de Barro y Cadenas La trastienda del silencio
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La trastienda del silencio

El vaho empañaba los cristales de la puerta principal del Jala a medida que avanzaba la madrugada y el frío caía sin piedad sobre las aceras de Lugones.

Dentro, el local respiraba esa calma espesa que solo dejan las horas muertas, cuando los últimos clientes de la semana ya se han ido y el zumbido de la nevera de los botellines se convierte en el único sonido constante de la sala.

Víctor guardó con cuidado el destornillador y la llave de tubo en el estuche del bajo, cerrando los pestillos metálicos con un chasquido seco.

Se levantó del taburete, se sacudió unas briznas de polvo invisibles de los vaqueros y caminó hasta el hueco de la barra, donde Laura fregaba los últimos vasos de tubo con una minuciosidad casi quirúrgica, como si en ese gesto se le fuera algo más que la limpieza de la noche.

—Ya está el puente ajustado —anunció con voz ronca, apoyando un codo en la madera—. El sábado no debería dar ningún armónico raro, por mucho que Aitor le meta caña a la distorsión.

Laura dejó la esponja en el fregadero, se secó las manos en un paño de algodón y se giró a mirarlo de frente.

En su cara se notaba el peso de una jornada interminable: la sombra de la barba crecida, el pelo revuelto de tantas horas de casco y taller.

Pero los ojos mantenían esa fijeza tranquila que a ella siempre la desarmaba.

—Menos mal —contestó, con media sonrisa irónica, cruzándose de brazos—. Lo último que necesito el día del concierto es que el bajo de la estrella del rock empiece a fallar y los colegas del grupo monten un número en medio de la sala.

—No soy ninguna estrella, y lo sabes de sobra —replicó él, estirando una mano grande para rozarle la mejilla con el dorso de los dedos.

La cercanía repentina espesó el aire entre los dos.

Laura dejó caer los brazos y dio un paso al frente, hasta quedar pegada a su pecho.

El olor a metal frío del taller y a cuero curtido se mezclaba con el calor de su piel, un contraste que para ella se había convertido, sin darse mucha cuenta, en la única brújula fiable en medio de la rutina.

Sin decir nada, Víctor la rodeó con fuerza por la cintura y la levantó un poco para sentarla en el borde de la barra.

Laura le echó los brazos al cuello, hundiendo los dedos en el pelo oscuro que le caía sobre la nuca, y cerró los ojos justo cuando sus labios se encontraron.

Fue un beso lento, sin prisa, pero con un peso que no necesitaba explicaciones.

Todo lo de aquel día —las horas de pie, los albaranes pendientes, las paredes oscuras del pub— pareció disolverse en el compás de su respiración compartida.

Cuando se separaron despacio, con las frentes todavía juntas, buscando aire, el silencio del local se mantuvo intacto, como si las paredes de piedra se hubieran acostumbrado ya a guardar esos momentos sin contárselos a nadie.

—Deberíamos cerrar de una vez —dijo Laura, sin moverse del borde de la barra, con la voz todavía un poco tomada.

—Deberíamos —respondió él, sin moverse tampoco.

Ninguno de los dos hizo nada por cumplir lo que acababan de decir.

Víctor le apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la mejilla, y ella aprovechó para fijarse, una vez más, en el tatuaje de la brújula que le asomaba bajo el pelo corto.

Llevaba semanas queriendo preguntarle por qué se lo había hecho, y todavía no había encontrado el momento adecuado.

Esa noche tampoco lo encontró: le pareció que no hacía falta, que ya habría tiempo.

Fuera, un coche solitario cruzó la travesía con las luces largas encendidas, y el reflejo bailó un segundo contra los cristales empañados antes de perderse calle abajo.

Laura giró la cabeza hacia la ventana, siguiendo el rastro de luz, y notó cómo Víctor aprovechaba ese instante para recorrerle el perfil con la mirada, sin ninguna prisa por disimularlo.

—¿Qué? —preguntó ella, volviendo la cara hacia él, con una ceja levantada.

—Nada —dijo Víctor, aunque la sonrisa que se le escapó decía justo lo contrario—. Es solo que me cuesta creer que llevemos meses de esto y sigas mirándome como si fuera a decir alguna tontería.

—Es que sueles decirlas —contestó Laura, empujándolo un poco por el pecho, aunque sin ninguna intención real de apartarlo.

Él se rio bajo, un sonido corto y ronco que a ella siempre le sacaba una sonrisa antes de darse cuenta.

Se quedaron así un rato más, apoyados el uno en el otro en la barra vacía, sin prisa por moverse, mientras la nevera de los botellines seguía zumbando de fondo y el vaho de los cristales iba borrando poco a poco la calle de fuera.

Al final fue Laura quien se bajó de la barra, alisándose la falda con un gesto automático, y fue a apagar los últimos focos que quedaban encendidos sobre los estantes.

Víctor recogió el estuche del bajo y se lo colgó al hombro, esperándola junto a la puerta lateral con la paciencia de quien no tiene ninguna prisa por que la noche se acabe.

—Mañana te veo aquí, antes del bolo —dijo él, ya en el umbral, con el frío de la calle colándose de nuevo en el local.

—Aquí estaré, peludo. Como siempre —contestó Laura, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados, más por el frío que por poner distancia.

Víctor se quedó un segundo de más mirándola, como si buscara algo que decir y no encontrara la forma.

Al final se limitó a asentir con la cabeza, se ajustó el estuche del bajo al hombro y bajó los dos escalones de la entrada hacia la calle vacía.

El eco de sus botas contra el adoquinado se fue apagando poco a poco, mezclado con el rumor lejano de algún coche en la travesía.

Laura esperó a que doblara la esquina antes de cerrar. Se quedó un momento con la mano en el pestillo, mirando la calle desierta, el vaho de su propio aliento disolviéndose en el aire frío. Después echó el cierre con un chasquido que, esa noche, sonó distinto al de todas las demás.