de Barro y Cadenas La prueba del sonido y la penumbra
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La prueba del sonido y la penumbra

El viernes previo al concierto, el Jala abrió dos horas antes de lo habitual.

No era para atender a la clientela de la tarde, sino para dejar sitio a la prueba de sonido de Mortaja.

El bullicio metálico de los amplificadores y el trasiego de cables negros por el suelo de roble rompieron de golpe la rutina del pub, convirtiendo por unas horas la trinchera de Laura en un estudio de directo improvisado.

Víctor entró cargando la pantalla del bajo, con los músculos de los antebrazos marcados bajo la camiseta negra y la cara concentrada en cada paso, como si el aparato pesara el doble de lo que en realidad pesaba.

Detrás iban Aitor y Sevi, los dos guitarristas, arrastrando fundas rígidas y cajas de pedales con esa urgencia de quien lleva toda la semana esperando el fin de semana para soltar el ruido acumulado.

Faltaba el batería, que como siempre se hacía de rogar.

Laura observaba la escena desde el extremo de la barra, con los brazos cruzados y una libreta de albaranes medio olvidada entre las manos.

Había dado el visto bueno al acuerdo con Víctor, sí, pero ver aquel instrumental invadiendo su espacio le provocaba un retortijón sordo en el estómago.

El pub era su refugio, el único sitio donde controlaba cada centímetro cuadrado, y ver a tres desconocidos manipulando enchufes y conectando mesas de mezclas ponía a prueba su paciencia más de lo que le hubiera gustado admitir.

—Tranquila, jefa —dijo Víctor, acercándose a la barra con paso firme, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. No van a tocar ni un ápice más de lo acordado. En cuanto afinen los previos, los mando callar si te molestan lo más mínimo.

—No me molestan los amplificadores, Víctor.

Me molesta la idea de perder el control de este sitio por una noche —respondió ella con sequedad, aunque la mandíbula se le relajó enseguida al ver la calma con la que él la miraba—.

Te dije que aceptaba el concierto por ti, no porque me haga gracia ver mi barra convertida en ensayo general de thrash metal.

—Lo sé —murmuró él, inclinándose un poco sobre el mostrador para acortar la distancia—. Y te aseguro que mañana por la noche, cuando bajemos la persiana y nos quedemos solos, esto volverá a ser exactamente lo que tú quieres que sea.

La promesa se quedó flotando en el aire, cálida y firme, y la tensión que Laura llevaba acumulada desde por la mañana se aflojó un poco, aunque no del todo. Se apartó de la barra y fue a comprobar el estado de los botelleros, más por darse algo que hacer que porque hiciera falta.

Aitor probó un riff corto, cortante, que rebotó contra las paredes de piedra y se apagó enseguida cuando Sevi levantó la mano pidiendo que bajara el volumen del ampli.

Los dos discutían en voz baja sobre el ángulo de un micrófono mientras Víctor iba y venía entre la pantalla del bajo y la mesa de mezclas que habían montado en una esquina, ajustando cables con la misma paciencia con la que trataba las piezas del taller.

—¿Esto va a durar mucho? —preguntó Laura, asomándose de nuevo desde el fregadero, con un trapo colgado del hombro.

—Una hora, hora y media como mucho —contestó Víctor, sin apartar la vista del cable que estaba conectando—. Luego lo recogemos todo y te dejamos el sitio tal cual estaba. Te lo prometo.

—Más te vale. Como encuentre un solo cable enredado en las patas de un taburete mañana, cancelo el concierto y os mando a tocar al polígono.

Aitor, que había alcanzado a oír el comentario, soltó una risa corta desde el otro lado de la sala.

—Tranquila, jefa, que este lo tiene todo más medido que un ingeniero de la NASA —dijo, señalando a Víctor con la barbilla—. Como no cambie ni una coma de lo que decidáis entre los dos.

Laura no pudo evitar que se le escapara media sonrisa, aunque intentó disimularla volviendo la cara hacia los vasos. Sevi, mientras tanto, seguía a lo suyo, probando un acorde tras otro con una concentración que no dejaba sitio para bromas.

El resto de la prueba pasó más deprisa de lo que Laura esperaba.

El ruido, que al principio le parecía invasivo, se fue convirtiendo poco a poco en un telón de fondo casi cómodo, algo que le recordaba, sin saber muy bien por qué, al zumbido constante de la nevera de los botellines en las horas muertas.

Cuando por fin Víctor dio la orden de recoger, los cables volvieron a las cajas, los pedales a sus fundas, y en menos de veinte minutos el Jala había recuperado su aspecto de siempre, como si nada hubiera pasado.

—¿Ves? —dijo Víctor, plantándose de nuevo frente a la barra, con la pantalla del bajo ya cargada sobre un hombro—. Ni un cable fuera de sitio.

Laura recorrió la sala con la mirada, comprobando cada rincón por pura costumbre, y no encontró nada fuera de lugar. Se cruzó de brazos, pero esta vez el gesto tenía menos de defensa y más de rendición.

—Mañana lo comprobaré con más calma —dijo, aunque los dos sabían que no hacía falta—. Pero de momento, vale.

Víctor sonrió, esa sonrisa poco frecuente que a ella todavía le costaba acostumbrarse a ver, y se despidió con un gesto antes de salir detrás de Aitor y Sevi hacia la calle, donde ya empezaba a caer la tarde sobre Lugones.

Laura se quedó sola en el local, con el eco de los amplificadores todavía metido en las paredes de piedra.

Pasó la bayeta por la barra sin necesidad, solo por tener las manos ocupadas mientras se hacía a la idea de lo que la esperaba al día siguiente: el local lleno, la música a un volumen que nunca había dejado entrar entre esas paredes, gente que no conocía pidiendo cervezas contra reloj.

Durante meses había defendido el Jala como una fortaleza, y ahora, por primera vez, se disponía a abrirle la puerta a algo que no controlaba del todo.

Se acercó a la ventana y miró hacia la calle, donde la furgoneta de la banda ya se alejaba con las luces traseras encendidas entre la llovizna.

Pensó en la promesa de Víctor, en su voz grave asegurándole que todo volvería a ser exactamente lo que ella quisiera.

No tenía motivos para no creerle. Y aun así, apagó las luces del local con una mezcla de nervios y algo parecido a la ilusión, una sensación que hacía mucho tiempo no sentía entre esas cuatro paredes.