Cuneta León. Ayuntamiento, oficina de Licencias. Lunes, 0915.
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León. Ayuntamiento, oficina de Licencias. Lunes, 0915.

Begoña Cembranos Robles, cuarenta y siete años, auxiliar administrativa, llevaba doce años trabajando en la oficina de Licencias del Ayuntamiento de León, en la planta baja del edificio anexo de la plaza de San Marcelo.

Había pedido dos semanas de baja por la muerte de su hija.

El miércoles, una semana después del entierro, había vuelto antes de tiempo.

La jefa de servicio le había dicho dos veces que podía cogerse otra semana.

Begoña había dicho que prefería volver. Que en casa no aguantaba.

El lunes a las nueve y cuarto entró en la oficina con el abrigo verde botella mojado por los hombros. La compañera de la mesa de al lado, Pilar, le dejó un café cortado sobre la mesa sin decir nada. Begoña le dio las gracias con la cabeza. Encendió el ordenador. Abrió el primer expediente del día.

Era una solicitud de licencia para una reforma menor en un local de la calle Cervantes.

La solicitante era una mujer joven que iba a abrir una papelería.

El expediente tenía siete páginas. Begoña leyó la primera.

Una tabla con datos catastrales. Subrayó dos líneas con el bolígrafo.

Pasó a la segunda página. La memoria técnica de la reforma.

Tres apartados. Begoña los leyó por encima.

Se quedó parada en la mitad del segundo apartado.

Cerró los ojos.

Volvió a abrirlos. Releyó el segundo apartado.

No entendía nada. Las palabras eran palabras que conocía desde hacía doce años.

Memoria descriptiva. Cumplimiento del CTE.

Ventilación. Accesibilidad. Las palabras estaban en su sitio.

Pero al unirse, la frase se le iba. Como si le hubieran quitado los conectores entre las palabras.

Begoña apoyó las dos manos en el ratón y en el teclado. Miró por la ventana. La ventana de la oficina daba al patio interior del edificio anexo, un patio rectangular gris con dos coches camuflados aparcados de cualquier manera y una palmera enana.

A las diez menos veinte, la jefa de servicio, Conchi Pérez, una mujer de unos sesenta años, pelo gris muy corto, salió de su despacho y se asomó a la puerta de la oficina común. Le hizo una seña a Begoña. Begoña se levantó. Entró al despacho. Conchi cerró la puerta.

— Begoña, hija.

— Conchi.

— Ven, siéntate.

— Estoy bien.

— Begoña, hija, tú no estás bien. Y ya está. Eso no se discute.

Begoña se sentó. Las manos sobre el regazo.

— Mira — dijo Conchi —. Tú vuelves cuando vuelves. Si vuelves hoy y mañana ves que no, te vas a casa otra vez. Yo no te voy a llamar para que vuelvas. Yo te voy a llamar para preguntarte cómo estás. ¿Vale?

— Vale.

— Y otra cosa. Si te quedas hoy aquí, no abres expedientes. Hoy revisas archivo. Te llevas tres carpetas del archivero, te las pones sobre la mesa, las hojeas. No firmas nada.

— Conchi.

— ¿Sí?

— Yo prefiero abrir expedientes.

— Te puedes equivocar.

— Lo sé.

— Begoña.

— Lo sé. No firmo. Pero abro. Si abro, parece que estoy aquí.

Conchi la miró un segundo. Después asintió.

— Vale. Pero si necesitas, sales y te tomas un café. Y si necesitas más, te vas. ¿Me lo prometes?

— Sí.

— Pues hala.

Begoña salió del despacho. Volvió a su mesa. Se sentó. Releyó el expediente desde el principio. Los datos catastrales. La memoria técnica. El plano de planta. La página del cumplimiento del CTE. La firma del aparejador. Los anexos. La hoja de pago de la tasa.

A media página del segundo intento, Begoña empezó a llorar despacio, sin ruido.

Le caía una lágrima en la mano que descansaba sobre el ratón.

Después otra. Se las limpió con el dorso de la otra mano.

Siguió leyendo. Cuando terminó la página, marcó con el bolígrafo dos cosas que faltaban en el expediente.

Un certificado de instalador eléctrico. La declaración de inicio de obra.

Apuntó las dos cosas en una hoja amarilla pequeña que pegó al expediente.

Conchi cerró la puerta del despacho desde fuera para darle intimidad.

A las once menos cuarto, Begoña se levantó.

Bajó a la cafetería del edificio anexo. Se compró un café cortado y un cruasán.

Se sentó en una mesa al lado de la pared.

Comió el cruasán muy despacio. Bebió el café.

La cafetería estaba medio llena. Todo el mundo la miraba como si no la mirara.

Eso ya lo había aprendido en los últimos diez días.

A las once y cuarto volvió a la oficina. La compañera Pilar le había dejado dos expedientes nuevos sobre la mesa. Begoña se sentó. Abrió el primero.

A las doce, le sonó el móvil. Era un número desconocido. Begoña no lo cogió. A los dos minutos le entró un wasap del mismo número. Era una periodista de un programa de televisión nacional que pedía entrevista. Begoña borró el wasap sin contestar.

A las doce y media le sonó otra vez. La inspectora Quintanilla.

— Begoña.

— Inspectora.

— ¿Cómo está?

— En el trabajo.

— ¿Le va bien?

— Va.

— Le aviso de una cosa. Mañana van a salir en algún medio nacional una pieza sobre el caso. La Aristegui me ha dicho que la avise. Le pueden llamar.

— Ya me han llamado.

— ¿Le han molestado?

— No, ha sido una sola.

— Si vuelven a llamar, tiene este teléfono. Le mandamos a un agente al portal si hace falta.

— Vale.

— ¿Va a comer?

— Voy a comer.

— ¿Sola?

— Con mi hermana.

— Bien.

— Inspectora.

— ¿Sí?

— Gracias.

— Para eso estamos.

A las una y media salió del Ayuntamiento.

Su hermana Carmen, la de Astorga, la esperaba en la puerta.

Comieron en un menú de la calle Ruiz de Salazar.

Su hermana hablaba mucho, lo cual a Begoña no le molestaba esa semana.

Le contó cosas de Astorga, del marido, de los chicos. Begoña la escuchó sin esfuerzo.

A las cuatro volvió a la oficina. Conchi pasó por su mesa a las cinco menos cuarto y le hizo un guiño pequeño. Begoña le devolvió el gesto.

A las seis cerró el ordenador. Recogió el bolso.

Se puso el abrigo. Bajó por la escalera lateral.

En la calle de Bayón, mientras caminaba hacia el barrio del Crucero, le sonó el móvil otra vez.

Maite Aller Carrasco. La esposa de Bruno Quevedo.

Llevaba diez días sin atreverse a llamar.

Begoña miró la pantalla durante seis tonos. No descolgó. La llamada se cortó.

A los dos minutos le entró un wasap.

"Begoña, soy Maite. La mujer de Bruno. He empezado los trámites de divorcio. La clínica la voy a traspasar. He llamado para decirte que lamento profundamente lo que hizo mi marido. No espero que me contestes. No te molestaré más. Si en algún momento quieres hablar, me llamas. Mi número es este."

Begoña se quedó parada delante de un escaparate. Leyó el wasap dos veces. Lo cerró sin contestar. Lo abrió otra vez. No contestó.

A las seis y cuarto entró en su portal. Subió al tercero. Abrió la puerta. La puerta se abrió a un piso vacío y a oscuras, como llevaba abriéndose diez días. Encendió la luz del recibidor. Colgó el abrigo. Pasó al salón.

Sobre la mesa baja del salón estaba la libreta Moleskine roja que Eider Aristegui le había devuelto el viernes. Begoña la cogió. La sopesó. La abrió por una página al azar.

Era una entrada del veintidós de junio. Una hoja en la que Naia hablaba de un examen de Anatomía que había aprobado por los pelos, de Lara, de Marina, de un libro que había sacado de la biblioteca y que no le estaba gustando.

Begoña pasó la página. Veintinueve de junio. Naia hablaba de un viaje a Mallorca con sus amigas que estaban planeando para el agosto siguiente y que al final no había hecho.

Begoña pasó la página. Cinco de julio. Un día normal. Un día de chica de dieciocho años, escrito con la letra redonda y joven de Naia.

Begoña cerró la libreta. La dejó sobre la mesa baja.

Fue a la cocina. Se preparó una infusión. La bebió de pie, mirando por la ventana del balcón. La calle Cardenal Landázuri estaba con luz amarilla de farola y suelo mojado.

A las siete y cuarto le sonó el portero automático. Era Marcos, su exmarido. Begoña descolgó.

— Sube.

Marcos subió. Llevaba una bolsa de la frutería del barrio con dos peras y dos manzanas y una bolsa de plástico de la papelería con una caja pequeña de algo.

— Begoña.

— Marcos.

— ¿Has cenado?

— Voy.

— Te he traído fruta.

— Vale.

— Y esto — le tendió la bolsa de la papelería —. Lo vi el sábado en Valladolid. Pensé en ti.

Begoña abrió la caja. Era un álbum de fotos con tapas de tela gris. Vacío.

— ¿Para qué es?

— Para que metas las fotos de Naia que tienes sueltas. Tienes dos cajas en el armario. Lo sabes. Yo te lo digo porque... porque me parece que es algo que se puede hacer.

Begoña miró el álbum. Lo cerró. Asintió.

— Gracias.

Marcos entró a la cocina. Sacó dos platos.

Begoña sacó pan, queso, la fruta. Cenaron en la cocina, los dos sentados en las dos sillas plegables de siempre, hablando bajo.

Marcos le contó que su segunda mujer le había dicho que cuando Begoña quisiera, él volvía a León más a menudo.

Begoña le dijo que lo agradecía. Marcos le dijo que el chiquillo de ocho años, que era hijo suyo y de la segunda mujer, había preguntado por Naia tres veces esa semana.

Begoña asintió. Marcos lloró durante cinco minutos en la silla plegable.

Begoña le pasó un trozo de papel de cocina. No se levantó a abrazarlo.

A las nueve menos diez, Marcos se levantó. Se fue al hotel. Se hospedaba en un hotel pequeño de la calle Burgo Nuevo cuando subía a León porque la segunda mujer y él habían acordado años atrás que él no se quedaba en el piso de Cardenal Landázuri ni una sola noche.

Begoña recogió la cocina. Lavó los platos. Secó. Apagó la luz de la cocina.

A las nueve y cuarto, Begoña se sentó en el sofá del salón con el álbum vacío sobre las rodillas. No abrió el armario. No sacó las cajas de fotos. Solo se quedó con el álbum sobre las rodillas, con las dos manos encima.

A las diez encendió la televisión. Puso un programa de cocina. Lo vio sin sonido durante veinticinco minutos.

A las once menos veinte se metió en la cama. Antes de apagar la lámpara, abrió el cajón de la mesilla. Sacó un bolígrafo y una hoja de papel suelta. Apuntó tres líneas con la letra cuidadosa que tenía desde la oposición.

"Mañana: pedir cita con la psicóloga del centro de salud. Llamar al banco para pasar la cuenta de Naia a otro nombre. Llamar a la facultad para retirar las cosas del taquillón."

Apagó la luz.

A las dos de la madrugada se despertó. La habitación estaba a oscuras. La calle Cardenal Landázuri en silencio. Begoña se quedó treinta segundos sentada en la cama con los pies en el suelo, mirando hacia la puerta. Después se volvió a tumbar.

Antes de dormirse otra vez, decidió que el wasap a Maite Aller no se lo iba a contestar nunca.

No por rencor. Por economía interior. Cada cosa nueva que entraba en su vida ahora le costaba lo que antes le costaban dos.

El divorcio de Maite Aller no era cosa suya, ni la clínica de Padre Isla, ni el pésame.

Si Maite Aller necesitaba hablar con alguien, que lo hiciera con su hijo Aitor o con su psicóloga.

A las dos y veinte, Begoña se durmió otra vez.

Soñó con la cocina de la barbacoa que nunca había pisado.

Esta vez el sueño era distinto. Esta vez Naia salía de la cocina por su propio pie, con la bolsa al hombro, abría la puerta de la calle, salía a la parcela, montaba en un coche que no era el Ford Focus gris, era un coche distinto, conducido por nadie, y se iba.

Begoña se despertó a las tres y media con la luz del pasillo encendida. La había dejado encendida sin querer. Se levantó. La apagó.

A las siete y diez sonó el despertador.

Martes.

Begoña se levantó. Se vistió. Cogió el abrigo verde botella. Se fue a trabajar.

A las nueve menos veinte entró en la oficina. Pilar le dejó otro café cortado en la mesa. Conchi se asomó desde el despacho y le hizo el guiño.

Begoña abrió el primer expediente del día.