La rendija en el granito
Con el paso de las semanas, la distancia que Laura ponía siempre entre ella y sus clientes empezó a agrietarse, y solo en el extremo de la barra donde se sentaba Víctor.
No eran grandes gestos ni conversaciones forzadas: pasaba en esa franja rara del final de la madrugada, cuando Luisma y Elena ya habían recogido los vasos, los focos bajaban a la mitad y el ruido de la calle quedaba fuera, detrás del pestillo.
Víctor nunca tenía prisa por volver a su buhardilla.
Esperaba con calma a que el pub se fuera apagando mientras Laura cuadraba la caja o limpiaba los grifos de cerveza con esa manía suya de dejarlo todo impecable.
Al principio apenas cruzaban algún comentario sobre la humedad de Lugones, la avería de turno en el taller o los discos de thrash y rock clásico que sonaban de fondo.
Pero esas horas silenciosas, repetidas noche tras noche, se convirtieron en una rutina propia, casi un refugio dentro del refugio.
Laura fue descubriendo que detrás de aquel cuerpo grande, de los nudillos oscurecidos por el aceite y la tinta en la piel, no había ni rastro de la chulería ni del egoísmo con los que se había tropezado tantas veces.
Al contrario: encontró una franqueza sencilla, sin dobleces.
Víctor escuchaba de verdad, sin cortarla y sin ponerse a arreglarle la vida con soluciones fáciles.
Hablaban de lo duro que era sostener un negocio pequeño, de las horas apretando tuercas bajo los chasis, de discos descatalogados que se pasaban en casetes gastados.
Por primera vez desde que llevaba el bar sola, Laura notó que podía respirar sin tener la guardia siempre en alto. La desconfianza que se había construido como coraza después de lo de Iván empezaba a ceder terreno, casi sin que ella quisiera, ante la calma tranquila de aquel mecánico callado.
Una de esas madrugadas, con el orbayu golpeando los cristales de la fachada, Víctor apartó la jarra vacía y se inclinó un poco hacia delante.
—Laura, llevo días dándole vueltas a una cosa —empezó, con esa voz grave suya que no tenía prisa por nada.
Ella dejó la bayeta quieta sobre la madera y lo miró de reojo, entre curiosa y con cautela.
—Dime, peludo. A ver con qué me sales ahora —contestó, apoyando los codos en el mostrador.
—El grupo está sonando bien. Llevamos semanas metidos en el local de Siero, puliendo los temas nuevos hasta que encajan —dijo Víctor, muy serio—. Déjanos tocar aquí. En el Jala.
La reacción de Laura fue inmediata. Se le tensó la mandíbula y por un momento pareció que la coraza que tenía guardada iba a volver de golpe.
—Víctor, sabes de sobra cómo funciona esto —respondió cortante, enderezándose—.
No quiero líos de grupos locales montando numeritos en mi bar.
Siempre acaba pasando lo mismo: problemas con el volumen, amplis pegados a la pared, algún conocido pidiendo copas gratis.
No voy a arriesgar la licencia ni la tranquilidad de este sitio por una noche de ruido.
—No va a ser así —la cortó él, sin bajar la mirada—.
Conozco las normas de esta casa mejor que nadie.
Llenaremos el local, pero con gente que respeta la música y el espacio.
No queremos ni un euro de la caja, con unas cervezas frías nos vale, y nos ajustamos a lo que tú digas. Y si algo se rompe, respondo yo.
Laura se quedó callada un momento. Le miró la mandíbula, el brillo tranquilo de los ojos, sin rastro de soberbia. Sabía que Víctor no daba su palabra a la ligera.
—De acuerdo —cedió, soltando un suspiro—. Escribimos unas normas para los directos. Pero como aparezca un solo ampli fuera de sitio o alguien se salte una regla, te pongo a limpiar las tuberías del sótano de madrugada.
A Víctor se le escapó una sonrisa poco habitual en él.
Se levantó del taburete, rodeó la barra y se acercó lo bastante para que ella notara el olor a cuero y tabaco.
Sin decir nada, despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse si quería, le levantó la barbilla con los dedos y la besó, largo y tranquilo.
Laura cerró los ojos y dejó que aquel beso se llevara los últimos recelos que le quedaban. Sellaron el trato ahí, en la penumbra del pub, sabiendo los dos que abrir esa puerta ya no tenía vuelta atrás.