Las ruinas del Jala y el eco del doom
A la mañana siguiente de la expulsión de Iván del local de ensayo, Víctor aparcó la Honda Magna frente al callejón trasero del Jala con la urgencia de quien lleva las horas contadas en el pecho.
Tenía la cara marcada por las ojeras, la mandíbula tensa y una necesidad imperiosa de cruzar la puerta y mirar a Laura a los ojos, de explicarle que todo había sido una maniobra mezquina de un miserable que quería hundirlos a los dos a la vez.
Empujó la puerta lateral, dispuesto a entrar, pero antes de dar el segundo paso, dos figuras se interpusieron en su camino, cerrándole el paso con una firmeza que no admitía discusión. Eran Luisma y Elena.
Luisma tenía una seriedad que Víctor no le había visto nunca, muy lejos de su simpatía habitual de barra, mientras que Elena lo miraba con una mezcla de reproche y frialdad contenida.
—Ni lo intentes, Víctor —le cortó Elena, plantada en el umbral, sin dejarle avanzar un centímetro—. No está el horno para bollos.
—Tengo que hablar con ella —replicó él, con la voz áspera, casi rota—. Lo que dijo ese cabrón es mentira, yo no sabía nada...
—Da igual lo que fuera —le cortó Luisma, cruzándose de brazos, con gesto serio—. Laura está destrozada, encerrada en el almacén, y no te quiere ver ni en pintura. Si de verdad te importa lo que le queda de dignidad, date la vuelta y lárgate de aquí. Ahora mismo no puedes hacer nada por arreglarlo.
Víctor se quedó con las palabras atascadas en la garganta.
Miró por encima de los hombros de los dos hacia la penumbra del interior del pub, buscando una rendija de luz o la silueta de Laura tras la barra.
Pero el Jala parecía tragado por una sombra espesa y definitiva.
Tuvo que dar media vuelta, con el peso de la impotencia hundiéndole las botas en el asfalto mojado.
Se quedó un momento parado junto a la moto, sin decidirse a arrancar, mirando hacia la puerta por la que acababa de salir como si esperara que alguien fuera a abrirla de nuevo.
Nadie lo hizo. Al final montó, arrancó y se alejó calle abajo, con el ruido del motor perdiéndose entre las fachadas grises de Lugones.
Dentro de las paredes del pub, el tiempo pareció retroceder de golpe a los peores días de la soledad de Laura.
Pese a los intentos de Luisma y Elena por sacarle una palabra, por animarla entre bourbon, cafés fríos y listas de inventario atrasadas, Laura se había encerrado en un caparazón hermético de silencio y dolor.
El corazón se le había agrietado de una forma que no parecía tener arreglo; la idea de que Víctor hubiera urdido aquella trampa junto a Iván la devoraba por dentro con la crueldad de un ácido lento.
El Jala recuperó su antigua atmósfera lúgubre.
Desaparecieron los discos de rock enérgico y las concesiones al ruido festivo; en su lugar, los altavoces volvieron a las melodías densas y funerarias del gótico oscuro, composiciones lentas y arrastradas que envolvían las mesas vacías en un ambiente de cripta.
La clientela habitual, incómoda ante aquel clima de duelo y silencio, fue espaciando sus visitas hasta desaparecer casi del todo.
Con los taburetes vacíos y la caja registradora cada vez más flaca, los problemas de liquidez no tardaron en volver a llamar a la puerta con la fuerza de un embargo inevitable.
Los proveedores exigían pagos y las facturas se amontonaban sin abrir sobre la mesa de la trastienda.
En un gesto de lealtad que rozaba el sacrificio, Luisma y Elena se negaron a marcharse.
Seguían abriendo el local, limpiando los vasos y atendiendo las pocas mesas de madrugada, aun sabiendo que apenas quedaba dinero para pagarles un sueldo digno, sostenidos solo por el cariño que le tenían a Laura.
Algunas noches, cuando ya no quedaba nadie más en el local, Elena se sentaba un rato con ella al otro lado de la barra, sin decir gran cosa, solo para que no estuviera sola con sus pensamientos.
Laura apenas contestaba, pero tampoco le pedía que se fuera, y esa presencia silenciosa se convirtió, sin que nadie lo dijera en voz alta, en la única cosa parecida a un consuelo que aceptaba.
A pocos kilómetros de allí, en la nave industrial de Siero, la atmósfera de Mortaja también se había transformado por completo.
Tras la marcha de Iván, la banda ensayaba sin batería, buscando a alguien que encajara en el ritmo, pero el cambio de verdad estaba en el sonido que salía del bajo de Víctor.
Sin prisa, arrastrando las notas con una pesadez metálica y asfixiante, los temas nuevos que componía habían abandonado la velocidad y la furia del thrash clásico para meterse en terrenos oscuros y opresivos, más propios del doom.
Cada línea de bajo sonaba como un lamento hondo, un latido lento y desgarrador que reflejaba con precisión un corazón roto.
Aitor y Sevi lo dejaban tocar sin interrumpirlo, cambiando alguna mirada entre ellos cuando la sesión se alargaba más de la cuenta, pero sin decir nada: sabían de sobra de dónde venía aquello.
En la soledad de su buhardilla, entre los acordes graves de las cuatro cuerdas, Víctor volcaba toda la rabia sorda y el dolor de una condena injusta, compartiendo con Laura —aunque ella estuviera encerrada al otro lado de Lugones— el mismo pulso de una noche que a ninguno de los dos se le ocurría cómo dejar atrás.
Don Francisco, que llevaba semanas viéndolo llegar tarde al taller y marcharse antes de tiempo, no dijo nada durante días.
Se limitó a dejarle más trabajo del habitual, culatas que apretar, ejes que ajustar, como si supiera que las manos ocupadas eran lo único capaz de mantener a Víctor en pie.
Una tarde, mientras cerraban el taller, le puso una mano en el hombro y le dijo, sin mirarlo, que las cosas que de verdad importan tardan en arreglarse, pero que casi nunca se arreglan solas.
Víctor no contestó, pero esa noche, por primera vez en semanas, no fue directo a la buhardilla a tocar hasta el amanecer.