de Barro y Cadenas El eco en la distancia y la tregua del tiempo
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El eco en la distancia y la tregua del tiempo

El cartel de neón del Jala, restaurado y brillando con una intensidad que hacía meses no se recordaba en la travesía de Lugones, proyectaba un reflejo ámbar sobre la acera mojada.

Era una noche de viernes de finales de otoño, y el local rebosaba una energía eléctrica y compacta; las risas, el tintineo de los tercios y los acordes acelerados de rock flotaban en el aire denso de la sala.

Detrás de la barra, Laura se movía con una soltura felina, cambiando barriles y cobrando con la precisión de quien domina su propio territorio.

Ya no quedaban rastros de la sombra ni de la fatiga crónica que la habían asfixiado durante tanto tiempo.

El bar era de nuevo un referente consolidado, un refugio donde el pasado parecía haber cumplido su condena y haber quedado por fin fuera de juego.

Elena y Luisma atendían las mesas con la agilidad de los grandes días, contagiados por el pulso firme y luminoso que su jefa había recuperado.

Luisma, entre bandeja y bandeja, se paró un momento junto a la barra para cambiar un barril y aprovechó para señalar con la barbilla el recorte de periódico que llevaba meses colgado en la pared del fondo.

—¿Has visto que salen en una revista nueva? —le dijo a Laura, sin mucha intención, mientras conectaba el grifo—. Parece que la gira europea les está yendo de maravilla.

—Algo he visto —contestó ella, sin levantar mucho la vista de la caja registradora, con un tono que no invitaba a seguir por ahí.

Luisma captó el mensaje y no insistió. Volvió a la sala con la bandeja cargada, dejando a Laura de nuevo a solas con el ruido de fondo del local.

Víctor seguía a cientos de kilómetros, recorriendo los escenarios de media Europa, inmerso en la gira internacional junto a la banda americana, con la sobriedad recuperada y los dedos firmes sobre las cuatro cuerdas del bajo.

Las distancias entre ambos se habían convertido en un territorio que parecía definitivo, una línea que ninguno de los dos parecía dispuesto a cruzar.

Al quedarse sola un instante frente al brillo de los botellines, la mirada de Laura se ensimismó, perdiéndose en el reflejo de la madera.

Ya no quedaba rastro del rencor espeso ni de la furia ciega que la habían consumido el día de aquella trampa.

Con la distancia que dan los meses y la paz recuperada, los recuerdos de Víctor le devolvían una calidez extraña y silenciosa: las tardes en la moto recorriendo El Carbayu, las piezas metálicas que le dejaba en el taller de Don Francisco, la paciencia infinita con la que había ido derribando sus muros, uno a uno, sin prisa.

Se acordó también de la última vez que lo había visto de cerca, antes de todo aquello, ajustando el puente de la cafetera con la misma seriedad con la que hubiera arreglado el motor de una moto de carreras.

Le costaba, a esas alturas, sostener a la vez esa imagen y la de Iván señalándolo entre gritos en mitad del bar.

Las dos convivían en su cabeza sin terminar de encajar del todo, como dos fotos de personas distintas que por algún error hubieran acabado en el mismo álbum.

A veces, cuando el bar se quedaba casi vacío y solo faltaba fregar los últimos vasos, se sorprendía a sí misma reconstruyendo aquella noche del concierto entero, buscando el momento exacto en el que todo se había torcido, como si repasarlo una vez más pudiera cambiar algo.

Nunca encontraba nada distinto. Siempre llegaba al mismo punto: la cara de Víctor en blanco, sin una negativa clara, y ella decidiendo, en ese silencio, que aquel silencio ya era toda la respuesta que necesitaba.

Por su mente cruzó, por primera vez sin la bofetada del orgullo de por medio, una punzada de amarga claridad: tal vez se había equivocado.

Quizás, cegada por el odio y el dolor que le había provocado el miserable de Iván, no debió echarlo a empujones ni cerrarle la puerta en las narices sin dejarle mediar palabra.

A lo mejor, en aquel instante de vértigo, sí tendría que haberle dejado explicarse.

Pensó en Luisma y en Elena aquella mañana, plantados en la puerta cerrándole el paso a Víctor sin que ella se lo hubiera pedido en esos términos, y en cómo ella misma, semanas después, nunca les había preguntado qué le había dicho él exactamente, ni si había vuelto a intentarlo.

Quizás no había querido saberlo. Quizás era más fácil quedarse con la versión de los hechos que dolía menos.

Laura parpadeó despacio, sacudiendo los pensamientos con un suspiro quedo, y volvió a pasar el paño limpio por la barra con serenidad.

El pasado ya no dolía como una herida abierta; el eco de lo que pudo ser se fundía ahora con la madurez de un presente que por fin le pertenecía, sabiendo que, aunque los caminos se hubieran roto, el afecto verdadero parecía haber sobrevivido de alguna forma bajo las cenizas, aunque ella todavía no supiera muy bien qué hacer con eso.

Elena volvió a pasar por delante de la barra cargando una bandeja vacía y se paró un segundo al ver la cara de Laura, esa expresión a medio camino entre la calma y la duda que llevaba semanas notándole de vez en cuando.

—¿Todo bien, jefa? —le preguntó, apoyando la bandeja en el mostrador.

—Todo bien —contestó Laura, recomponiendo el gesto con la rapidez de quien lleva meses practicándolo—. Cosas mías.

Elena no insistió, pero tampoco se fue enseguida.

Se quedó un momento a su lado, mirando el mismo trozo de barra que Laura llevaba un rato mirando, como si con eso pudiera acompañarla en lo que fuera que estuviera pensando sin necesidad de preguntárselo directamente.

Después, sin decir nada más, cogió la bandeja y volvió a la sala.

Fuera, el cartel de neón siguió parpadeando sobre la acera mojada, y dentro, el Jala siguió lleno hasta la madrugada, ajeno a que su dueña, en algún rincón de la cabeza, ya no tenía tan claro que aquella distancia fuera a durar para siempre.