El regreso de la Magna
Tras el concierto en Oviedo, inolvidable y apoteósico, la maquinaria pesada de la gira internacional llegó por fin a su fin.
Los bártulos fueron guardados, los contratos cumplidos con matrícula de honor y el cansancio acumulado de meses de carretera dio paso a un silencio necesario.
Mientras el resto de la banda ponía rumbo a sus respectivos destinos o se tomaba un descanso bien merecido, Víctor sintió una necesidad imperiosa de volver al origen, a la tierra que lo vio nacer y romperse antes de aprender a levantarse de nuevo.
Su primer destino no fue una sala de conciertos ni un estudio, sino el viejo taller mecánico de Siero.
Don Francisco lo esperaba con una media sonrisa en los labios y los brazos abiertos bajo el parpadeo de los fluorescentes amarillentos.
Para Víctor, aquel hombre curtido en grasa y nobleza siempre había sido mucho más que un jefe; era el padre que la vida le había negado, el que le había enseñado con paciencia infinita todo lo que sabía de mecánica cuando era un crío perdido, el que le había dado un hogar, un sueldo digno y lo había apartado a pulso de los callejones oscuros.
El abrazo entre los dos fue largo, recio, cargado de un respeto mudo que no necesitaba adjetivos.
—Te veo bien, muchacho —le dijo Don Francisco, apartándose un poco para mirarlo de arriba abajo, con esa forma suya de decir mucho con pocas palabras—. Se te nota en la cara que has dejado atrás lo malo.
—Me ha costado, pero sí —contestó Víctor, con la voz algo tomada—. Y en parte es gracias a usted, aunque no se lo diga muy a menudo.
Don Francisco resopló, quitándole importancia con un gesto de la mano, aunque el brillo de sus ojos decía otra cosa.
Se dio la vuelta y retiró una lona antipolvo aparcada en el rincón más oscuro del taller.
Allí estaba. Su vieja Honda Magna, impecablemente cuidada, con el motor rectificado y los cromados relucientes gracias al esmero del viejo mecánico, que se la había guardado como oro en paño durante todo aquel tiempo de ausencia y tormenta.
—Anda, súbete y vete a estirar los pistones, muchacho. Que la máquina y tú habéis estado demasiado tiempo parados —le dijo, con un guiño cómplice, arrojándole las llaves al aire.
Víctor las atrapó al vuelo con una sonrisa que le iluminó la cara.
Se ajustó la chupa de cuero, montó a horcajadas sobre la moto y accionó el encendido.
El rugido grave y profundo del motor de gran cilindrada vibró contra las paredes del taller como un viejo amigo que vuelve a encontrarse a sí mismo.
Aceleró con suavidad y salió a la carretera en dirección a Lugones, sintiendo el aire fresco de la tarde golpearle la cara y el traqueteo familiar del asfalto bajo las ruedas.
Recorrió las calles de la comarca con una calma que hacía tiempo no sentía, dejando atrás la presión de los escenarios gigantescos y la asfixia del pasado.
Reconoció cada curva, cada bache, cada esquina donde alguna vez había parado a esperar que se hiciera de noche antes de volver al Jala.
Mientras reducía la marcha al pasar cerca de la zona comercial, una silueta conocida caminando por la acera le llamó la atención.
Era Elena, que cargaba con un par de bolsas de la compra tras salir de un establecimiento.
Víctor detuvo la moto con suavidad junto al bordillo, se quitó el casco y apoyó un pie en el suelo.
—¡Elena! —exclamó, con la voz profunda, cálida, teñida de una alegría sincera.
Elena se paró en seco, giró la cabeza y, al ver al gigantón montado en la Honda Magna con una sonrisa limpia en la cara, se le dibujó una expresión de sorpresa genuina antes de que una sonrisa luminosa le cruzara el gesto. Se acercó enseguida a la moto.
—¡Dios santo, Víctor! Qué alegría verte por aquí con esa pinta... y con la moto —dijo, apoyando las manos en el manillar mientras lo miraba de arriba abajo con la complicidad de los viejos tiempos—. Estás cambiado, muy cambiado. Se nota que la carretera te ha sentado bien.
—He tenido que aprender a base de golpes, supongo —respondió Víctor, bajando la mirada un instante antes de volver a mirarla a los ojos con franqueza—.
Oye, Elena... sé que ha pasado mucho tiempo y que las cosas terminaron muy mal por culpa de aquel tarado de Iván.
Quiero que sepas de mi boca, sin rodeos, que yo no tenía ni idea de sus chanchullos.
Aquella noche en el Jala, cuando soltó todas esas mentiras, me quedé mudo porque no me lo podía creer, pero te juro por lo más sagrado que jamás formé parte de su mierda.
Lo echamos del grupo a patadas esa misma noche.
Elena lo escuchó en silencio, observando la sinceridad absoluta que destilaban sus palabras y la ausencia de cualquier rastro de orgullo defensivo. No le sorprendió en absoluto; en el fondo, conociendo la nobleza tozuda del gigantón, siempre lo había sabido.
Exhaló un suspiro tierno, le dio un apretón cariñoso en el antebrazo y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Tranquilo, Víctor. No hace falta que me jures nada —le dijo, con voz suave—. Conociendo al pieza de Iván y conociéndote a ti, tardé cero coma en imaginarme que te había utilizado. Las cosas caen por su propio peso tarde o temprano. Me alegra mucho verte de pie.
—¿Y Laura? —preguntó él, tras un instante de duda, incapaz de dejar la pregunta guardada un segundo más—. ¿Cómo está?
Elena dudó, sopesando cuánto decir. Al final se decidió por una versión corta, casi de compromiso.
—Está bien. Mejor que hace meses, desde luego —contestó, sin entrar en detalles—. El bar va viento en popa. Ya la verás.
No añadió nada más, aunque algo en su tono dejó entrever que había mucho más detrás de esa frase de lo que estaba dispuesta a contar en mitad de la calle, con las bolsas de la compra todavía colgando de los brazos.
Las palabras de Elena cayeron como un bálsamo sobre el pecho de Víctor, disolviendo por completo el último rescoldo de culpa que arrastraba desde el día de la traición.
Tras intercambiar un par de bromas y prometerse tomar un café con más calma, Víctor volvió a ponerse el casco, arrancó el motor de la Magna y se despidió con la mano, sintiendo que el camino, por fin, volvía a pertenecerle.