El asfalto, el thrash y el fantasma de Lugones
La vida de Mortaja en plena gira internacional se medía en kilómetros de asfalto nocturno, olor a café quemado en áreas de servicio a las cuatro de la mañana y el zumbido constante de los motores diésel del autobús de gira.
Para una banda que había empezado tocando en naves industriales polvorientas de Siero, el salto a los festivales europeos y a los grandes recintos junto a los titanes americanos del thrash supuso un cambio geográfico enorme, pero en el fondo, las tripas del autobús seguían oliendo exactamente a lo mismo.
Las jornadas se sucedían con una disciplina férrea que Víctor cumplía a rajatabla como parte de su sobriedad. Las mañanas empezaban tarde, con el bus aparcado en el backstage polvoriento de cualquier ciudad europea. Tras un desayuno rápido a base de paracetamol y café, tocaba la prueba de sonido.
Víctor se subía a las tablas con la mirada limpia y la espalda recta, conectando el bajo con una precisión casi militar.
Sin la niebla del alcohol, sus manos sobre las cuatro cuerdas recuperaban la pegada seca y contundente que había fascinado a los promotores en Celeiro.
Aitor y Sevi repasaban los solos y los tempos con la seriedad de quienes saben que cada noche se juegan el tipo delante de miles de metaleros exigentes.
Pero en cuanto se apagaban los amplificadores y los técnicos desmontaban los bártulos, la cabina trasera del autobús volvía a convertirse en un refugio privado donde los fantasmas de Víctor cobraban fuerza.
Mientras el vehículo devoraba kilómetros hacia la siguiente capital, él se quedaba sentado en su litera, con la mirada perdida en la ventanilla oscura donde solo se reflejaba su propia cara.
Por mucho que la sobriedad le hubiera devuelto el pulso firme y las herramientas para seguir adelante, la imagen de Laura seguía instalada en el fondo de su mente.
Cada acorde lento que punteaba en las pruebas de sonido y cada silencio en la carretera le devolvían el eco de la barra del Jala, preguntándose si en algún rincón de Asturias ella alguna vez llegaría a perdonar al hombre en el que se había convertido.
Alguna noche, cuando el resto ya dormía, sacaba del bolsillo interior de la chupa la tarjeta arrugada de aquel road manager que les había ofrecido grabar el primer disco, la misma que había guardado en Celeiro sin enseñársela a nadie.
Ya no significaba nada, el trato llevaba años cerrado, pero la conservaba como quien guarda una entrada vieja de un concierto importante: un recordatorio de que en algún momento había tenido que elegir entre la música y Lugones, y de que, aunque hubiera acabado teniendo las dos cosas a medias, seguía sin saber si había elegido bien.
A veces sacaba también el móvil y abría, sin llegar nunca a escribir nada, la última conversación que había tenido con Laura, meses atrás, antes de todo aquello: un intercambio breve sobre una avería del grifo de cerveza que ahora le parecía de otra vida.
Se quedaba mirando la pantalla un rato, con el pulgar suspendido sobre el teclado, y siempre acababa apagándolo sin escribir una sola palabra, convencido de que cualquier cosa que dijera llegaría demasiado tarde o sonaría a excusa.
Fuera de su aislamiento mental, el contraste lo ponía Nacho, que demostraba que, por muchos ceros que hubiera en la cuenta corriente de la discográfica y por muy famoso que fuera su nombre en las revistas especializadas, seguía siendo un punk de barrio incorregible.
De los camerinos ajenos, aprovechando un descuido de los técnicos de las bandas americanas o de los teloneros escandinavos, Nacho siempre lograba sisar algo inverosímil.
Una tarde aparecía con media docena de rollos de cinta americana profesional de marca carísima; a la noche siguiente presumía de haber birlado un juego de baquetas firmadas por el batería del cabeza de cartel —que guardaba como trofeo sagrado entre su ropa sucia— o un surtido interminable de latas de cerveza importada que escondía debajo de su litera como una urraca codiciosa.
—¿Se puede saber para qué quieres tres latas de cerveza que le pillaste a los técnicos suecos? —le recriminaba Sevi desde su asiento, frotándose las sienes con resignación mientras revisaba los setlists.
—¡Hombre, Sevi! ¡Son recuerdos! —respondía Nacho con total desfachatez—. Que tengamos pasta no significa que vayamos a perder las buenas costumbres de robarle chorradas a los ricos. ¿O qué te crees, que voy a pagar por algo que regalan en los camerinos?
—Un día de estos nos van a echar de un festival entero por tu culpa —murmuró Sevi, aunque sin poder evitar una media sonrisa, porque en el fondo sabía que aquellas trapacerías de Nacho eran, a su manera, lo único que seguía sonando a los primeros tiempos de la banda, cuando nadie tenía nada y todo se conseguía a base de morro.
Víctor observaba las payasadas de Nacho con una media sonrisa distante, volviendo enseguida a perderse en sus propios pensamientos.
Aitor, que lo conocía ya lo bastante bien como para distinguir cuándo aquel silencio era solo cansancio y cuándo era otra cosa, se sentaba a veces a su lado sin decir nada, compartiendo los auriculares con él un par de canciones antes de volver a su litera.
El traqueteo del autobús sobre la autopista europea se había convertido en el metrónomo de una condena silenciosa: una línea recta de notas graves y kilómetros recorridos donde el éxito internacional pesaba mucho menos que el recuerdo intacto de una mujer a la que había amado y perdido en las calles de Lugones.
Una madrugada, en algún punto entre Alemania y Bélgica, Víctor se despertó con el bus parado en un área de servicio y salió a estirar las piernas bajo una llovizna fina que le recordó, sin que él lo buscara, a la de Lugones.
Se quedó un rato apoyado contra el lateral del autobús, mirando las luces de neón de la gasolinera reflejadas en el asfalto mojado, y por primera vez en semanas se permitió pensar, sin apartar la idea de inmediato, en qué pasaría si al terminar aquella gira volvía a plantarse delante de la puerta del Jala.
No llegó a ninguna conclusión. Cuando Aitor salió a buscarlo, medio dormido, preguntándole si pasaba algo, Víctor solo negó con la cabeza y volvió a subir al bus sin decir una palabra más sobre el tema.