La llamada de Celeiro y el rescate del punk
La luz plomiza de media mañana apenas lograba atravesar los cristales engrasados del taller de Don Francisco, donde el olor a metal viejo formaba una coraza casi impenetrable.
El viejo mecánico estaba apoyado en el mostrador de la oficina, revisando un albarán, cuando el teléfono fijo empezó a sonar con insistencia sobre la madera polvorienta.
—Taller de Don Francisco, dígame —gruñó, descolgando el auricular sin muchas ganas.
Al otro lado, la voz sonaba apresurada, con ese tono nervioso de los grandes eventos.
Era un promotor del Resurrection Fest. Explicaba que uno de los grupos de thrash de cartel, venido de Francia, se les había caído a última hora por problemas logísticos que no tenían solución.
Necesitaban una banda de reemplazo con urgencia para cubrir el hueco en uno de los escenarios secundarios del festival, en Celeiro.
Habían oído hablar del sonido de Mortaja en las cuencas y querían saber si estaban disponibles para subirse al escenario ese mismo fin de semana.
Don Francisco se apartó el auricular, parpadeó con incredulidad y soltó un bufido antes de contestar.
—Esos chavales ensayan en una nave del polígono de Siero, pero le aseguro que hambre y decibelios no les faltan. Espéreme, que ahora mismo voy para allá a decírselo.
Sin perder un segundo, el viejo mecánico colgó el teléfono, se quitó el trapo de las manos y salió corriendo hacia su viejo utilitario para cruzar el polígono a toda velocidad hasta la nave de ensayo.
Cuando abrió la puerta metálica de un golpe, interrumpiendo los acordes lentos de doom que Víctor estaba punteando en el bajo, soltó la bomba sin preámbulos: el Resurrection Fest buscaba a Mortaja para sustituir a los franceses.
El silencio que siguió fue total. La oportunidad era el billete dorado, el escaparate definitivo delante de miles de personas en Celeiro. Pero la euforia se vino abajo casi al momento contra una realidad aplastante: tras la expulsión de Iván, la banda no tenía batería.
—¿Y ahora quién toca los tambores? —preguntó Sevi, pasándose las manos por la cara, desesperado—. No tenemos a nadie preparado para salir a tocar este fin de semana.
Aitor, con los ojos abiertos de par en par, chasqueó los dedos de golpe.
—Espera. Yo conozco a uno. Nacho. Toca la batería en un antro okupa de Gijón.
Víctor y Sevi reaccionaron a la vez con un gesto de rechazo, arrugando la nariz.
—¿Un batería punk? —espetó Víctor, escéptico, negando con la cabeza—.
Ni hablar. Toca demasiado acelerado, destroza los parches y no tienen ni idea de llevar nuestros tiempos.
Si no nos presentamos con una formación sólida en Celeiro, los organizadores cogerán a otro grupo y adiós a la oportunidad de nuestras vidas.
—¿Qué prefieres, Víctor? ¿Quedarnos aquí pudriéndonos, tocando para las ratas, o arriesgarnos con un pirado? —replicó Aitor, zanjando la discusión—. O vamos a buscarlo ahora mismo, o se acabó el festival.
Sin dar margen a más debate, desmontaron los bártulos a toda prisa, los cargaron en la parte trasera de la vieja y destartalada furgoneta Ford Transit de Aitor y enfilaron la Autovía del Cantábrico rumbo a Gijón.
A los veinte minutos aparcaron frente a una antigua nave industrial abandonada y okupada en las afueras de la ciudad, cubierta de pintadas y carteles gastados.
Subieron a trompicones hasta la segunda planta y abrieron la puerta de una buhardilla improvisada.
Allí estaba Nacho: desgarbado, con una chupa llena de imperdibles, una cresta descolorida y un vaso de plástico en la mano.
Al verlos aparecer con cara de urgencia, Nacho retrocedió un paso a la defensiva, levantando las manos.
—Si venís buscando herramientas, ya os aviso que yo no he robado ningún repuesto del taller, y si venís por la pasta, aquí no hay un céntimo —soltó, con una sonrisa socarrona.
—No venimos a cobrar deudas, Nacho —le cortó Aitor, agarrándolo del hombro—. Te necesitamos a ti. Me conoces, ¿no? Del local de ensayos, ¿no te acuerdas? Necesitamos un batería para tocar en el Resurrection Fest este fin de semana. Es para ya.
Nacho soltó una carcajada incrédula.
—¿Yo? ¿En el Resurrection? Ni de coña. Ahora sí que te recuerdo, sí, pero yo no toco metal. Lo mío es el punk de tres acordes y reventar cajas a zapatazos.
Aitor se acercó con gesto serio, clavándole los ojos.
—Vas a tocar delante de miles de personas. Habrá alcohol gratis, comida caliente, escenarios gigantes y cientos de fans pidiendo guerra. ¿Te vas a perder eso por quedarte aquí encerrado tocando tus tres acordes?
Las palabras de Aitor actuaron como un resorte en la cabeza de Nacho. Se le iluminaron los ojos con una chispa de ambición macarra.
—Joder... ¿gratis y con barra libre? Haber empezado por ahí, pardillos. ¿Dónde está mi kit de baquetas?
Media hora después, la vieja furgoneta de Aitor rugía por la autovía, serpenteando entre los montes de Asturias y adentrándose en tierras gallegas hacia Celeiro.
Dentro, mientras el motor protestaba en cada cuesta y el olor a gasolina y tabaco lo inundaba todo, Nacho llevaba los cascos puestos, escuchando una vieja maqueta en cinta de Mortaja.
Con la cara absorta en la música, no paraba de golpear rítmicamente el salpicadero, los cristales de las ventanillas y el borde del asiento con un par de baquetas de repuesto, asimilando los tiempos con una urgencia punk que anunciaba un desastre glorioso sobre el escenario.
Sevi, que iba en el asiento de atrás mirando el móvil, levantó la vista de vez en cuando hacia Nacho, sin decir nada, calculando cuánto tiempo de ensayo real les quedaba antes del bolo.
Víctor, apoyado contra la ventanilla con la mirada perdida en los montes que pasaban, apenas hablaba.
Entre el ruido de la furgoneta y el golpeteo de las baquetas contra el salpicadero, iba dándole vueltas a otra cosa que no tenía nada que ver con Celeiro ni con el festival: a Laura, al otro lado de Lugones, y a si alguna vez le daría la oportunidad de explicarse