El último acorde
El motor del coche de Elena rugió con fuerza al doblar la última curva de la carretera comarcal que subía hacia Siero.
Las luces de los faros cortaban la oscuridad de la noche, barriendo los eucaliptos y las cunetas húmedas hasta dar con la silueta familiar de la vieja nave industrial.
El corazón de Laura latía desbocado contra sus costillas, golpeando con la misma urgencia con la que las ruedas del coche devoraban el asfalto.
Aparcó de cualquier manera junto al terraplén, tiró del freno de mano y salió a grandes zancadas hacia la puerta metálica del antiguo local de ensayo.
Se paró un segundo delante de la puerta, con la mano ya en el pomo frío, y por un instante todo lo que había pasado desde la última vez que había cruzado un umbral parecido —el Jala, la puerta cerrada por Luisma y Elena, la mirada perdida de Víctor aquella noche— le pasó por delante como un fogonazo.
No le hizo falta más de un segundo para decidir que ya no le importaba.
Al empujar la puerta pesada, el chirrido familiar de los goznes quebró el silencio del interior.
Allí, bajo la luz cenital y amarillenta de un único fluorescente que zumbaba con pereza, estaba Víctor. Sentado en un viejo taburete de bar, con los antebrazos apoyados en los muslos y las manos entrelazadas mirando al suelo, levantó la cabeza al oír el eco de los pasos.
Llevaba la chupa de cuero abierta y el pelo ligeramente revuelto.
Al ver a Laura de pie en el umbral, con la respiración agitada y los ojos fijos en él, el gigante pareció congelarse.
Se puso en pie de un salto, con la cara surcada de una mezcla de incredulidad, miedo y una ternura profunda, inmensa.
—Laura... —murmuró su nombre como si fuera un destello imposible—. ¿Qué haces aquí? Yo... iba a ir a verte, te lo juro, solo que...
Víctor dio un paso al frente, con los labios temblorosos, dispuesto a empezar de nuevo con el rosario de explicaciones, de disculpas por el silencio, de justificaciones sobre la noche de la trampa y el dinero de las deudas que creía necesario contarle para que ella entendiera por fin la verdad.
—Víctor. Calla —lo cortó Laura, con la voz rota, pero firme.
Cruzó el espacio que los separaba en dos segundos, acortando la distancia que el orgullo había tardado demasiado tiempo en levantar.
Antes de que él pudiera articular una sola palabra más, Laura se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y le selló los labios con un beso hambriento, profundo y definitivo.
Víctor se quedó rígido una milésima de segundo, abrumado por el impacto de aquella rendición, antes de ceder por completo y estrecharla contra su cuerpo con la fuerza desesperada de quien vuelve a casa después de una guerra que se le había hecho eterna.
El bajo apoyado en el rincón, las paredes manchadas de pósters de bandas y las horas de frío y culpa se difuminaron en el aire, reducidos a nada ante la evidencia de lo que siempre había estado ahí.
Cuando por fin se separaron, sin ir muy lejos, con las frentes todavía juntas y la respiración entrecortada, Víctor le apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos.
—Lo siento —dijo, en voz baja, aunque ya no sonaba a disculpa desesperada, sino a algo más tranquilo, más definitivo—. Debí insistir más. No debí darme la vuelta aquella mañana.
—Los dos nos equivocamos —contestó Laura, negando con la cabeza, sin apartarse—. Yo por no escucharte, tú por no volver a intentarlo. Ya está. Se acabó.
Él sonrió, esa sonrisa poco frecuente que a ella tanto le había costado ganarse meses atrás, y la abrazó de nuevo, esta vez sin prisa, dejando que el silencio de la nave hiciera el resto.
Se quedaron así un buen rato, apoyados el uno en el otro en mitad del local de ensayo, entre cables enrollados y amplificadores apagados, sin necesidad de decir nada más.
Fuera, la noche de Siero seguía su curso, ajena a que dentro de aquella nave de paredes desconchadas dos personas acababan de dejar de tener miedo al mismo tiempo, después de meses enteros cargando cada uno con su propia versión del mismo silencio.
—¿Sabes lo que más me jode? —dijo Víctor al cabo de un rato, con la barbilla apoyada en su pelo—.
Que llevo meses tocando canciones enteras sobre esto, delante de miles de personas en medio mundo, y ahora que por fin te tengo aquí, a dos palmos, no se me ocurre ni una sola frase que decirte que no suene a letra de disco.
Laura se rio, una risa corta pero limpia, la primera que él le oía en mucho tiempo, y por un segundo volvió a ser la misma mujer despreocupada que había servido cervezas detrás de la barra del Jala antes de que nada de todo aquello pasara.
—Pues no digas nada más entonces —contestó, apretándose un poco más contra él—. Ya has dicho suficiente esta noche sin abrir la boca.
Ya no hacían falta más palabras, ni excusas, ni cuentas pendientes.
La gótica de Lugones y el heavy de Siero se habían vuelto a encontrar en el epicentro exacto de sus propias ruinas, transformados, enteros y por fin en paz.
El amor, después de tanto asfalto, lágrimas y silencios, había ganado la última batalla.
Fuera, la Honda Magna seguía aparcada junto al coche de Elena, con las llaves todavía puestas y el depósito lleno, esperando a que alguien decidiera adónde ir la próxima vez. Dentro, ninguno de los dos tenía ninguna prisa. Y esta vez, ya no quedaba nada más que decir.