de Barro y Cadenas El peso de las cuerdas y de la noche
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El peso de las cuerdas y de la noche

El inicio de octubre cambió por completo el aire de las calles.

Las hojas secas empezaron a acumularse en los rincones de las aceras de Lugones, aplastadas por las suelas de la gente y convertidas en una pasta marrón que la llovizna constante se encargaba de extender sobre el asfalto.

Dentro del Jala, en cambio, el ambiente respiraba otra cosa: una tregua que se notaba en el aire cada vez que la puerta lateral se abría y entraba Víctor.

Ya no quedaba nada de las distancias prudentes de los primeros meses, ni de aquellos silencios incómodos tras la barra.

Después del viaje a El Carbayu y de la tarde compartida entre el humo del chigre y el calor de la estufa, lo que había entre ellos se había vuelto algo sólido, casi físico.

Víctor seguía con sus jornadas interminables en el taller de Don Francisco, peleándose con culatas de tractor y engranajes oxidados, pero cada tarde, al caer el sol, acababa siempre en el mismo sitio: el extremo de la barra donde Laura lo esperaba con una jarra recién tirada.

Aquella noche el local estaba raramente silencioso. Solo un par de parroquianos ocupaban las mesas del fondo, envueltos en humo de tabaco de liar, mientras sonaba de fondo un disco viejo de The Sisters of Mercy.

Laura terminaba de secar una copa cuando Víctor dejó caer sobre la madera un estuche alargado de lona negra, gastado en las esquinas y con restos de polvo del local de ensayo.

—¿Qué traes ahí? —preguntó ella, deteniendo la mano y mirándolo con curiosidad—. Parece el estuche de un rifle. No me digas que ahora te has aficionado a la caza furtiva por los montes de Siero.

—Algo peor —contestó Víctor, con esa media sonrisa suya, mientras abría la cremallera metálica—. El bajo. Ayer ensayamos hasta la madrugada en la nave del polígono y me lo dejé en el coche para revisarle el puente. Toca mantenimiento antes de que se nos echen encima los plazos del bolo del sábado.

Sacó el instrumento con la familiaridad de quien lo ha hecho mil veces: un bajo clásico de cuatro cuerdas, negro, con el cuerpo marcado por golpes de años de escenarios en las cuencas.

Lo apoyó con cuidado sobre los taburetes vacíos, sacó una cajita de herramientas de precisión y un bote de aceite para diapasones.

Laura se quedó mirándolo desde el otro lado del mostrador. Ver a Víctor trabajar con las cuerdas de metal, con la misma paciencia con la que ajustaba las piezas de la Honda Magna, le despertaba algo raro, una especie de fascinación silenciosa que no sabía muy bien cómo llamar.

—A veces me pregunto cómo aguantas el ritmo —dijo ella en voz baja, apoyando los codos en la barra y acercándose a mirar mejor los trastes desgastados—.

Ocho horas rodeado de grasa en el taller, encima los ensayos, componer temas, y luego vienes aquí a aguantarme a mí y mis manías de dueña de bar amargada. No sé de dónde sacas las horas.

Víctor dejó el destornillador quieto un momento y levantó la vista. Tenía los ojos oscuros clavados en los de ella, sin ningún rastro de cansancio fingido ni de esas frases que se dicen por decir algo.

—No es cuestión de horas, Laura —respondió, con esa voz grave que nunca tenía prisa—.

Es saber dónde quieres estar cuando se apaga todo lo demás.

El taller me paga el alquiler y las piezas de la moto.

La banda es la válvula de escape que llevo arrastrando desde crío.

Pero el único sitio donde de verdad se me olvida el ruido de fuera es este taburete de aquí.

Las palabras cayeron sobre la barra con un peso raro, sin adorno ninguno.

Laura sintió que se le encogía el pecho, un vértigo dulce que a esas alturas ya ni intentaba combatir.

Se quitó el delantal negro, lo dejó caer sobre la repisa de atrás y, sin decir nada, rodeó la barra hasta ponerse a su lado.

Estiró la mano y rozó con la yema de los dedos el mástil del bajo, notando el frío de los trastes y el rastro de sudor que Víctor había dejado en las cuerdas.

Él se giró despacio en el taburete, soltó las herramientas y abrió los brazos, sin necesidad de decir nada tampoco.

Laura se dejó caer contra su pecho, buscando el tacto de la cazadora y ese olor a metal, tabaco y cuero que llevaba siempre encima.

Víctor la abrazó fuerte, apoyando la barbilla en su pelo y cerrando los ojos.

En los altavoces sonaba el bajo grave de una canción de los ochenta, casi enterrado bajo el suelo de roble.

Ninguno de los dos dijo nada. En aquel rincón de Lugones, con la noche pasando despacio a su alrededor, el resto del mundo dejó de existir un rato.

Se quedaron así más tiempo del que ninguno de los dos hubiera reconocido. Fuera, la llovizna seguía cayendo sobre las hojas amontonadas en las aceras; dentro, el disco terminó y saltó al silencio de la aguja rascando el vinilo, y ni siquiera eso los movió de sitio.

—Tengo que dejar el bajo listo para mañana —dijo Víctor al final, sin soltarla del todo, como si la frase le costara más de lo normal.

—Pues vas a tener que soltarme primero, peludo —contestó ella, con la voz todavía baja, sin apartarse tampoco.

Se separaron despacio. Víctor volvió al taburete y siguió con el destornillador, ahora en silencio, mientras Laura se apoyaba en el otro extremo de la barra fingiendo revisar el arqueo de la caja, aunque en realidad no le quitaba ojo.

Fuera, octubre seguía llenando Lugones de hojas muertas y de esa llovizna que no terminaba de decidirse a parar, pero dentro del Jala, por lo menos esa noche, nada de eso importaba demasiado.

Cuando terminó de ajustar el puente, Víctor pulsó un par de notas al aire, sin amplificador, solo para comprobar el sonido seco de las cuerdas.

El eco grave se perdió entre las botellas de los estantes y las paredes de piedra, y a Laura le pareció, por un segundo, que aquel ruido encajaba mejor en el Jala que cualquier canción que hubiera puesto nunca en los altavoces.

—Suena bien —dijo ella, sin mucha intención de disimular que llevaba un rato escuchando.

—Suena mejor cuando no tengo la cabeza en otro sitio —respondió él, guardando las herramientas en la cajita sin mirarla, aunque la sonrisa se le notaba igual.

Laura no contestó a eso. Se limitó a servirle otra jarra, la última de la noche, y a dejarla junto al estuche del bajo antes de volver a su lado de la barra.

Fuera, un coche pasó despacio por la travesía, con los faros dibujando un charco de luz en el asfalto mojado, y luego todo volvió a quedar en calma, como si Lugones entera hubiera decidido, esa noche, dejarlos tranquilos.