de Barro y Cadenas Las cenizas del Bar Jala
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de Barro y Cadenas

Por M.A. Fernndez Fernndez

© inepub.com

Las cenizas del Bar Jala

Las persianas metálicas del Jala subían cada tarde con el mismo chirrido pesado, un lamento que retumbaba en el callejón y se colaba en las casas vecinas como un despertador que nadie había pedido.

Para Laura no era solo la hora de abrir el pub.

Era el aviso de que la tregua del día se había acabado y tocaba ponerse otra vez la coraza.

Lugones, a finales de septiembre, olía a chimenea y a lluvia fina, con ese vapor gélido que se pegaba a los escaparates antes de que encendieran las farolas.

Dentro del Jala el ambiente cambiaba por completo: madera vieja, cerveza que llevaba décadas impregnada en las vigas, cera de lustrar el suelo de roble y una humedad terca que subía desde los cimientos de piedra de la trastienda, que ninguna calefacción conseguía vencer del todo.

Laura dejó caer las llaves sobre la barra. Apoyó las palmas en la madera pulida y cerró los ojos un momento, ahí de pie en la penumbra, antes de encender nada. Necesitaba ese segundo para vaciar la cabeza.

Seis meses antes, aquel mismo local había sido un campo de batalla.

Mirar las paredes de piedra todavía le recordaba lo tonta que había sido.

Se había dejado arrastrar por Iván, por la promesa de un futuro juntos y por su labia de siempre, y había hecho la mayor estupidez de su vida: vaciar sus ahorros, hipotecar su piso de El Berrón y, lo peor de todo, convencer a sus padres para que hipotecaran el suyo en Oviedo.

Todo para montar el bar de sus sueños, para comprarle a Iván el equipo de sonido que quería, para sostener un negocio que él terminó tratando como su patio de recreo.

Mientras ella se dejaba la piel con las facturas, él se rodeaba de amigos de la escena musical que no eran amigos de nadie, se bebía los beneficios en noches que no acababan nunca y acumulaba créditos que ahora pagaba ella sola.

Cuando ya no hubo forma de sostenerlo y el banco empezó a hablar de embargo y de que sus padres podían acabar en la calle, Iván metió el equipo en una furgoneta prestada un domingo de madrugada, dejó la llave bajo el felpudo y desapareció sin despedirse.

A Laura la dejó al borde del abismo con una deuda que no era ni siquiera del todo suya.

Fue entonces cuando la chica confiada y enamorada se quedó atrás para dejar sitio a otra.

Sin nadie que la ayudara, con el agua al cuello y el miedo a ver a su familia en la calle, Laura se hizo cargo del Jala por completo.

Metía catorce horas al día detrás de la barra, recortaba de donde fuera y aguantaba los turnos que hicieran falta con tal de ir tapando los agujeros que había dejado su ex.

—Sigues teniendo esa costumbre de hablar con las sombras antes de encender la luz, jefa —dijo una voz áspera desde la puerta de servicio.

Elena entró cargando una caja de limones y un paquete de trapos limpios.

Llevaba el pelo en una coleta que se le había despeinado por el camino, y se quitó la chaqueta de punto en cuanto notó el calor estancado de la barra.

Detrás iba Luisma, con una caja de herramientas de plástico rojo ya descolorido; saludó a Laura con un gesto de cabeza y siguió de largo hacia el pasillo de los aseos.

—Voy a mirar el latiguillo del baño de mujeres —dijo Luisma sin volverse—. Anoche volvió a tirar agua. Como no lo arreglemos hoy, mañana tenemos piscina en el pasillo.

—Gracias, Luisma —contestó Laura, girando el interruptor de los apliques de la barra. La luz ámbar recortó las botellas en los estantes—. El fontanero del seguro me ha escrito que hasta el lunes no tiene hueco. Como si las tuberías rotas entendieran de fines de semana.

—Ese del seguro es un sinvergüenza de cuidado —soltó Elena, dejando los limones en el fregadero y empezando a secar las jarras que se habían quedado del lavavajillas—.

Si tuviéramos que fiarnos de los técnicos de este concejo, esto llevaría cerrado desde mayo.

Por cierto, ¿cómo estás de verdad? Tienes unas ojeras que te llegan a la barbilla.

Seguro que no has dormido ni tres horas seguidas.

—He dormido lo que tenía que dormir —mintió Laura, abriendo la caja registradora para colocar el cambio.

—A mí no me vendas la moto, Laura —insistió Elena, apoyando los codos en la madera—. Te pasas las noches dando vueltas por el piso de arriba como un alma en pena. Y sé que la carta del juzgado llegó ayer. Me lo dijo el cartero cuando coincidimos comprando el pan.

Laura apretó los dientes con tanta fuerza que le crujió la mandíbula, pero no dejó de contar billetes. Los ordenó de diez en diez con una precisión casi obsesiva antes de guardarlos en su ranura.

—Es la notificación del embargo de la maquinaria de cocina.

Iván la sacó a crédito con mis datos —dijo por fin, con una voz demasiado plana para lo que estaba contando—.

Ya hablé con el abogado esta semana. Si conseguimos reunir un tercio de la deuda antes del quince del mes que viene, paran la ejecución y me dejan refinanciar el resto en dos años.

—¿Y de dónde vas a sacar ese tercio en unas semanas? —preguntó Elena, con espanto de verdad en la cara.

—De la barra, Elena. De dónde va a ser. Apretando los fines de semana, alargando el cierre un par de horas los viernes y controlando el stock, llegamos.

—Laura, te lo digo en serio: no puedes trabajar catorce horas los siete días de la semana. Tu cuerpo va a decir basta. Te vas a romper.

—No me voy a romper —dijo Laura, levantando por fin la vista.

Tenía los ojos oscuros, marcados con un trazo firme de delineador, y en ellos no había cansancio: había un orgullo duro, casi terco—.

Ese imbécil se largó con el dinero, me destrozó la cabeza, puso en peligro el piso de mis padres y me dejó deudas que ni siquiera son mías del todo.

Pero este suelo está a mi nombre y las licencias las pagué yo, a base de sudor.

Antes muerta detrás de esta barra que perder las dos casas y cerrar.

Elena la miró en silencio un buen rato. Sabía que discutir con Laura cuando se ponía así era perder el tiempo. Llevaban una década viviendo juntas, y había visto cómo aquel carácter abierto y confiado se iba cerrando capa a capa, a medida que las trampas de Iván le comían la juventud.

Para no dar explicaciones a nadie ni cruzarse con miradas de lástima por las calles de Lugones, Laura no se había limitado a cambiar de actitud: había cambiado el bar entero.

Quitó la decoración de tasca asturiana, los carteles de toros que arrastraba el local desde siempre.

Pintó los techos de blanco, las paredes de un gris ceniza, colgó cortinas de terciopelo oscuro para tapar la vista desde el callejón y cambió la música por post-punk británico, rock gótico y todo lo oscuro de los ochenta.

El Jala dejó de ser el bar de paso donde la gente iba a tomarse un vino peleón y se convirtió en otra cosa: un refugio para ella, sí, pero también para una clientela nocturna que buscaba penumbra, anonimato y que nadie les juzgara. Cosas que un bar normal no ofrecía.

—Voy a poner la cafetera —dijo Elena al final, dando la conversación por zanjada—. Si necesitas que me quede a ayudar a Luisma con el cierre esta noche, dímelo y me retraso.

—No hace falta, de verdad. El jueves es tranquilo. A la una tenemos la sala limpia y la caja guardada.

A las siete en punto, Laura quitó el pestillo de la puerta principal y dejó que el frío de la calle entrara en el vestíbulo.

El crepúsculo se comía Lugones deprisa. Las farolas empezaban a proyectar charcos de luz amarilla sobre las baldosas mojadas.

Enfrente, el dueño de la carnicería apagaba el letrero y bajaba la persiana con estrépito.

Todo quedaba en un silencio solo roto por algún coche a lo lejos y por el goteo perezoso de los canalones.

Laura se colocó detrás del grifo de cerveza, se ajustó el delantal negro sobre la falda y miró hacia la puerta sin esperar nada en particular.

La rutina volvía a girar. Las horas pasarían entre el vapor de la cafetera, el choque de los vasos en el fregadero y el murmullo de los cuatro o cinco clientes de siempre que buscaban refugio del frío.

No había sorpresas a la vista. Solo el trabajo, las cuentas pendientes y la necesidad de aguantar un día más de pie.