de Barro y Cadenas El taller y la sombra del desguace
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El taller y la sombra del desguace

El olor a gasóleo quemado, a estopa y a aceite usado era parte del taller de Don Francisco, un espacio amplio y algo desvencijado en los márgenes del polígono de Lugones.

Las herramientas colgaban de paneles de madera oscura con sus siluetas pintadas en blanco, y el suelo de cemento acumulaba manchas de años que ya no salían con nada.

Víctor dejó caer la llave inglesa sobre la mesa de trabajo con un golpe seco.

Con casi dos metros de altura, su figura destacaba entre los elevadores y los bancos de trabajo.

Tenía los nudillos oscurecidos por la grasa incrustada y el sudor le bajaba frío por la nuca, empapándole la raíz del pelo largo.

Se pasó el antebrazo por la frente para secarse, casi sin pensarlo.

A un lado de la cabeza, rapada por los lados, llevaba tatuado el Vegvísir, la brújula vikinga, con la línea todavía firme sobre la piel curtida.

Al otro, en la sien izquierda, los cuatro ases de la baraja francesa empezaban a difuminarse bajo la roña de ocho horas metido en motores de moto antiguos y ejes de tractor.

Pero el taller era mucho más que un sitio donde trabajar.

Para Víctor, Don Francisco era el padre que nunca había tenido: el que lo recogió de la calle cuando su vida iba cuesta abajo sin frenos, y le dio un techo, un oficio y una disciplina de hierro a base de llave inglesa y paciencia.

Entre los dos, en horas muertas y fines de semana enteros, habían rescatado de un desguace cercano un chasis oxidado y lo habían devuelto a la vida a fuerza de sudor y piezas recuperadas.

Ahora esa Honda Magna descansaba en el rincón como la pieza más valiosa del taller.

—Víctor, recoge el foso y echa la persiana, que ya vamos tarde —gritó Don Francisco desde la oficina acristalada, sin levantar la vista de las facturas.

Víctor no contestó enseguida. Se limitó a asentir y coger un trapo con disolvente para frotarse las manos.

Fuera, Lugones empezaba a cubrirse de esa bruma húmeda de atardecer en la que el orbayu parece flotar antes de decidirse a calar hasta los huesos.

Tenía el cuerpo molido, las lumbares entumecidas de pasar el día encorvado sobre los chasis, y la cabeza puesta en un solo sitio: el Jala.

Se quitó el mono azul y dejó a la vista una camiseta desgastada de Kreator, con los bordes deshilachados de tanto uso. Se puso la chaqueta de cuero, llena de remaches y parches cosidos a mano, y salió a la calle.

Caminó con zancadas largas, dejando atrás el ruido de los pistones y el polígono. El Jala no era solo el bar al que iba a tomarse algo después del trabajo: era el único sitio del pueblo donde de verdad encajaba.

Al empujar la puerta de madera, le llegó de golpe el chirrido conocido de las bisagras y todo lo demás: olor a cerveza derramada, a tabaco, al cuero sintético de los taburetes. De los altavoces salía una melodía densa y oscura que flotaba entre las paredes.

Laura estaba al otro extremo de la barra.

Con la camisa negra entallada y el pelo azabache cayéndole sobre los hombros, movía jarras y botellas con precisión. El trazo negro del delineador le marcaba unos ojos serios, distantes, que raras veces daban tregua a nadie. Tenía algo entre elegante y a la defensiva en la forma de moverse.

Víctor esquivó a un par de clientes en la entrada y fue a su sitio de siempre, al final de la barra.

—Una jarra —pidió, con la voz grave y algo áspera por el polvo del taller.

Laura levantó la vista, reconoció su voz sin necesidad de girarse del todo y dejó la bayeta sobre la madera. Cogió una jarra fría del congelador, la puso bajo el grifo y dejó que la espuma subiera justo hasta el borde antes de deslizarla hacia él.

—Vienes tarde hoy, peludo. Pensé que te habías quedado dormido debajo de alguna culata —dijo, apoyando las manos en la barra, sin acercarse del todo.

—Se me atascó el embrague de una Guzzi que no soltaba el eje —contestó él, dando un trago largo—. Y ya sabes que aquí nunca me pierdo la última ronda.

Al fondo, Luisma cambiaba un cenicero mientras sonaba un tema viejo de rock pesado. El ambiente era tranquilo, pero a Víctor no se le escapó la tensión que Laura llevaba en los hombros.

—¿Jaleo con las cuentas hoy? —preguntó en voz baja, viendo cómo ella evitaba mirar hacia la caja.

—Lo de siempre —dijo Laura secamente, con la vista puesta en los botelleros—. Proveedores que quieren cobrar al contado y la luz que sube otra vez. Pero el bar sigue abierto, que es lo que importa.

Víctor asintió despacio, con los dedos todavía alrededor del cristal frío de la jarra. La miraba de reojo: el perfil de su mandíbula, el modo en que se mordía el labio sin darse cuenta cuando pensaba que nadie la veía.