La sobriedad de las cuerdas y el pulso del Jala
Tras meses de aislamiento, terapia intensiva y un trabajo interior tan duro como el acero forjado, Víctor cruzó las puertas de la clínica de desintoxicación con el paso firme y la mirada limpia.
No había olvidado a Laura —las cicatrices del pasado seguían latiendo en su memoria—, pero por fin tenía las herramientas para sostenerlas sin muletas químicas, para sostener su propia vida y para devolverle el pulso a la banda.
A la salida, aparcados junto al bordillo, lo esperaban Aitor, Sevi y Nacho.
En lugar de la habitual botella de bourbon o las rondas de bienvenida en un bar de carretera, Sevi le tendió una lata fría de Coca-Cola con una sonrisa franca y cómplice.
Aquel gesto, tan pequeño, selló un pacto tácito que nadie necesitó poner en palabras: para Mortaja, el alcohol se había acabado para siempre.
—Bienvenido de vuelta, pequeñín —le dijo Aitor, dándole un abrazo que casi lo levanta del suelo—. Te hemos guardado el sitio en la furgoneta y en el grupo. Lo demás ya lo iremos viendo.
Lo demás, sin embargo, no fue tan rápido como a Víctor le hubiera gustado.
El sello, escaldado tras el numerito de Valencia, se lo dejó claro sin rodeos: nada de gira grande hasta que Mortaja demostrara que podía sostenerse en pie, en sentido literal.
Así que la vuelta empezó pequeña, casi humilde: salas de doscientas personas en Asturias y Cantabria, algún bolo de fin de semana en Galicia, ensayos cada tarde en una nave de la Sierra madrileña propiedad de la companía para recuperar una compenetración que los meses duros habían dejado oxidada.
Despojado de la bruma del alcohol y del doom asfixiante de su etapa más rota, Víctor volvió a componer con la velocidad y la contundencia del mejor thrash metal.
Sus líneas de bajo vibraban con una precisión casi quirúrgica, afiladas y demoledoras, perfectamente acopladas a la pegada implacable de Nacho y a los riffs abrasadores de Aitor y Sevi.
Pero cada avance costaba su tiempo: un concierto flojo de público en Ponferrada les recordó que la confianza del sello, y la del público, había que reconstruirla concierto a concierto, no de golpe.
—Como para celebrarlo con algo que no sea esto —le dijo Nacho una tarde, señalando la lata que Víctor seguía llevando siempre encima, casi como un amuleto—, tenemos temas nuevos que enseñarte. Llevamos semanas dándole vueltas a un par de riffs. Solo nos faltaba tu bajo.
Grabaron el segundo álbum casi un año después de la salida de la clínica, con un presupuesto ajustado y muchas más horas de ensayo que de estudio.
Cuando salió, no hubo explosión inmediata: fue creciendo despacio, de boca a oreja y de playlist en playlist, hasta que las salas medianas empezaron a colgar el cartel de aforo completo y el sello, ahora sí, se animó a mover una gira nacional en condiciones.
Fue en mitad de esa gira, casi un año y medio después de la clínica, cuando llegó la llamada que nadie esperaba: el promotor de un festival europeo, el mismo que años atrás había pasado por Celeiro fijándose en bandas nuevas, se acordaba de Mortaja y les ofrecía un hueco pequeño en un cartel internacional, muy lejos todavía de los focos grandes, pero un pie fuera de España al fin y al cabo.
Aceptaron sin pensarlo, aunque el hueco fuera a media tarde y en el escenario más pequeño del recinto.
Tocaron bien. No perfecto, pero con esa honestidad ruda que ya los había distinguido en Celeiro.
Alguien grabó un fragmento del concierto y lo subió a internet; el vídeo corrió más de lo esperado, y entre los que lo vieron estaba el mánager de una de las bandas de thrash metal americanas más grandes del circuito, buscando teloneros para una gira europea.
La oferta llegó meses después, cuando Mortaja ya llevaba casi dos años de trabajo constante a sus espaldas: una tanda de conciertos en salas medianas de varias capitales europeas, con la promesa de crecer si la cosa funcionaba.
Funcionó. Sala a sala, ciudad a ciudad, el nombre de Mortaja fue calando entre un público que al principio solo había ido a ver al cabeza de cartel.
Para cuando llegaron los últimos conciertos de esa gira, ya en pabellones más grandes, Víctor tocaba con la misma cadena de hierro oxidado que se había echado al hombro en Celeiro, convertida ya en una firma de la banda más que en una improvisación de emergencia.
Entre bambalinas, antes de uno de esos últimos conciertos, Sevi se acercó a Víctor y le puso la misma mano en el hombro que tantas veces le había puesto antes, en momentos muy distintos.
—¿Te acuerdas de Celeiro? —le preguntó, con media sonrisa—. De la cadena, de Nacho con sus baquetas de repuesto en el salpicadero. De lo lejos que nos parecía todo esto entonces.
—Me acuerdo de todo —contestó Víctor, ajustándose la correa nueva del bajo, esta vez de cuero de verdad—. De cada paso.
A cientos de kilómetros de los escenarios europeos, en el corazón de Lugones, la transformación del Jala había seguido su propio ritmo, más lento pero igual de firme.
Laura, casi del todo recuperada de las heridas del pasado, se movía tras la barra con la seguridad de quien ha vencido a sus propios fantasmas.
El pub había tardado meses en levantar cabeza del todo, pero ahora funcionaba de nuevo a toda máquina: los viernes y sábados colgaba con frecuencia el cartel de aforo completo, atrayendo no solo a los parroquianos de siempre, sino a gente de toda la región que veía en el local un referente de la escena alternativa asturiana.
Las cuentas cuadraban, los apliques ámbar proyectaban una luz cálida sobre la madera, y el pulso del bar, sostenido por la lealtad de Luisma y Elena, volvía a ser el centro alrededor del que giraba la noche.
Luisma, sin que nadie se lo pidiera, había ido colgando en la pared del fondo un par de recortes de prensa musical con fotos de Mortaja, primero de Celeiro, luego de las salas medianas de la gira nacional.
Nadie le dijo que los quitara. Se quedaron ahí, junto a los carteles viejos de conciertos que ya nadie recordaba, como un recordatorio silencioso de que algunas historias, aunque estuvieran paradas, no habían terminado del todo.