El choque de los mundos y la furia contenida
El sábado por la noche, Lugones parecía envuelto en una atmósfera de plomo y humedad estancada.
Las farolas de la travesía principal proyectaban charcos de luz amarilla sobre el asfalto mojado por la llovizna intermitente, mientras el callejón trasero del Jala empezaba a llenarse de un murmullo sordo: risas ahogadas, el roce de las cazadoras de cuero contra las paredes de piedra, el trasiego de una clientela poco habitual que se agolpaba en la entrada mucho antes de la hora prevista.
Dentro, el aire ya se había espesado con el calor de los cuerpos, el olor a tabaco y el aroma denso de la cerveza derramada sobre los listones de madera.
Laura estaba detrás de la barra, con las mangas de la camisa negra remangadas hasta los codos y el delineador tan preciso como siempre.
Se movía con una eficacia casi automática, cambiando barriles, abriendo botellines y cobrando con rapidez, intentando tener la cabeza ocupada solo con el ritmo de los pedidos.
El plan había sido sencillo: la banda de Víctor tocaba, el local se llenaba, y ella aguantaría la noche por él. Pero había algo que Víctor nunca le había contado, sin mala intención, solo porque nunca se le había ocurrido que importara: el nombre exacto de los miembros de su grupo.
La puerta lateral del almacén cedió con un chasquido metálico y por ella empezaron a entrar los bártulos de sonido. Aitor y Sevi abrieron paso cargando las pantallas, seguidos de cerca por el batería.
Cuando Iván cruzó el umbral con su andar de siempre, tan sobrado como lo recordaba, con la bolsa de baquetas al hombro y esa media sonrisa cínica que Laura conocía de sobra, el tiempo pareció partirse en dos dentro del local.
Laura se quedó congelada detrás de la barra.
El trapo de hilo se le escurrió de los dedos y cayó olvidado sobre la madera.
La sangre le subió a las sienes con un zumbido que le borró de golpe los meses de control, la paciencia y la coraza con la que se había sostenido en pie.
Los ojos, siempre tan distantes, se le clavaron en Iván con una furia tan densa que el bullicio de los primeros clientes pareció evaporarse a su alrededor.
—¿Qué hace este hijo de puta aquí? —escupió Laura, con una voz baja pero temblando de rabia, que cortó el aire del pub como una cuchilla oxidada.
Iván, que se disponía a dejar los bártulos junto a los tambores, se paró en seco. Al reconocerla tras la barra, parpadeó desconcertado un instante antes de que le asomara al rostro una mueca de falsa displicencia.
—Vaya, vaya... con que el famoso Jala era esto —soltó, con una risita estúpida, rascándose la nuca—. No sabía que el tugurio del que tanto hablaba el pesado de nuestro bajista era el tuyo, Laura. El mundo es un pañuelo.
—Largo de aquí —ordenó ella, apoyando las dos manos en el mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Ya no le temblaba la voz; vibraba con el odio acumulado de cada albarán impagado, de cada carta de embargo, de cada madrugada llorando a solas con el peso de la ruina—.
Recoge tu maldito equipo y lárgate de mi bar antes de que te saque yo misma por la ventana a empujones.
El desconcierto estalló al momento en el resto del grupo. Aitor y Sevi dejaron los cables a medio conectar, mirándose el uno al otro sin entender nada.
Víctor, que estaba afinando las cuerdas del bajo junto al amplificador, levantó la vista de golpe al notar la tensión que se había desatado en la sala.
Dejó el instrumento apoyado con cuidado en el soporte, frunció el ceño, extrañado, y cruzó el local a zancadas largas hasta la barra, poniéndose entre la mirada asesina de Laura y la postura chulesca de Iván.
—¿Se puede saber qué coño pasa aquí? —preguntó, con la voz grave, mirando de reojo a Iván antes de volverse hacia Laura, que tenía los ojos ardiendo de pura impotencia—. Laura, ¿le conoces?
—¿Que si le conozco? —replicó ella, soltando una carcajada seca, amarga, sin ni rastro de humor, mientras señalaba a Iván con un dedo firme y tembloroso—.
Pregúntale a tu brillante batería de quién es el nombre que figura en los pufos de los distribuidores de bebidas, en las deudas de la imprenta y en el embargo de la maquinaria que me está asfixiando cada puto día.
Pregúntale quién saqueó este local, reventó mis cuentas y me dejó vendida antes de largarse como una rata en una furgoneta.
¡Es él! ¡Es el desgraciado que casi me destroza la vida!
Las palabras cayeron en la sala como un peso muerto. El silencio que se instaló en el Jala fue absoluto, pesado, cortante, y rompió de golpe la tregua que Víctor había creído construir con tanto cuidado en la penumbra de tantas madrugadas.
Nadie se movió. Los dos primeros clientes que habían llegado pronto se quedaron pegados a la puerta, sin saber si entrar o esperar fuera a que aquello se resolviera.
Aitor bajó la vista hacia los cables que sostenía, como si de repente le pesaran demasiado, y Sevi retrocedió un paso, buscando con los ojos una salida que no existía.
Iván, por su parte, se había quedado con la sonrisa a medio hacer, pillado entre la sorpresa y las ganas de salvar la cara delante de sus compañeros.
—Eh, para el carro —dijo, levantando las manos, con un tono que quería sonar conciliador y solo sonaba nervioso—. Eso que cuentas tiene mil versiones, Laura, y la tuya, casualmente, es la que más te conviene a ti.
—¿Mil versiones? —Laura dio un paso al frente, rodeando la barra sin que nadie se atreviera a detenerla—. La única versión que hace falta es la del juzgado, Iván. La que tiene mi firma falsificada en un préstamo que ni sabía que existía hasta que llegó la notificación.
Víctor, todavía plantado entre los dos, giró la cabeza despacio hacia Iván. Algo en su expresión había cambiado; la extrañeza de hacía un momento se había convertido en otra cosa, más fría, más dura, mientras empezaba a atar cabos que no le gustaban nada.
—Iván —dijo, con una calma que costaba más sostener de lo que aparentaba—. Como lo que está diciendo sea verdad, más te vale tener una explicación mejor que esa.