Cuneta León. Calle Ordoño II, casa de Hugo Setién. Miércoles, 2230.
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León. Calle Ordoño II, casa de Hugo Setién. Miércoles, 2230.

Eider llegó al portal de Hugo a las diez y media de la noche del miércoles, después de un día largo de comparecencias en el juzgado central de Madrid por el segundo caso, el del ingeniero.

Joaquín Berriobeña, el hombre del anorak negro y la gorra, había sido detenido el sábado en Carabanchel y procesado el lunes por la mañana.

Sastre Olmedo había declarado por segunda vez el martes y había confirmado a Berriobeña como autor material de la cuchillada.

La causa, abierta y compleja, iba a quedar en manos de la fiscalía de Madrid.

Eider y Cardeñosa, esa misma tarde, habían vuelto a León con el atestado del traslado del cuerpo, la única parte que correspondía a la jurisdicción leonesa, cerrado.

Eider subió al cuarto. Hugo le abrió con vaqueros y un jersey gris.

— Aristegui.

— Setién.

— ¿Comes?

— He picado en el AVE.

— ¿Te cocino algo?

— Una sopa. Si tienes.

— Tengo de calabaza, de la mañana.

— Vale.

Hugo le calentó la sopa. Eider se duchó.

Se puso una camiseta vieja de Hugo y unas medias de algodón.

Cenaron en el sofá del salón, ella con la sopa en una bandeja, él con un yogur.

Hugo había preparado una serie nórdica nueva, decía, una mejor que la del fin de semana anterior.

Eider se rió. Le dijo que mejor que la del fin de semana anterior no era difícil. Hugo le dio al play.

A las once menos veinte, Eider tenía los ojos cerrados.

A las once y diez, dormida.

A las once y cuarto, Hugo apagó el televisor. La tapó con la manta de cuadros que llevaba en el sofá desde hacía años. Le dejó el vaso de agua y la lamparilla del salón encendida. Se fue al dormitorio.

A las dos de la madrugada, Eider abrió los ojos.

La sala estaba a oscuras. La manta le pesaba.

Se incorporó. Fue al baño. Se lavó la cara.

Miró su cara en el espejo. Cuarenta y cuatro años.

La cicatriz pequeña en la ceja derecha, la del dos mil diecisiete, una caída en una intervención no heroica.

Las ojeras que el fin de semana en Pamplona no había llegado a borrar.

Volvió al salón. Se quedó un minuto delante de la puerta del dormitorio sin abrir. Después abrió.

Hugo estaba despierto, leyendo una novela con la lamparilla.

— ¿Te apetece un cigarro? — preguntó Eider.

— No fumo.

— Yo sí.

Salió al balcón en camiseta. La calle Ordoño II estaba vacía.

Una pareja paseaba dos perros pequeños. Lluvia fina.

Eider encendió un Marlboro. Lo fumó despacio.

Apoyada en la barandilla del balcón, con la camiseta vieja de Hugo y las medias de algodón.

La camiseta ponía algo en la espalda en letras descoloridas, una marca de cerveza alemana de cuando Hugo tenía treinta años.

A medio cigarro, Hugo apareció en la puerta del balcón con una sudadera y los pies descalzos.

— Aristegui.

— ¿Sí?

— Te traigo una manta.

— Gracias.

Hugo le pasó la manta de cuadros por encima de los hombros. Eider terminó el cigarro. Lo apagó en el cenicero del balcón. Hugo se quedó dos pasos detrás.

— ¿Cuántos cigarros vas hoy? — preguntó.

— Cuatro.

— Bajos.

— Ha sido un día tranquilo.

— ¿Tranquilo?

— Comparado con la semana pasada.

— ¿Cómo lo llevas?

— Bien. Bien hoy.

— ¿Y mañana?

— Mañana, ya veré.

Eider se giró. Apoyó la espalda en la barandilla. Miró a Hugo de frente, con la calle iluminada detrás.

— Hugo.

— Dime.

— Llevamos dos años así.

— Dos años y cinco meses.

— ¿Y te aguanto?

— Aguantamos los dos.

— Sí.

— Eider.

— ¿Sí?

— ¿Quieres que esto cambie?

Eider se quedó callada. Miró el cenicero. La colilla apagada.

— No — dijo —. Hoy no quiero que cambie.

— Vale.

— ¿Y tú?

— Yo cuando quieras.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Yo, ahora mismo, no puedo más.

— Lo sé.

— Me estoy pidiendo dos casos a la vez para no pensar en mi madre.

Y la semana que viene me toca subir a Pamplona otra vez para hablar con la residencia de un cambio que me han pedido.

Y mi hija. Y el piso de Oñati. Y... — se detuvo —.

Y tú no eres una cosa más en la lista. Eso no te lo estoy diciendo.

Lo que te estoy diciendo es que no me da hoy.

— Eider.

— ¿Sí?

— A mí me vale.

— ¿De verdad?

— De verdad. Yo tengo a Mateo, a Lola, a la guardia los miércoles, a un despacho que va, a una madre en Soto del Real que también está como está. Tengo lo mío. Tú tienes lo tuyo. Y luego, esto.

— Esto.

— Lo nuestro.

— Lo nuestro.

— A mí me vale.

Eider asintió. Después rió bajito.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Si en algún momento quieres más, dímelo. Y si no, no me lo digas.

— Vale.

Hugo se acercó. Le pasó un brazo por la cintura. Eider apoyó la cabeza en el hombro de él. La manta pesaba más con dos cuerpos debajo. La calle Ordoño II seguía vacía. La pareja de los dos perros pequeños había dado la vuelta a la manzana y volvía por la acera de enfrente.

— ¿Entras? — preguntó Hugo.

— Entro.

Cerraron el balcón. Pasaron al dormitorio. Eider se metió en la cama. Hugo se metió en la cama. La lamparilla seguía encendida.

— ¿Apago? — preguntó él.

— Apaga.

Hugo apagó. Eider se quedó cinco minutos boca arriba mirando el techo. Después se giró sobre el costado izquierdo. Hugo le pasó el brazo por la cintura. Eider le agarró la mano con las dos suyas.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Te quiero.

Lo dijo en voz baja, sin acento, sin preámbulo. La primera vez en dos años y cinco meses que se lo decía con esas dos palabras en ese orden. No le tembló la voz porque estaba demasiado cansada para que le temblara.

Hugo no contestó enseguida. Tardó como diez segundos. Después le apretó la mano una vez.

— Y yo, Aristegui.

— Vale.

— Vale.

Eider cerró los ojos. Tardó tres minutos en dormirse.

A las siete y media sonó el despertador del móvil.

Eider lo apagó al primer aviso. Se quedó dos minutos más con la cabeza apoyada en la almohada.

Después se levantó. Se duchó. Se puso ropa limpia que dejaba siempre un cajón en el armario de Hugo.

Hizo café. Hugo se levantó cuando ella estaba a la mitad del café. Le dio un beso en la sien.

— ¿Cuándo vuelves? — preguntó él.

— A las siete.

— ¿Aquí?

— Aquí.

— Vale.

A las nueve menos cuarto, Eider salió del portal de Ordoño II. La calle estaba mojada otra vez. Caminó hasta Villa Benavente.

A las nueve y cinco entró en su despacho. Había sobre la mesa una bolsa de papel marrón. Quintanilla había bajado a la cafetería del puente y le había traído un café y un pincho de tortilla. Eider sonrió. Quintanilla aprendía rápido.

A las nueve y cuarto, Cardeñosa entró con dos folios.

— Jefa.

— Dime.

— La fiscal Antón ha cerrado la calificación del caso Cembranos. Homicidio del ciento treinta y ocho con atenuante de confesión y reparación parcial. Solicitará entre doce y catorce años en juicio. La defensa de Llamosa va a ir por la libertad provisional a los dos años con permisos. No le saldrá.

— No le saldrá.

— Y otra. Maite Aller, la mujer de Bruno Quevedo, ha presentado demanda de divorcio en el juzgado de familia.

— Bien por ella.

— Y la clínica dental de Padre Isla la ha traspasado a una compañera de profesión. La compañera se llama Olalla Marcos, tiene treinta y nueve años, llevaba ocho años de empleada. Le va a pagar a plazos en cuatro años.

— ¿Y Aitor?

— Aitor, según Folgueras, sigue entrenando con el filial. Ha salido convocado el sábado. Va a jugar quince minutos en Astorga.

— Vale.

— Jefa.

— ¿Sí?

— Esto ya no es nuestro.

— Lo sé.

— ¿Lo cerramos?

— Lo cerramos.

Cardeñosa salió. Eider cogió el atestado. Le puso el sello del registro de salida final. Lo dejó en la bandeja del expediente cerrado.

A las diez y media le llamó Bedoya por el fijo del despacho. Era una llamada corta.

— Aristegui.

— Bedoya.

— Te aviso, jubilación oficial el quince de noviembre. Café conmigo el catorce.

— Apuntado.

— Tarta tú la traes.

— Yo la traigo.

A las once entró Albadalejo en el despacho. Dejó sobre la mesa una carpeta gris.

— Aristegui.

— Paco.

— Caso nuevo.

— ¿Ya?

— Una mujer de cincuenta y dos años, anestesista del Hospital de León, ha denunciado anoche el comportamiento extraño del marido. El marido ha desaparecido esta mañana del trabajo en la oficina técnica de la subdelegación.

— ¿La oficina técnica de la subdelegación?

— Sí. Por eso me llaman a mí. Es funcionariado. Quieren que esto lo lleve nuestra brigada y no Atestados.

— ¿Tú?

— Yo te lo paso a ti, Aristegui.

— ¿Y por qué a mí?

— Porque tú llevas dos casos cerrados en una semana. Y porque a ti te pongo cualquier cosa rara y la sacas adelante.

— Anda ya, Paco.

— Anda ya, Aristegui. Léelo. A las dos te paso la mujer.

— A las dos.

Albadalejo salió. Eider abrió la carpeta. Una fotografía de pasaporte de un hombre de cincuenta, calvo, gafas de pasta. Una nota en un folio con tres datos: nombre, dirección, hora de la última señal del móvil.

Eider miró la fotografía un segundo. Después la dejó sobre el escritorio y se levantó.

Se asomó a la sala de reuniones. Quintanilla, Cardeñosa y Folgueras estaban junto al corcho desmontando los últimos restos del caso Cembranos.

La fotografía de Naia ya no estaba. La fotografía de Tapia ya no estaba.

El esquema de la nave veintidós, recogido. El listado de cámaras, archivado.

— Equipo.

— Jefa.

— Caso nuevo.

— ¿Ya?

— Ya. Quintanilla, primera triangulación. Folgueras, primera ronda en la oficina técnica. Cardeñosa, ficha del marido en archivo.

— Recibido.

Eider entró otra vez en el despacho. Encendió el ordenador. Abrió el expediente. Leyó las dos primeras páginas.

A la una llamó a Hugo.

— Setién.

— Aristegui.

— A las siete no llego.

— ¿Cuánto?

— Las nueve.

— Te espero.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Por si acaso. Si llego a las diez tampoco te enfades.

— No me voy a enfadar, Aristegui.

— Vale.

Colgó. A las dos entró por la puerta del despacho una mujer de cincuenta y dos años, anestesista del Hospital de León. Llevaba un anorak azul oscuro y un bolso negro. Se sentó. Eider la dejó hablar.

A las cuatro Eider salió al patio interior. Encendió un Marlboro. La lluvia había parado. La palmera enana resistía. Eider apoyó la espalda en la pared del patio y fumó despacio.

Apareció Cardeñosa con dos cafés.

— Jefa.

— Cardeñosa.

— ¿Cómo está la anestesista?

— Asustada.

— ¿El marido se ha ido o se lo han llevado?

— Yo creo que se ha ido. Pero hay que verlo.

— ¿Polígono?

Eider lo miró.

— Otra vez no, espero.

— Otra vez no.

Sonrieron los dos.

— Cardeñosa.

— ¿Sí?

— ¿Tú estás bien?

— Estoy bien, jefa.

— ¿Marta?

— Marta bien.

— ¿Niños?

— Niños bien.

— ¿Tu madre?

— Mi madre, regular.

— Ya.

— ¿La tuya?

— Igual.

Se quedaron un minuto en silencio. Solo el ruido de los neumáticos de los coches sobre el asfalto mojado fuera del patio interior.

— Cardeñosa.

— ¿Sí?

— Vamos a por el siguiente.

— Vamos.

Eider apagó el cigarro. Subieron por la escalera.

En el rellano de la primera planta, sentada en la silla del pasillo, había una mujer de unos sesenta años con un abrigo verde botella.

La misma de la otra vez. La que llevaba semanas viniendo todos los viernes a preguntar por el chico de Mansilla.

Hoy era jueves, no viernes. Había cambiado el día.

La mujer no levantó la cabeza. Eider tampoco.

Pasaron de largo.