El eco en la sierra y la distancia del éxito
El estudio de grabación estaba en las estribaciones de la sierra madrileña, una cabaña de piedra y madera vieja rodeada de un pinar espeso y una soledad que cortaba la respiración.
Allí, durante semanas, Mortaja intentó darle forma al contrato discográfico.
Pero las sesiones pronto se convirtieron en un ejercicio de desgaste.
Por las noches, el alcohol corría sin control en la cabaña donde se alojaban, entre cables y amplificadores apagados.
Víctor bebía de más, con la esperanza ciega de emborrachar el recuerdo de Laura, de apagar la espina que se le clavaba en el pecho cada vez que caía la noche.
Pero el alcohol solo conseguía espesar su propia losa oscura.
Incapaz de concentrarse, bloqueado por el dolor y la culpa, no lograba componer ni un solo tema válido para el disco nuevo.
Una madrugada, el técnico de sonido lo encontró dormido sobre el teclado de la mesa de mezclas, con el bajo todavía colgado del cuello y una botella medio vacía a los pies del amplificador.
No dijo nada. Se limitó a apagar las luces del estudio y a dejarlo dormir ahí, entre cables, hasta que el sol entró por las rendijas de la cabaña.
Al final, apremiados por los plazos del sello, la discográfica optó por lo seguro y grabaron los temas crudos y viscerales de la maqueta original, los mismos que Nacho había aprendido en la furgoneta camino de Celeiro.
El disco salió a la calle y, contra todo pronóstico, se convirtió en un éxito rotundo dentro de la escena independiente.
La banda arrancó una gira nacional que los llevó a recorrer salas de todo el país, cosechando triunfos y llenando de gente cada sitio donde tocaban.
En las furgonetas y en los camerinos, el ritmo de vida se desbocó: Nacho y Víctor bebían hasta la extenuación.
A Nacho el alcohol apenas parecía rozarle el pulso; se subía al escenario igual de entero que se bajaba.
Pero a Víctor cada vaso de bourbon le pesaba como plomo, hundiéndolo cada vez más en su propio silencio.
Sevi fue el primero en darse cuenta de que aquello ya no era solo cansancio de gira.
Una noche, después de un concierto en Bilbao, lo encontró sentado en el suelo del camerino, con la espalda apoyada en la pared y una botella entre las piernas, mirando al vacío.
No le dijo nada esa vez. Solo se sentó a su lado un rato, en silencio, hasta que Víctor se quedó dormido.
Con el éxito ya consolidado tras los primeros meses de gira, la discográfica puso sobre la mesa un contrato en exclusiva con un adelanto económico considerable.
Todos firmaron casi al instante, contagiados por la inercia del triunfo.
Víctor, en cambio, tardó días en estampar su firma, mirando el papel con desdén, hasta que Sevi tuvo que sentarse con él, convencerlo de que era la única salida y recordarle que el dinero, al menos, servía para algo real.
En cuanto cobró el primer anticipo del contrato, Víctor no quiso ver un solo céntimo para caprichos.
Metió la mayor parte del dinero en un sobre y se lo mandó discretamente a Don Francisco, al taller de Siero, pidiéndole que se lo hiciera llegar a Elena para saldar de una vez por todas las deudas del Jala, bajo la condición estricta de que jamás se revelara de dónde venía.
Elena recibió el sobre de manos de Don Francisco un martes por la mañana, mientras Laura estaba arriba, todavía sin bajar a abrir.
El viejo mecánico no dijo gran cosa; se limitó a dejarlo sobre la barra y a decir que era "de parte de un amigo", antes de marcharse casi sin despedirse.
A Elena no le hizo falta pensarlo mucho para atar cabos: nadie más tenía motivos, ni dinero, ni ese cuidado por no dejar rastro.
Se quedó un buen rato con el sobre en las manos, dudando, y al final decidió guardar silencio y no decirle nada a Laura.
Sabía de sobra que el orgullo de su amiga jamás lo habría aceptado si hubiera sabido de dónde salía.
Aun así, el efecto se notó enseguida en Lugones.
Con los acreedores pagados y las cuentas saneadas, el Jala empezó a sacudirse la cripta de encima.
El local recuperó algo de luz en los apliques ámbar, la música gótica funeraria dio paso a ritmos algo más animados, y los clientes de siempre, atraídos por el viejo calor del refugio, volvieron poco a poco a ocupar las mesas.
Para Laura, sin embargo, el mundo de fuera solo le llegaba ya a través del papel couché y de las pantallas de los móviles.
Pronto empezó a ver a Víctor en las revistas musicales y en la prensa rosa: fotografías de la banda en reportajes de estudio, instantáneas de Víctor flanqueado por cantantes y modelos en fiestas de la capital, jóvenes influencers buscando su cuota de fama arrimándose al éxito del bajista.
A eso le siguieron las imágenes más tristes: Víctor saliendo de locales nocturnos completamente borracho, con la mirada perdida bajo la capucha de la cazadora, forcejeando con algún paparazzi impertinente en plena acera de Madrid.
Elena las veía llegar al móvil de Laura, una tras otra, y no sabía si esconderlas o dejar que las viera, así que casi siempre optaba por quedarse callada y observar cómo la cara de su amiga se cerraba un poco más cada vez.
Cada vez que veía una de esas fotos sobre la barra del pub, Laura no sentía ya ni una pizca de la rabia que la había consumido el día de la traición.
Lo único que le quedaba en el pecho, al ver a aquel hombre enorme convertido en una sombra rota por el alcohol y la fama artificial, era una lástima profunda y desgarradora, mucho más difícil de sobrellevar que el propio odio.
Alguna noche, ya cerrado el bar, se quedaba mirando esas fotos más tiempo del que hubiera querido admitir, buscando en los ojos de Víctor algo del hombre que le arreglaba la cafetera sin que se lo pidiera, algo que ya no encontraba entre el flash de las cámaras y la mirada perdida.
Después apagaba el móvil, se servía el último café de la noche y subía a su piso sin decirle a nadie en qué había estado pensando.