de Barro y Cadenas Los acordes prohibidos y la verdad desenterrada
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Los acordes prohibidos y la verdad desenterrada

El ambiente en el Jala vibraba con la energía eléctrica de un sábado noche en el que las paredes de piedra y madera absorbían las risas, el humo del tabaco y el murmullo constante de la barra.

Tras el mostrador, Laura se movía con la soltura y la precisión de quien ha convertido su refugio en un territorio de absoluta seguridad.

El negocio funcionaba a pleno rendimiento, consolidado como la referencia indiscutible de la escena alternativa en Asturias.

En una de las mesas altas cerca de la entrada, un grupo de clientes habituales comentaba con entusiasmo los carteles colgados por toda la comarca. Uno de ellos, agitando un folleto enrollado, alzó la voz para hacerse oír por encima de la música ambiental.

—¡Oye, Luisma! ¿Sabéis quién viene a tocar a Asturias este mes?

¡Mortaja, tío, en el Carlos Tartiere! —exclamó el cliente con una sonrisa de oreja a oreja, agitando el cartel—.

Entradas agotadas desde hace semanas. ¡Y pensar que son de aquí al lado, de Siero!

Ponnos un tema suyo para celebrarlo, anda, que retumben los altavoces.

El nombre del recinto y de la banda cayó sobre la barra como una piedra pesada en un estanque en calma.

Laura, que estaba secando un vaso con un trapo de hilo, se detuvo en seco.

La mandíbula se le tensó de inmediato y la expresión de serenidad que había mantenido toda la noche se quebró en un gesto de dureza fría y silenciosa.

Dejó el vaso sobre la madera con un golpe seco y, antes de que nadie pudiera poner un disco de la banda de Víctor, se acercó a la mesa con los ojos oscuros fijos en el cliente.

—Aquí no se pone nada de ese grupo —dijo Laura, con la voz cortante, teñida de un resquemor que creía enterrado—. Si queréis escuchar a Mortaja, tendréis que ir a Oviedo o a cualquier otro sitio, pero este bar no va a sonar con su música. Quedáis avisados.

Los clientes, desconcertados ante el cambio de humor tan repentino y la rigidez de la jefa, asimilaron la bofetada verbal en silencio y bajaron la vista hacia sus botellines.

Alguno cambió de tema enseguida, hablando del tiempo o del fútbol, como quien intenta borrar del ambiente lo que acaba de pasar.

Minutos más tarde, cuando la afluencia de pedidos dio un respiro y el bullicio general volvió a cubrir el local, Luisma se acercó despacio a la barra.

Se recostó junto al fregadero, miró a Laura con una mezcla de cautela y afecto, y decidió romper la tensión con la franqueza de quien lleva media vida compartiendo trincheras.

—Oye, jefa... sé que el tema de Víctor escuece, pero te estás perdiendo una parte de la historia que no quieres ver —empezó, en voz baja, midiendo cada palabra—. ¿De verdad crees que él estaba en el ajo con el cabrón de Iván?

Laura lo miró con furia contenida, cruzándose de brazos.

—¿Qué sabrás tú, Luisma? Le vi allí de pie, con él, callado, sin decir una sola palabra mientras el otro me soltaba todas aquellas infamias a la cara.

—Pues sé más de lo que piensas, porque la gente del metal en Siero habla, y Don Francisco me lo soltó hace tiempo sin filtros —replicó Luisma, sin apartar los ojos de ella—.

Iván fue un miserable que intentó hundirte, sí.

Pero la misma noche que pasó aquello en tu bar, Víctor se fue al local de ensayo, le plantó cara a golpes y lo echaron a patadas del grupo.

Desde entonces, ese tarado no ha vuelto a tocar una sola nota con Mortaja.

Víctor no sabía nada de sus pufos. Pagó los platos rotos de un mentiroso y cargó con una culpa que jamás fue suya.

Laura se quedó mirándolo, sin encontrar nada que replicar de inmediato.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes, si lo sabías? —le preguntó al fin, con la voz más baja, casi sin fuerza.

—Porque al principio no me lo creí ni yo —contestó Luisma, encogiéndose de hombros—. Y porque, para cuando até cabos, tú ya no querías ni oír su nombre. No es una excusa, jefa. Pero llevo semanas dándole vueltas a cuándo era el momento de contártelo, y creo que ya no queda ninguno mejor que este.

Las palabras de Luisma cayeron sobre la barra como un peso que llevaba meses esperando para caer.

El mundo alrededor de Laura pareció detenerse un segundo.

El bullicio del pub, las risas y la música se convirtieron en un murmullo lejano mientras el eco de lo que acababa de oír retumbaba en su cabeza.

De golpe, todas las piezas encajaron con una claridad dolorosa.

Recordó la mirada perdida de Víctor aquella noche, el desconcierto mudo de un hombre atrapado en una trampa que no había tejido.

Una punzada de amargura y autocrítica le atravesó el pecho.

Comprendió, con la crudeza del orgullo herido, que había actuado de forma precipitada.

Cegada por la rabia de la traición de Iván, no le había dado una sola oportunidad; se había cerrado en banda, lo había juzgado sin pruebas y lo había echado a empujones sin dejarle mediar palabra, cuando lo único que él merecía era que lo escuchara.

Laura bajó la vista hacia sus propias manos apoyadas en la madera, sintiendo que los muros que tanto le había costado levantar volvían a temblar, no por odio hacia él, sino por el peso silencioso de una culpa que, esta vez, le pertenecía por entero a ella.

Luisma, que la vio quedarse callada más tiempo del habitual, no dijo nada más.

Cogió un trapo y se puso a limpiar la zona del grifo que ya estaba limpia, dándole el espacio que sabía que necesitaba.

Al fondo del local, los mismos clientes que minutos antes habían pedido un tema de Mortaja seguían charlando de fútbol, ajenos por completo a que, detrás de la barra, algo que llevaba meses cerrado a cal y canto acababa de resquebrajarse para siempre.