de Barro y Cadenas La caída bajo los focos y el pulso de Lugones
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La caída bajo los focos y el pulso de Lugones

El punto de inflexión llegó en una calurosa noche de primavera en Valencia. La sala principal estaba abarrotada hasta la bandera, y los amplificadores escupían decibelios con una potencia ensordecedora. Pero sobre el escenario, el engranaje de Mortaja cojeaba de la forma más dolorosa posible.

Víctor llevaba arrastrándose desde el primer tema.

Con la botella de bourbon medio vacía olvidada detrás de los amplificadores y la mirada completamente vidriosa, los dedos le patinaban sobre el mástil del bajo, incapaces de seguir el compás afilado de Aitor y Sevi.

En mitad del tercer acorde de la canción principal, intentó dar un paso hacia el centro de las tablas, pero las piernas le fallaron por completo.

Las rodillas se le doblaron con estrépito contra el suelo de madera, y el bajo cayó a su lado con un eco sordo y metálico que resonó por encima de la música.

El público se quedó en silencio un segundo, confundido ante el espectáculo.

Alguien gritó su nombre desde las primeras filas, sin saber muy bien si era parte del show o si algo iba de verdad mal.

Sin perder un instante, Aitor dejó de tocar de golpe, mientras Sevi se acercaba a zancadas largas.

Entre los dos lo levantaron en volandas, medio a rastras, y lo sacaron de escena cruzando la cortina de los camerinos ante la mirada atónita de los técnicos.

Nacho se quedó un momento solo en el escenario, con las baquetas todavía en la mano, sin saber si seguir tocando o parar también él. Al final dejó caer los palillos sobre el charles y siguió a los demás hacia dentro, dejando el escenario a oscuras y al público murmurando entre sí.

Tras una larga y tensa madrugada en el backstage, con los promotores vociferando y la gira entera tambaleándose, la decisión fue unánime.

No cabían más avisos ni segundas oportunidades.

Sevi, con la mandíbula apretada y la furia contenida por la impotencia, fletó un coche directo a una clínica de desintoxicación en las afueras de Madrid, dispuesto a obligar a Víctor a parar antes de que el alcohol terminara de matarlo del todo.

Víctor apenas opuso resistencia. Iba en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada contra el cristal frío de la ventanilla, viendo pasar los campos secos de Castilla sin decir una palabra en todo el trayecto.

En algún momento de la noche, cuando ya casi habían llegado, murmuró algo que Sevi apenas alcanzó a oír: que lo sentía, que no sabía cómo había llegado hasta ahí.

Sevi no contestó. Se limitó a apretar el volante un poco más fuerte y a seguir conduciendo hasta que las luces de la clínica aparecieron al final de la carretera.

En la puerta, antes de que una enfermera se lo llevara para el ingreso, Sevi le puso una mano en el hombro, el mismo gesto que había usado meses atrás para frenarlo delante de Iván.

—Cuando salgas de aquí, la banda sigue en pie —le dijo, sin ninguna solemnidad, como quien constata un hecho—. Pero vas a salir por tu propio pie, no por el mío ni por el de Aitor. Esto lo tienes que querer tú.

Víctor asintió, sin fuerzas para decir nada más, y dejó que las puertas de la clínica se cerraran detrás de él. Sevi se quedó un rato en el aparcamiento, fumando un cigarro que no solía fumar, antes de volver al coche y llamar a Aitor para contarle que ya estaba dentro.

Las semanas siguientes, la gira se pospuso sin fecha fija.

Aitor y Sevi volvieron a Asturias, cargando con el peso de unos conciertos cancelados y con la incertidumbre de si Víctor volvería a subirse a un escenario alguna vez.

Nacho, por su parte, aprovechó el parón para volver un tiempo a su antro okupa de Gijón, aunque llamaba cada pocos días preguntando por él con una preocupación que nadie le hubiera adivinado la primera vez que lo vieron con el vaso de plástico en la mano.

A cientos de kilómetros de allí, en el corazón de Lugones, la vida en el Jala intentaba recuperar un pulso constante.

Aquella misma tarde, tras terminar de limpiar la barra, Luisma y Elena se sentaron en las mesas delanteras junto a Laura, que hojeaba distraída los albaranes de la semana con la mirada perdida en el vacío.

Sabían de sobra que el fantasma de Víctor y el eco de las revistas del corazón seguían pesando como una losa invisible sobre el ánimo de su amiga.

—Escúchame bien, Laura —le dijo Elena, con voz firme pero cálida, apoyando una mano sobre el dorso de la suya—.

Las deudas están saldadas, el local vuelve a tener vida y la gente aprecia este sitio tanto como nosotros.

No puedes dejar que lo de fuera te arrastre otra vez al fondo del pozo. Tienes que tirar hacia adelante.

Luisma asintió con una sonrisa bonachona, rellenando su vaso con un poco de agua.

—Elena tiene razón, jefa. Aquí estamos nosotros para aguantar el tipo, y el Jala sin ti con una sonrisa no es más que cuatro paredes pintadas de negro. Ya es hora de levantar la persiana de verdad.

Laura los miró a los dos un buen rato, sin decir nada, sintiendo la lealtad que desprendían sus palabras.

Pensó en las semanas que Luisma llevaba arreglando averías sin cobrarlas del todo, en las madrugadas que Elena se había quedado sentada a su lado sin pedir nada a cambio, solo para que no estuviera sola.

Durante un largo instante, el nudo que llevaba meses oprimiéndole el pecho pareció aflojarse un poco.

Por primera vez en mucho tiempo, una exhalación profunda le escapó de los labios y, rompiendo la muralla de hielo que se había impuesto, una sonrisa genuina —tímida, frágil, pero luminosa— asomó por fin en su rostro.

Luisma se la quedó mirando un segundo de más, como si no se creyera lo que estaba viendo, y luego levantó su vaso de agua en un brindis improvisado que hizo reír a Elena y, por fin, también a Laura.