La Magna y el Pote
Al día siguiente, a las dos de la tarde, un rugido grave rompió la monotonía del callejón trasero de Lugones. No se parecía en nada al zumbido de los utilitarios que solían pasar por ahí; era un latido metálico y constante que hizo vibrar los cristales del Jala.
Laura, que estaba terminando de repasar la barra con un trapo húmedo, se asomó a la puerta lateral. Aparcada junto al bordillo, brillando bajo el orbayu de septiembre, estaba la Honda Magna de Víctor: depósito verde botella, cromados relucientes, todo el aspecto de una máquina cuidada con cariño.
Víctor se quitó el casco, se sacudió el pelo con la mano y bajó de la moto con un movimiento fluido. Del bolsillo interior de la chupa sacó un envoltorio de papel de estraza y se acercó a la puerta con paso firme.
—La junta de la cafetera —dijo, dejando el paquete sobre la barra, con esa media sonrisa suya—. La rebajé anoche en el torno. Encaja tan bien que ni de fábrica.
Laura cogió el repuesto y lo miró entre los dedos: perfectamente torneado, frío, preciso. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Víctor, fija en ella, sin ningún rastro de broma.
—¿Cuánto te debo por el trabajo y el material, peludo? —preguntó, más por costumbre que porque de verdad esperara pagar nada.
—Esto se cobra en especie —contestó él sin dudar, apoyando las manos en la madera—. Me debes una comida en condiciones. Tengo la moto en la puerta, el depósito lleno y conozco un chigre en El Carbayu donde hacen un pote que resucita a un muerto. Te vienes conmigo.
Laura abrió la boca para protestar, dispuesta a sacar la lista de albaranes pendientes, la limpieza del almacén, el inventario de bebidas.
Pero miró la moto rugiendo al ralentí en la calle, miró la calma con la que él esperaba su respuesta, y las excusas se le deshicieron solas.
Llevaba meses sin salir del polígono, sin ver otra cosa que las paredes cenicientas del pub.
—Como aparezca una inspección de Sanidad o se rompa algo mientras estoy fuera, te echo la culpa a ti —dijo al fin, con un tono severo que su propia sonrisa desmentía.
—Si pasa algo, Luisma o Elena nos llaman y te traigo a toda pastilla —respondió él, tendiéndole el segundo casco.
Laura se quitó el delantal, se ató una bufanda al cuello y salió a la calle.
El aire húmedo de septiembre le dio de lleno en la cara.
Se puso el casco con torpeza, ajustó la correa y montó detrás de Víctor, acomodando las piernas a ambos lados del asiento.
Al principio se agarró rígida a los embellecedores metálicos, manteniendo las distancias.
Víctor arrancó despacio, metió la primera y la moto salió del callejón con un ronroneo grave, enfilando la carretera que serpenteaba hacia El Carbayu.
El asfalto fue dejando atrás las naves industriales y se internó entre prados húmedos, caseríos y caminos envueltos en bruma.
El frío de la tarde chocaba contra la cazadora, pero el motor calentaba por debajo, a través del chasis.
Sin pensarlo demasiado, cediendo a algo que llevaba semanas acumulándose, Laura soltó los asideros y le rodeó la cintura con los brazos, apretando el torso contra su espalda.
Se le escapó un suspiro que el viento se llevó enseguida.
A través de la cazadora de cuero notaba la firmeza de sus músculos y el ritmo tranquilo de su respiración.
Víctor tensó un poco la espalda al notar el contacto, pero no dijo nada. Solo inclinó un poco más la moto en la siguiente curva, dejándola caer con suavidad sobre el asfalto mojado, mientras los dos avanzaban juntos hacia el pueblo.
El chigre de El Carbayu se escondía tras una fachada de piedra gris y contraventanas verdes que el tiempo había ido descascarillando.
No salía en ninguna guía; su clientela de siempre eran los vecinos, los operarios de los talleres cercanos y algún despistado que conocía el camino de antemano.
Al apagar el motor, el silencio cayó de golpe, roto solo por el tictac del tubo de escape enfriándose y por la lluvia fina sobre las hojas de los castaños.
Víctor se quitó el casco y se pasó los dedos por el pelo para ahuecarlo. Laura seguía sentada detrás, con las manos todavía en sus caderas y la vista fija en la puerta de madera del local.
—Hemos llegado, princesa —dijo él, con una suavidad poco habitual en él, tendiéndole la mano para ayudarla a bajar—. Te aviso: el pote quema hasta el alma, pero no vas a pasar frío en lo que queda de semana.
Laura bajó de la moto, se quitó el casco y se alisó el pelo, intentando recuperar la compostura. El viaje le había dejado las mejillas encendidas por el viento y el cuerpo templado por la cercanía.
—Más te vale que sea verdad, Víctor —contestó, poniendo la voz áspera de siempre, aunque la sonrisa que se le escapaba la delataba entera—. Como esta comida sea un suplicio, te pongo a limpiar los sumideros del Jala un mes entero.
Empujaron la puerta y el calor del interior les golpeó de inmediato.
Olía a compango, a vino de barrica y a esa humedad que tienen las tascas de pueblo donde el fuego lleva encendido desde el siglo pasado.
En un rincón, dos hombres mayores jugaban al tute sobre una mesa de formica gastada.
El dueño, con la camisa remangada y el delantal salpicado de grasa, los saludó desde la barra con un gesto de cabeza.
—¡Meca, mira pahí, el mecánicu! Facía semanas que nun te veía por aquí con la montura. Y vienes bien acompañau. Siéntate onde la estufa, ho, que no se te enfríe la mozuca.
Se sentaron junto a una vieja estufa de hierro que soltaba un calor seco y agradable. Sobre el hule apareció enseguida una cazuela de barro con pote asturiano: alubias tiernas, berzas bien cocidas, chorizo, morcilla y tocino nadando en un caldo denso y oscuro.
Durante los primeros minutos, en la mesa solo se oyó el repiqueteo de las cucharas contra la cerámica. Para Laura, acostumbrada a comer de pie entre albaranes y cajas de botellas, aquella hora parada en El Carbayu era casi otra vida.
Víctor comía despacio, mirándola de vez en cuando por encima del cuenco. Le gustaba ver cómo la rigidez con la que ella afrontaba cada minuto del día se le iba aflojando poco a poco, entre la comida caliente y el murmullo bajo del chigre.
—¿Qué pasa, peludo? —preguntó ella, al notar que la miraba fijo—. ¿Tengo compango en la barbilla o es que te aburres de mi compañía?
—Ni una cosa ni la otra —respondió él, dejando la cuchara en el borde del plato—. Pensaba en lo raro que es verte aquí sentada, sin mirar el reloj cada dos minutos para ver si ha llegado el proveedor o si el grifo de la cerveza ha cogido aire.
Laura bajó los ojos al cuenco, removiendo las últimas alubias con la punta de la cuchara. El peso de sus obligaciones seguía ahí, en algún rincón de la cabeza, pero la presencia de Víctor, sólida como el chasis de su moto, funcionaba como un ancla que impedía que la arrastrara del todo.
—En el Jala siempre hay algo que se rompe o alguien reclamando lo que no le corresponde —murmuró, con la voz más frágil de lo que hubiera querido—. Aquí, por lo menos durante una hora, parece que el mundo se ha olvidado de nosotros.
—El mundo no se ha olvidado de nada, Laura —replicó él, inclinándose un poco sobre la mesa y rozándole la mano—. Pero las facturas y los problemas se llevan mejor con el estómago lleno y habiendo respirado un poco de aire limpio, lejos del polígono.
Cuando terminaron el pote y el tabernero les acercó un vaso de sidra para rematar, la tarde ya empezaba a cerrarse sobre los tejados del pueblo, con el cielo tiñéndose de un gris plomizo que anunciaba más llovizna.
El camino de vuelta a Lugones fue tan silencioso como el de ida, pero algo había cambiado entre ellos, aunque ninguno lo dijera.
Cuando Laura volvió a rodearle la cintura para arrancar de nuevo, ya no quedaba rigidez ni duda alguna: se abrazaron a la certeza tranquila de que, pese a las sombras del pasado, lo que compartían ya no era cosa del azar.