Las deudas del alma y la verdad tardía
El silencio que dejó Luisma tras sus palabras pesaba como una losa sobre la barra del Jala.
Laura seguía inmóvil, con los nudillos apoyados en la madera y la respiración contenida, intentando digerir el tamaño de su propio error.
Pero antes de que pudiera articular una sola palabra para procesar la revelación sobre la expulsión de Iván, Elena apareció por el extremo de la barra con una bandeja vacía en la mano.
Al ver la cara desencajada de su jefa y la expresión seria de Luisma, Elena dejó la bandeja a un lado, suspiró hondo y decidió que ya no tenía sentido seguir guardando un secreto que se le caía de las manos.
—Hay algo más que deberías saber, Laura —dijo, acercándose al mostrador y cruzándose de brazos—. No iba a decir nada porque conozco tu orgullo, pero ya está bien de vivir a base de mentiras a medias.
Laura levantó la vista despacio, mirándola con los ojos anegados en un desconcierto absoluto.
—¿De qué hablas, Elena?
—¿Te acuerdas de aquel sobre con dinero que nos mandó Don Francisco en el momento más crítico, justo cuando estábamos con el agua al cuello y los proveedores amenazaban con embargarnos?
—continuó Elena, clavando los ojos en los de su amiga—.
Aquel dinero no cayó del cielo, Laura. Y Don Francisco no ganó la lotería.
El corazón de Laura dio un vuelco sordo en el pecho. Sintió un frío repentino en la nuca mientras las piezas terminaban de encajar de la manera más dolorosa posible.
—Fue Víctor —susurró, más como una afirmación obligada que como una pregunta—. Fue él.
—Sí, fue él —asintió Elena, sin vacilar—.
En cuanto cobró el primer adelanto gordo de la discográfica, cogió la mayor parte y se la mandó al viejo mecánico con la única condición de que jamás se supiera que venía de su parte.
Lo hizo para rescatar este bar, para salvarte el cuello, sabiendo de sobra que tú jamás habrías aceptado un céntimo suyo por puro orgullo.
Y lo hizo desde la distancia, cargando con la culpa de algo que ni siquiera había hecho, sin pedir nada a cambio y sin buscar una sola medalla.
—¿Y tú lo sabías? —preguntó Laura, con un hilo de voz que ya no sonaba a reproche, solo a cansancio—. ¿Desde cuándo?
Elena bajó la vista un momento antes de contestar.
—Desde el día que llegó el sobre. No até cabos del todo hasta unas semanas después, pero en el fondo lo supe casi enseguida.
No te lo dije porque no sabía cómo hacerlo sin que sonara a que tenías que perdonarle algo, y no era mi sitio decidir eso por ti.
Ya sé que debí contártelo hace meses. Lo siento.
Las palabras cayeron como un martillo sobre cristal templado.
Todo el entramado de defensa que Laura había levantado alrededor de su corazón durante aquellos meses de soledad, ruina y desprecio se derrumbó de golpe.
No quedó rastro de la coraza. Se vio a sí misma cerrándole la puerta, echándolo a empujones, despreciando su nombre mientras él, en silencio y desde el otro extremo del país, se jugaba la vida en los escenarios y destinaba cada euro de su éxito a asegurarse de que ella no cayera en el abismo.
Una lágrima solitaria, caliente y pesada, rompió el dique de sus ojos y resbaló por la mejilla sin que hiciera el menor intento de limpiarla. Luisma, a su lado, no dijo nada; se limitó a apoyar una mano en su hombro.
Comprendió entonces la magnitud de su injusticia.
Lo había juzgado con la misma vara con la que midió al miserable de Iván, confundiendo al hombre que la había querido y salvado con el monstruo que había intentado destruirla.
Las manos le temblaban ligeramente sobre la barra, y un nudo asfixiante en la garganta le impedía respirar.
El éxito del Jala, el neón brillante de la entrada y la seguridad recuperada ya no sabían a triunfo; sabían al peso insoportable de una deuda de amor y lealtad que, por mucho que pasaran los años, jamás iba a poder devolverle.
—Tengo que hablar con él —dijo al fin, con la voz todavía rota, pero ya con algo parecido a una decisión detrás—. Tengo que decírselo yo misma.
Elena y Luisma se miraron un segundo, sin decir nada, como si llevaran meses esperando a que Laura dijera exactamente esa frase.
—Está de gira por media Europa, jefa —dijo Luisma, con cuidado, como quien no quiere apagar algo que acaba de encenderse—. No es tan sencillo como cruzar el pasillo.
—Ya lo sé —contestó Laura, secándose por fin la lágrima con el dorso de la mano, recobrando algo de su firmeza habitual, aunque todavía le temblara la voz—.
Pero no pienso quedarme aquí esperando a que a él se le ocurra volver a intentarlo.
Ya perdimos bastante tiempo los dos por no decir lo que había que decir a la cara.
Elena esbozó una sonrisa pequeña, la primera desde que había empezado a hablar del sobre.
—Esa es la Laura que echaba de menos —dijo, apretándole el hombro—. Vamos a mirar dónde tocan esta semana. Y si hace falta, cerramos el bar un fin de semana. Ya nos las apañaremos.
—No vamos a cerrar el Jala por esto —replicó Laura, aunque sin ninguna convicción real detrás de la protesta.
—Cerraremos si hace falta —insistió Luisma, cruzándose de brazos con esa terquedad suya que Laura conocía de sobra—. Llevamos meses aguantando el tipo por ti. Nos toca a nosotros empujarte un poco esta vez.
Laura los miró a los dos, con los ojos todavía brillantes, y por primera vez en mucho tiempo sintió que aquel nudo en el pecho no era solo de culpa, sino también de algo parecido a la esperanza.
Se secó la cara con el delantal, cogió el móvil del bolsillo y, con las manos todavía temblorosas, empezó a buscar las fechas de la gira de Mortaja, mientras Luisma y Elena se acercaban a mirar la pantalla por encima de su hombro, como si aquello fuera, de repente, el asunto más importante que había pasado en el Jala en mucho tiempo.