de Barro y Cadenas Las mentiras de la ruina y el derrumbe
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Las mentiras de la ruina y el derrumbe

El silencio que siguió a las palabras de Laura dentro del Jala pesaba como una losa. Las miradas de los clientes habituales se quedaron clavadas en la barra, atrapadas por una tensión que nadie se atrevía a romper.

Víctor seguía inmóvil, con los ojos fijos en Laura.

El desconcierto le atravesaba la cara entera; su cabeza, acostumbrada a encajar piezas mecánicas con lógica exacta, no era capaz de procesar el mapa de traiciones que acababa de dibujarse delante de él.

Abrió los labios para decir algo, para negar cualquier vínculo con aquel desastre, pero antes de que le saliera un solo sonido, la voz de Iván cortó el aire.

—Vaya, vaya... con que era esto —soltó, apoyando las baquetas contra la caja con una suficiencia despreciable—. ¿A qué te jode enterarte ahora, Laura?

Ella se giró hacia él, con las pupilas dilatadas de odio y los hombros temblándole sin control.

—Cierra la boca, maldito hijo de puta —escupió, con la voz rota.

—No, si la que tendría que cerrar los ojos es otra —respondió Iván, con una sonrisa torcida, fría, calculada—.

¿De verdad creías que el amigo Víctor apareció por aquí de casualidad?

¿Pensaste que el mecánico callado que te consolaba de madrugada y te regalaba piezas del taller era un alma caritativa?

Víctor giró la cabeza hacia él de golpe, frunciendo el ceño entre la incomprensión y una rabia que empezaba a asomar.

—¿Qué estás diciendo, imbécil? —bramó, dando un paso amenazante hacia el batería.

Pero Iván no se inmutó. Al contrario, dio un paso al frente, subiendo la voz para que cada palabra resonara en cada rincón del local, clavando el veneno directo en el pecho de Laura.

—Pregúntaselo a él, hombre —continuó, señalando a Víctor con desprecio—.

¿Quién te crees que le dio todos los datos de tus deudas, de tus proveedores, de cómo funcionaba este tugurio?

Fui yo quien le contó cómo te dejé temblando antes de pirarme.

¿O te creías, Laura, que su interés repentino y su paseíto en moto por El Carbayu salieron de la nada?

Lo planeamos todo desde el principio. Me metió en su grupo, se ganó tu confianza a base de teatro y paciencia, y me trajo aquí para rematar lo que yo dejé a medias.

El que toca soy yo, sí, pero el cerebro detrás de volver a entrar en tu bar y sacar lo poco que te queda ha sido siempre tu querido novio.

Las palabras cayeron como ácido sobre carne viva.

Laura sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Buscó en los ojos de Víctor una negativa, una sola señal que desmintiera aquella infamia, pero su cara, paralizada por la sorpresa y por la incapacidad de entender lo que estaba pasando, se quedó en blanco.

Para ella, que ya no sabía en quién confiar después de lo de Iván, ese silencio pareció la confirmación definitiva.

El corazón se le rompió con un chasquido seco. La coraza que había tardado meses en ceder ante Víctor no se desmoronó despacio: estalló de golpe, dejando a la vista algo peor que la ruina económica: la certeza de haber sido manipulada y usada por el único hombre en el que había vuelto a confiar.

—Largo... —susurró, con la voz sin fuerza, con las lágrimas cayéndole por las mejillas sin que hiciera nada por secarlas—. Lárguense todos a la mierda de mi bar. ¡Fuera!

Horas después, en la penumbra húmeda de la nave de Siero donde ensayaba Mortaja, el ambiente cortaba la respiración.

Víctor empujó la puerta metálica de un golpe seco, con los nudillos blancos de la rabia contenida y la cara desencajada tras cuarenta y ocho horas sin dormir, dándole vueltas sin parar a la trampa en la que había caído sin comerlo ni beberlo.

En cuanto vio a Iván apoyado contra los amplificadores, riéndose con Aitor, se le nubló la vista.

—¡Tú! —rugió, abalanzándose sobre él y agarrándolo de la solapa de la chupa para estamparlo contra la pared de hormigón—. ¿Qué clase de hijo de puta enfermo eres para inventarte semejante mierda delante de ella? ¡Yo no sabía nada de ti ni de tus pufos, maldito mentiroso!

Iván ni siquiera intentó zafarse. Al contrario, soltó una carcajada abierta, burlona, mirándolo a los ojos con toda la superioridad del mundo.

—Suelta, animal, que me arrugas la chupa —dijo entre risas, regodeándose en su propia mezquindad—.

¿Qué pasa, novato? ¿Te creías que ibas a jugar a las casitas con la amargada de Laura sin que te salpicara el pasado?

Te retrataste solo al traerme aquí. Eres un pardillo, un blando y un puto enamoradizo que no sirve ni para sostener el bajo.

A Víctor se le encendió la sangre. Levantó el puño con intención de partirle la cara de una vez, dispuesto a asumir lo que hiciera falta.

Pero antes de que pudiera descargar el golpe, una mano pesada y firme lo agarró del hombro y lo apartó de un tirón. Era Sevi, el otro guitarrista, un tipo veterano y frío como el acero, que miraba a Iván con auténtico asco.

—Se acabó, Iván —dijo, con la voz cortante, soltando el hombro de Víctor y dando un paso amenazante hacia el batería—.

No vamos a aguantar a ningún gilipollas tóxico que trae mierda a la banda, y mucho menos a un mentiroso mezquino que va soltando patrañas de esas para joder a la gente.

Recoge tus putos bártulos y lárgate de aquí ahora mismo. Estás fuera del grupo.

Iván se quedó mudo, parpadeando con incredulidad ante el giro, mientras Sevi le señalaba la puerta sin admitir réplica.

Recogió sus cosas despacio, sin prisa, como si quisiera demostrar que aquello no le afectaba, y salió de la nave sin volver a mirar a nadie.

El eco de sus pasos se perdió calle abajo, y con él se fue también el último rastro de la mentira que había soltado en el Jala.

Víctor se dejó caer contra la pared de hormigón, respirando agitado, con los puños todavía apretados.

Aitor se acercó despacio, sin decir nada, y le puso una mano en el hombro, el mismo gesto que Sevi le había hecho un minuto antes para frenarlo.

Vio cómo el veneno de la mentira empezaba a salir del local.

Pero sabía que el daño de verdad, el que ardía al otro lado de Lugones en el pecho de Laura, seguía intacto, y que ese no lo iba a arreglar echando a nadie de una banda.