El peso del papel cuché y el eco en la trinchera
El domingo de resaca tras una semana de infarto amaneció plomizo sobre Asturias, con un orbayu fino que empañaba los cristales de los quioscos y bajaba perezoso por las aceras de Lugones.
En la barra del Jala, todavía con el olor a cerveza seca y el trajín de la noche anterior flotando en el ambiente, Luisma desplegó el ejemplar de La Nueva España que acababa de comprar en la esquina.
Al abrir las páginas centrales, un reportaje a doble página acaparó de inmediato toda la atención de la sección de cultura y espectáculos.
Titulares contundentes en negrita anunciaban lo que ya era vox populi en toda la región: Mortaja regresaba a casa convertida en la gran referencia estatal del metal extremo.
Las fotografías mostraban a la banda en plena forma: Aitor y Sevi con las guitarras al hombro, Nacho con su eterna cresta desafiante riendo a carcajadas, y en el centro, imponente y con la mirada seria pero limpia, Víctor sujeto al mástil de su bajo.
El artículo desgranaba su gira europea junto a los gigantes americanos del thrash y revelaba un detalle que había revolucionado la escena musical del norte: gracias a la insistencia y al peso de Mortaja, la banda internacional había descartado Madrid y Barcelona para su única fecha en España, eligiendo Asturias y, concretamente, Oviedo, como el epicentro del metal del año.
—Jefa, tienes que ver esto —dijo Luisma, doblando el periódico por la mitad y empujándolo por la barra hacia donde estaba Elena, sin darse cuenta todavía de que Laura andaba cerca, trasteando con la cafetera.
Elena, que estaba colocando los botellines en la cámara frigorífica, miró de reojo hacia la barra al ver la cara con la que Luisma leía el reportaje.
Sabía lo que ponía ahí, o al menos lo intuía.
Con paso cauto, se acercó y dejó el periódico desplegado justo delante de Laura, que terminaba de limpiar los posos de café de la cafetera.
—Mira esto antes de que te enteres por otro lado —le dijo, en voz baja, apoyando un dedo sobre el titular.
Laura se quedó helada. Sus ojos recorrieron despacio cada línea del artículo, deteniéndose en las fotografías.
No había rastro del hombre errático y autodestructivo que había visto en las revistas del corazón meses atrás; en su lugar, la estampa de Víctor respiraba una sobriedad pétrea, un magnetismo oscuro y una profesionalidad que ella no había llegado a verle en persona.
Apartó el trapo de las manos y se quedó con los dedos apoyados sobre el papel impreso, sintiendo el frío de la tinta bajo las palmas.
Ya no sentía la punzada acre del rencor, ni la rabia ciega que la había asfixiado el día de la traición.
Mientras contemplaba la fotografía de Víctor, un calor sordo y melancólico le recorrió el pecho.
Recordó el peso silencioso del sobre de dinero con el que le había salvado el negocio y la casa de sus padres, la furia justa con la que había expulsado a Iván de la banda aquella misma noche, y la forma en que él, pese al dolor y a los portazos en las narices, había mantenido su lealtad desde el otro lado del mundo.
—Oviedo —murmuró Laura, casi para sí misma, sin apartar los dedos del papel—. Va a tocar en Oviedo.
Luisma y Elena cruzaron una mirada rápida por encima de su cabeza, la misma mirada cómplice que llevaban intercambiando desde el día del sobre.
—Va a tocar aquí al lado, jefa —dijo Luisma, con cuidado de no sonar demasiado esperanzado—. En el Tartiere. Delante de toda Asturias.
Un suspiro profundo, cargado de una añoranza tierna y desgarradora, escapó de los labios de Laura.
Pensó en todo lo que se habían arrebatado mutuamente por culpa del orgullo y de las mentiras de un miserable, en las madrugadas de la cafetera y en el pote de El Carbayu, en lo fácil que había sido para ella cerrar una puerta y lo difícil que estaba siendo, meses después, admitir que se había equivocado al hacerlo.
Con una suavidad infinita, posó la yema de los dedos sobre la fotografía de Víctor en el periódico, recordándolo con un afecto puro y limpio, consciente de que, aunque los caminos de ambos hubieran corrido por orillas distintas durante todo ese tiempo, el eco de lo que un día fueron seguía latiendo con la fuerza indestructible de las grandes canciones.
—Se acaban las entradas en cuanto las pongan a la venta —dijo Elena, ya con el móvil en la mano, buscando la fecha exacta del concierto—. Si vamos a ir, hay que moverse rápido.
Laura no contestó enseguida. Se quedó un momento más con la mano sobre el papel, como si necesitara ese último instante de duda antes de decir en voz alta lo que ya había decidido la noche anterior.
—Vamos a ir —dijo al fin, doblando el periódico con cuidado, casi con reverencia, y guardándoselo bajo el brazo—. Y esta vez no me voy a quedar en la puerta.
Luisma soltó una risa corta, más de alivio que de alegría, y le dio una palmada suave en la espalda antes de volver a la sala a preparar las mesas.
Elena, en cambio, se quedó un momento más junto a Laura, mirándola con una mezcla de orgullo y de algo parecido al miedo, consciente de que aquella decisión, tan sencilla en apariencia, llevaba detrás meses de silencio y de culpa que no iban a desaparecer solo porque hubiera un concierto en el calendario.
—¿Y si no quiere verte? —le preguntó, con la voz baja, no por crueldad sino porque alguien tenía que decirlo en voz alta antes de que se hicieran demasiadas ilusiones.
Laura tardó un momento en contestar. Miró otra vez la fotografía del periódico, la cara seria de Víctor sobre el escenario, y pensó en la última vez que lo había visto de cerca, con la cadena todavía imaginaria alrededor de su propio pecho.
—Entonces al menos lo habré intentado —dijo, con una calma que a ella misma la sorprendió—. Ya me pasé meses eligiendo no intentarlo. No pienso volver a hacerlo.