varios clientes habituales se giraron de golpe, sacando los móviles a toda prisa con las cámaras preparadas, murmurando nombres y levantando los teléfonos para inmortalizar la escena.

Detrás de la barra, Laura frunció el ceño con desconcierto y levantó la vista hacia la entrada.

Abriéndose paso entre las mesas con una sonrisa abierta y saludando a los parroquianos con la naturalidad de quienes ya juegan en otra liga, no venía un desconocido.

Eran Aitor y Sevi. Los dos guitarristas de Mortaja caminaban por el pasillo central del pub mientras los clientes se acercaban para chocarles la mano y pedirles selfies rápidos bajo la cálida luz ámbar de los apliques.

Luisma, que estaba recogiendo unos vasos cerca de la puerta, se quedó con la bandeja a medio camino, mirando la escena con la boca entreabierta, sin decidirse a acercarse ni a apartar la vista.

Llevaba semanas esperando a que algo así pasara, casi tanto como la propia Laura, aunque nunca lo hubiera dicho en voz alta.

Laura dejó caer el trapo sobre la madera, con el corazón latiéndole de pronto a un ritmo desbocado. Salió de detrás de la barra y se acercó a zancadas hasta donde estaban los músicos.

—¿Aitor? ¿Sevi? ¿Qué hacéis aquí? —preguntó, con la voz temblándole ligeramente a pesar de intentar mantener la compostura.

Sevi se paró, se desprendió amablemente de un par de fans que les pedían otra foto y se giró hacia ella con una media sonrisa sincera, cargada de una extraña solemnidad.

—Hola, Laura —saludó, ajustándose la chupa de cuero—. Veníamos a saludar, pero la verdad es que nos ha mandado el más tonto.

Laura sintió que la respiración se le cortaba en seco. Los ojos se le abrieron de par en par.

—¿Víctor? ¿Dónde está? —preguntó, con urgencia contenida.

—Está en el viejo local de ensayo de Siero —respondió Aitor, cruzándose de brazos, con la mirada seria y cómplice—.

Es un cabezón testarudo. Lleva toda la semana dándole vueltas a la cabeza, comiéndose el tarro con lo de Oviedo y con todo lo que pasó.

No te ha olvidado, Laura. Nunca lo ha hecho.

Pero tiene el orgullo metido tan dentro que no se atreve a pisar este bar.

Cree que las puertas siguen cerradas a cal y canto para él.

—Nos hemos cansado de decírselo, así que hemos venido nosotros en su lugar —añadió Sevi, encogiéndose de hombros—. Alguien tenía que hacer algo antes de que los dos os pasarais otro año enteros dándole vueltas por separado a lo mismo.

—Os vio en Oviedo entre el público, ¿sabes?

—dijo Aitor, bajando un poco la voz, como si le costara contar aquella parte—.

Desde el escenario. Se quedó tocando igual, sin fallar ni una nota, pero luego, en el camerino, se puso a llorar como un crío sin decirnos por qué.

No hizo falta que lo dijera. Todos sabíamos por qué.

Antes de que Laura pudiera articular una sola palabra, sintió un toque seco y firme en el hombro. Al girarse, se encontró con Elena. Su amiga de toda la vida tenía una expresión de absoluta determinación en el rostro, con los ojos brillantes y una llave colgando de sus dedos.

Elena le tendió el llavero con un gesto imperativo, empujándoselo casi contra el pecho.

—Toma, corre. Mi coche está aparcado en el callejón trasero, con el depósito lleno —le soltó, sin darle margen a la duda, con la voz templada pero firme como una roca—.

La vida no te regala segundas oportunidades todos los días, Laura.

Deja de pensar en el qué dirán, cógelo al vuelo y vete a buscar lo que es tuyo antes de que sea demasiado tarde.

Luisma, que por fin había reaccionado, se acercó corriendo desde la puerta, dejando la bandeja de cualquier manera sobre la primera mesa que encontró.

—Del bar me ocupo yo —dijo, casi sin aliento, quitándole a Laura cualquier excusa que le quedara—. Llevo media vida cerrando este sitio sin ti al lado. Una noche más no lo va a hundir.

El peso de las llaves metálicas en la palma de la mano rompió cualquier resistencia.

Laura miró a Elena, luego a Luisma, luego a Sevi y a Aitor, y en un solo segundo comprendió que el tiempo de las excusas, de los silencios y del orgullo herido se había acabado para siempre.

Todos ellos, cada uno a su manera, llevaban meses empujándola hacia esa puerta sin decírselo del todo, y ahora, por fin, se lo estaban diciendo a las claras.

—¿Y si no está allí? —preguntó Laura, ya con las llaves apretadas en el puño, como si necesitara una última certeza antes de lanzarse a la calle.

—Está allí —dijo Aitor, sin ninguna duda en la voz—. Lo hemos dejado hace media hora encorvado sobre el bajo, tocando la misma canción una y otra vez porque no sabe qué otra cosa hacer con las manos. Créeme, no se va a ningún sitio esta noche.

Los clientes que habían reconocido a Aitor y Sevi seguían mirando la escena sin entender del todo qué estaba pasando, pero algo en la cara de Laura, en la urgencia de sus movimientos, hizo que hasta los más curiosos se apartaran para dejarle paso hacia la puerta trasera sin decir nada.

Se arrancó el delantal de un tirón seco, lo arrojó sobre la barra y, sin mirar atrás, echó a correr hacia la puerta trasera del Jala con el alma en un puño y el acelerador de la vida esperándola al otro lado de la noche.

Detrás de ella, Luisma ya se estaba atando el mandil que acababa de soltar, y Elena, con Aitor y Sevi todavía rodeados de clientes pidiendo fotos, se quedó mirando la puerta por la que Laura acababa de desaparecer con una sonrisa que no había podido contener desde hacía meses.