de Barro y Cadenas Cadenas en Celeiro
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Cadenas en Celeiro

El recinto del Resurrection Fest en Celeiro hervía con la energía de miles de personas entregadas al ruido, los puestos de merchandising y el trasiego constante de bandas y técnicos entre los escenarios.

Mientras Aitor y Sevi se dejaban llevar por el ambiente, riendo, charlando con otros músicos y posando para fotos con una euforia que no podían disimular, Nacho seguía sentado sobre un flight case a la sombra de los camerinos, repiqueteando sin parar con un par de baquetas sobre una caja de cervezas vacías, afianzando los tempos de la maqueta que llevaba metida en la cabeza.

A pocos metros, apartado del bullicio, Víctor seguía sentado en un banco de madera, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas cubriéndole la cara.

El peso de la sombra de Laura y de la traición de Iván lo aplastaba como una losa invisible, nublándole toda la ilusión de tocar en uno de los festivales más grandes del país.

Sevi se acercó despacio, se paró delante de él y le dio un toque firme en el hombro.

—Eh, ve quitándote esa cara de funeral, colega —le dijo, con una sonrisa franca—.

Sé que estás jodido por lo de Lugones, pero mira dónde estamos.

Deja las penas guardadas en el bolsillo un par de horas.

Vuelve al thrash de Mortaja, suelta toda la rabia que llevas dentro a través de las cuatro cuerdas y revienta este escenario. Nos lo merecemos.

Víctor levantó la vista despacio, miró el entusiasmo en los ojos de sus compañeros y, soltando un suspiro que parecía quitarle años de encima, asintió con la cabeza. Se puso en pie y fue a trompicones hacia la zona de bártulos para prepararse.

Pero justo cuando se colgaba el bajo al hombro para enfilar la rampa de acceso al escenario secundario, la vieja correa de cuero cedió con un chasquido seco y se rompió en mil pedazos.

Sin tiempo para buscar repuestos entre los camiones, Víctor miró alrededor y vio una pesada cadena de arrastre tirada junto a las cajas de los técnicos de otro grupo de death metal.

Con rapidez casi mecánica, la enredó por los extremos del instrumento y la aseguró a pulso.

—Mira pahí, como el puto Peter Steel —dijo Aitor, sin poder evitar una risa.

Cuando la banda pisó las tablas, el impacto visual fue inmediato.

Ante miles de personas expectantes apareció un gigantón de casi dos metros, con chupa de cuero, mirada sombría y un bajo pesado sujeto con una cadena de hierro oxidado, flanqueado por dos guitarristas eléctricos y, coronando la retaguardia, un batería punk con la cresta a medio caer, descolorida por el sudor.

Abajo, el público empezó a silbar, gritar y abuchear con guasa, preguntando a voces por los franceses que se suponía que tenían que tocar a esa hora.

Nacho sonrió con desfachatez, levantó las baquetas dijo A tomar pol culo y marcó el compás con un golpe seco y sucio sobre la caja.

El thrash potente y afilado de Aitor y Sevi estalló como un latigazo, fundiéndose de inmediato con la pegada caótica de Nacho y el rugido metálico del bajo de Víctor, sostenido por la cadena.

Al principio, las primeras filas se quedaron en silencio, desconcertadas ante aquella mezcla inclasificable de agresividad clásica y energía callejera.

A la segunda canción, el público empezó a asentir y a aplaudir con ritmo.

Y para cuando arrancó el tercer tema, ya se había abierto un pogo descomunal frente al escenario, levantando una nube de polvo y sudor.

Víctor tocaba con los ojos cerrados casi todo el tiempo, dejando que las notas graves salieran solas, cada una con el peso de las últimas semanas.

No miraba al público ni a sus compañeros; miraba hacia dentro, hacia un sitio donde solo estaban él, el bajo y la cadena que le rozaba el pecho a cada golpe de muñeca.

Por primera vez desde la noche del Jala, algo dentro de él dejó de doler durante un rato, aunque solo fueran los cuarenta minutos que duró el concierto.

Tras la descarga final, mientras el público despedía a la banda con una ovación cerrada y ensordecedora, un road manager que trabajaba con otra formación internacional se acercó a ellos entre bambalinas, secándose el sudor con una toalla.

—Tenéis algo sucio, crudo y auténtico que hacía tiempo que no se veía por aquí —les soltó sin rodeos, tendiéndoles una tarjeta—. Llevo la producción de un sello independiente en Madrid. Os ofrezco entrar en estudio para grabar vuestro primer disco.

Aitor y Sevi aceptaron al instante, dando gritos y chocando los cinco con una alegría que no cabía en el cuerpo. A Nacho lo convencieron en dos segundos recordándole lo de las giras y la barra libre. Pero Víctor se quedó mudo, con la cadena del bajo todavía cruzada al pecho.

Miró la tarjeta que el road manager sostenía en el aire, sin decidirse a cogerla.

Para él, aceptar la grabación y marcharse a Madrid significaba alejarse del todo de Lugones, renunciar a aclarar las cosas con Laura y dar por perdida a la única mujer que de verdad le importaba.

Aitor, que se dio cuenta de su silencio en medio de la celebración, se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Oye, esto no hay que decidirlo esta noche —le dijo, más serio de lo habitual—. Nadie te va a subir a la furgoneta a la fuerza. Pero piénsalo con la cabeza fría, no con lo de Laura todavía en carne viva.

Víctor asintió sin decir nada, con la vista perdida en el gentío que seguía coreando el nombre de la banda más allá del escenario.

Mientras los demás celebraban el triunfo de sus vidas, el silencio volvió a instalarse en el pecho del gigantón, como si ni Celeiro, ni el pogo, ni la tarjeta con el nombre de un sello discográfico pudieran competir con el peso de una puerta cerrada en Lugones.

Se quedó un rato más apartado del grupo, con la cadena todavía colgada del bajo, mientras el resto del cartel seguía desfilando por el escenario y la noche gallega se llenaba de luces y de otro tipo de ruido.

Guardó la tarjeta del road manager en el bolsillo interior de la chupa, sin mirarla otra vez, y se preguntó si algún día tendría sentido enseñársela a alguien más que a sí mismo.