El reverso de la medianoche
A partir de aquella noche, el espacio que separaba a Víctor del otro lado de la barra dejó de medirse en centímetros de madera.
Se convirtió en una frontera invisible que los dos cruzaban con cuidado, casi con respeto, como si supieran que del otro lado había algo que no convenía romper de golpe.
El acuerdo del concierto en el Jala había servido de excusa perfecta: ahora las conversaciones de madrugada duraban más, y ya no giraban solo en torno a albaranes o averías de moto.
Para Laura, ceder aquel terreno había sido un riesgo.
Pero la vida se encargó de ir desmontando sus defensas, una a una, sin que ella pudiera hacer mucho por evitarlo.
Empezó a fijarse en cosas que antes ni veía: la paciencia con la que Víctor enrollaba los cables del bajo antes de irse, cómo nunca alzaba la voz aunque llevara el cansancio metido en la cara, y sobre todo esa forma tranquila que tenía de mirarla.
Nadie se había parado nunca a observarla así, sin prisa por arreglarla ni por juzgarla.
Como si su carácter duro y su pasado desordenado fueran, simplemente, parte de ella, y él no tuviera ninguna necesidad de arrancárselos a la fuerza.
Las noches entre semana se volvieron una costumbre sin que nadie la anunciara.
Víctor aparecía sobre las once, pedía su jarra, y a partir de la una, cuando ya no quedaba nadie más en el local, se quedaba apoyado en la barra sin necesidad de que ella se lo pidiera.
A veces hablaban de música; otras, de nada en concreto, y el silencio no resultaba incómodo entre ellos, cosa que a Laura, hasta entonces, le costaba creer que fuera posible con alguien.
Elena fue la primera en darse cuenta. Una mañana, mientras colocaba los limones en el fregadero, soltó un comentario a media voz, sin levantar la vista: "El peludo ese lleva una semana entera cerrando contigo, ¿lo sabes?
". Laura se limitó a encogerse de hombros y a seguir contando el cambio, pero se le escapó una sonrisa pequeña que Elena no dejó pasar, aunque tuvo la decencia de no decir nada más.
Un martes, con el local ya a oscuras y solo la bombilla de filamento sobre el fregadero encendida, Víctor se quedó ayudándola a limpiar los filtros de la cafetera industrial.
No hacía falta que se quedara; podría haberse ido con los demás cuando echaron el cierre.
Pero cogió un trapo sin que nadie se lo pidiera y empezó a desmontar piezas como si llevara toda la vida haciéndolo.
Tenía las manos grandes, llenas de grasa incrustada en los pliegues de los nudillos, pero las movía entre las piezas de latón con una destreza que sorprendía, como si supiera exactamente dónde apretar y dónde no forzar nada.
—Tienes la junta completamente gastada —dijo, sosteniendo el repuesto metálico contra la luz—. Como no la cambies antes del fin de semana, te va a empezar a salir vapor por los laterales y te vas a quedar sin cafetera en pleno sábado.
—Ese repuesto cuesta un dineral, y el servicio oficial tarda una semana en mandarlo desde Oviedo —respondió ella desde el otro lado de la barra, secando unos vasos con un trapo que ya llevaba un buen rato entre sus manos, más por tener algo que hacer que por necesidad.
—Mañana te traigo uno que rescaté de un taller de Noreña. Aguanta más que esta porquería de fábrica —dijo él, sin levantar la vista de la pieza—. Solo hay que rebajarlo medio milímetro en el torno para que encaje bien.
Laura se quedó quieta un momento, mirándole la nuca, la coleta baja, el trazo oscuro de la brújula que le asomaba bajo el pelo.
Sintió un calor extraño en el pecho, algo que no tenía nada que ver con la calefacción del local ni con el vapor de la cafetera.
Cayó en la cuenta, casi con vértigo, de que aquello no era la típica cortesía de barra de bar ni un gesto calculado.
Era otra cosa: pequeños actos, casi mudos, pensados solo para hacerle la vida un poco más fácil.
—No tienes por qué hacer estas cosas, Víctor —murmuró, con la voz un poco más rota de lo que hubiera querido.
Él dejó la pieza sobre la barra, se giró despacio y apoyó los antebrazos en la madera, acortando la distancia entre los dos. Tenía los ojos oscuros clavados en los de ella, sin ningún adorno, sin ninguna intención de disimular nada.
—No lo hago por el oficio, Laura —dijo, con esa voz grave que apenas rebotaba contra las paredes de piedra—. Lo hago porque no soporto verte cargar con todo tú sola.
El aire entre los dos se volvió espeso de golpe.
Laura notó cómo las defensas que había tardado años en levantar empezaban a resquebrajarse por la base, sin que ella pudiera hacer nada por sujetarlas.
No hicieron falta frases grandes ni promesas de futuro.
Solo estaba el peso de algo que ya no tenía sentido seguir disimulando.
Ella dio dos pasos hacia delante, dejó atrás la última barrera del mostrador y levantó la mano para rozarle con la yema de los dedos la mandíbula, justo donde la barba de tres días se volvía más áspera.
Víctor cerró los ojos un segundo ante el contacto, inclinando la cara hacia su palma casi sin darse cuenta, antes de atraparle la mano y besarle los nudillos con una calma que a ella le cortó la respiración.
En aquel silencio, entre la penumbra y el olor a tabaco frío que se había quedado pegado a las paredes del local, los dos supieron, sin necesidad de decirlo, que ya estaban cayendo en el mismo sitio.
Ninguno de los dos se movió durante un buen rato.
Laura seguía con la mano prisionera entre las de él, y él seguía sin soltarla, como si temiera que soltarla fuera a romper algo que aún no tenía nombre.
Al final fue ella quien recuperó la mano, despacio, no porque quisiera apartarse, sino porque necesitaba volver a respirar con normalidad antes de decir cualquier cosa.
—Vete a dormir, peludo —dijo al fin, con la voz todavía un poco temblorosa, aunque el tono intentaba sonar como siempre—. Mañana madrugas en el taller.
—Mañana te traigo la junta —contestó él, cogiendo la chaqueta del respaldo del taburete sin dejar de mirarla.
No hubo despedida larga ni promesas dichas en voz alta.
Víctor cruzó la puerta lateral y salió a la calle, donde el orbayu seguía cayendo sobre Lugones, ajeno a todo lo que acababa de pasar dentro.
Laura se quedó un momento apoyada en la barra, con la mano todavía tibia, mirando la puerta por la que él acababa de irse.
Dentro, el Jala guardaba ese instante como guardaba tantos otros: sin testigos, sin prisa, con la certeza tranquila de que algunas cosas, una vez empiezan, ya no hay forma de pararlas.