León. IML, avenida San Mamés. Jueves, 0930.
A las nueve y media, Eider entró en el edificio del Instituto de Medicina Legal por la puerta lateral.
La doctora Aurora Bedoya Ferreras la esperaba en su despacho de la segunda planta con una taza de té de jengibre y un termo.
La bicicleta de Bedoya estaba apoyada contra el radiador del pasillo, mojada de la lluvia fina.
— Aristegui.
— Bedoya.
— Siéntate.
— ¿Tapia?
— Tapia, Tapia. Una herida limpia. Es lo que te dije ayer. La hoja entró por flanco izquierdo. Ascendente. Aorta. Tres minutos como mucho. La víctima no se defendió. O no le dio tiempo, o estaba sentada y de espaldas o casi de espaldas al agresor.
— ¿Eso encaja con Sastre?
— Encaja con que Sastre apunte a otra persona y a la víctima sentada o agachada. Tú lo vas a buscar de espaldas a algo, mirando al fondo, a un papel, una bolsa, lo que fuera. Quien le clavó el cuchillo le clavó por la espalda con buena puntería.
— Pegado al hueso.
— Pegado al hueso.
Bedoya le sirvió el té.
— Aristegui.
— ¿Sí?
— ¿Cuántos años llevamos hablando aquí?
— Cinco.
— ¿Y cuántas autopsias me has visto?
— Algunas.
— Te voy a decir algo. Hay autopsias que se quedan. La de la chica del polígono se queda.
— Lo sé.
— La de Tapia, no. Esta es de las que te las quitas con el albornoz.
— ¿Y eso por qué?
— Porque Tapia es un adulto que se metió en un sitio donde no tenía que meterse. La chica era una chica de diecinueve años que aceptó un coche en plaza Mayor un viernes a las dos y veinticinco de la madrugada porque llovía. Esa es la diferencia.
— Bedoya.
— ¿Sí?
— ¿Cómo llevas la jubilación?
Bedoya soltó la taza.
— ¿Quién te ha contado eso?
— Nadie. Lo digo en general.
— A los sesenta, en cuatro semanas. Me jubilo.
— ¿En cuatro semanas?
— Sí.
— Joder, Bedoya.
— Joder, Aristegui. Ya está bien.
— ¿Y la sustitución?
— Una chica de Salamanca. Un crack. Se llama Olalla Trincado, treinta y tres. Lleva conmigo seis meses. Es buenísima. Te va a caer bien.
— ¿Y tú dónde te metes?
— Yo me meto en una casa que tengo en Galicia con una amiga. Y a la huerta.
— Bedoya.
— ¿Sí?
— Voy a echarte de menos.
Bedoya sonrió.
— Yo a ti, no.
Eider se rió.
— Eres una bruta.
— Soy forense, Aristegui. Si me hubiera ablandado no habría aguantado.
— Té buenísimo.
— Es del mercado del Conde.
A las diez menos cuarto, Eider salió del IML con el bolso al hombro y un sobre marrón con la copia del informe preliminar de Tapia. Caminó hasta Villa Benavente. La lluvia había parado.
A las diez y media entró en la sala de reuniones. Quintanilla, Folgueras y Cardeñosa estaban delante del corcho. Habían añadido una fotografía nueva, una fotografía sacada de un perfil profesional de una empresa.
— Tenemos al hombre del anorak — dijo Folgueras.
— ¿Quién es?
— Un tal Joaquín Berriobeña. Cuarenta y siete. Madrileño residente en Carabanchel. Ha trabajado para Sastre como técnico autónomo desde dos mil veintidós.
— ¿Identificado por la portera y la vecina?
— Las dos lo han marcado en una rueda fotográfica esta mañana a las nueve. La portera y la vecina del segundo. No se han equivocado.
— ¿Llamó la judicial de Madrid?
— Hace una hora. Lo van a detener esta tarde en su domicilio. Si lo cogen, mañana le toman declaración. La fiscal Antón quiere que volvamos tú y yo el viernes por la mañana.
— Vamos. Cardeñosa, cambias el billete del AVE.
— Cambiado.
— Quintanilla, redes de Berriobeña, cuentas, móvil.
— En marcha.
— Folgueras, La Lastra. ¿La mujer?
— La mujer hoy a las cinco viene aquí. Tengo que comunicarle el hallazgo y tomarle declaración formal.
— Bien. Yo bajo a las cinco. Le hablo yo.
— Recibido.
A las once y cuarto, Eider entró al despacho del comisario Alesanco. Le hizo un resumen. Alesanco escuchó. Se apretó la sien. Le dio el OK para Madrid el viernes.
A las doce, Eider bajó al despacho. Cerró la puerta.
Sacó del cajón el atestado del caso Cembranos.
Pasó las páginas una a una. Subrayó tres tecnicismos en lápiz para la calificación definitiva que la fiscal Antón pediría a Albadalejo el lunes.
Cerró la carpeta. Le puso el sello del registro de salida con la fecha del jueves veintitrés.
Caso Cembranos: cerrado en sede policial. La fiscalía haría el resto. La defensa de Llamosa intentaría reducción. La jueza Cifuentes seguiría con el procedimiento ordinario. Eider Aristegui no volvería a tocar ese caso hasta el juicio, dentro de seis u ocho meses.
Llamó a Begoña Cembranos.
— Inspectora.
— Begoña. ¿Cómo va?
— Ayer fui al cementerio. Hoy he ido al trabajo.
— ¿Cómo en el trabajo?
— Mal. Pero he ido.
— Eso es lo que cuenta.
— Inspectora.
— ¿Sí?
— Llamamiento.
— ¿Cómo?
— He recibido una citación para el juicio. Dentro de seis meses.
— Lo sé. La fiscalía la avisa. Yo declararé también.
— Bien.
— Begoña, una cosa.
— ¿Sí?
— He cerrado hoy el atestado. La parte mía. Va a la fiscalía. Si necesita algo de aquí adelante, llame a Quintanilla. Pero le aviso que mi parte está cerrada hasta el juicio.
— ¿Eso es bueno o malo?
— Es bueno. Significa que no hay nada nuevo que averiguar. La condena que le caiga a Bruno Quevedo dependerá de la fiscalía y del tribunal.
— Vale.
— Otra cosa.
— ¿Sí?
— Aitor Quevedo le entregó ayer en el cementerio una cazadora. La ha visto bien.
— Lo he visto bien. Es buen chaval.
— Lo es.
— Inspectora.
— ¿Sí?
— Que sepa que estoy en deuda.
— No, Begoña.
— Sí, Aristegui.
— No.
— Como quiera.
— Cuídese.
— Igualmente.
Eider colgó. Se quedó un minuto sentada con la mano apoyada en el sobre del atestado.
A la una, Llamosa, el abogado de Bruno Quevedo, llamó a la centralita. Quería entregar en mano un escrito de la defensa. Eider lo recibió en la sala de comparecencia de la planta baja a la una y cuarto.
Llamosa era un hombre de cuarenta y ocho años, abogado del Colegio de León, traje azul marino caro, gafas redondas. Le tendió un sobre.
— Aristegui.
— Llamosa.
— Reducción de calificación con base en la atenuante de confesión y reparación.
— Va al fiscal. Yo solo lo recibo.
— Lo sé.
— ¿Algo más?
— Mi cliente quiere disculparse con la familia Cembranos.
— Eso ya no es asunto policial. Eso es Justicia Restaurativa. Si la familia acepta, la fiscalía media.
— Lo sé.
— ¿Algo más?
— Mi cliente quiere disculparse con su hijo.
Eider lo miró un segundo de más.
— Eso es asunto privado, Llamosa.
— Lo sé.
— Entrega el sobre y vete.
Llamosa entregó el sobre. Le tendió la mano. Eider se la dio sin entusiasmo. Llamosa salió.
A las dos, Eider comió un bocadillo en la mesa con Cardeñosa.
Cardeñosa le contó que Marta, su mujer, le había pedido que el sábado se quedaran en casa, que estaba reventada y que los críos también.
Eider le dijo que vale, que el sábado vamos a estar todos en casa, este caso aguanta. Cardeñosa sonrió.
— Jefa.
— ¿Sí?
— ¿Y la hija?
— Le mandé un wasap esta mañana. La torta del fin de semana. Sale el sábado próximo. Bajo yo o sube ella.
— Bien.
A las tres de la tarde, Eider y Cardeñosa volvieron a la sala de reuniones. Repartieron el trabajo del viernes en Madrid y del sábado de descanso. El lunes volverían los cuatro al ingeniero hasta que el segundo sospechoso, Berriobeña, fuera procesado.
A las tres y media, Quintanilla entró con una carpeta nueva.
— Jefa, el GPS del Audi de empresa, completo.
— A ver.
— Reconstrucción del viernes diez por la noche, minuto a minuto, sin huecos.
Sale del aparcamiento del bloque de Tapia a las siete cincuenta y dos.
Va por la avenida de Asturias. Recoge a Tapia en una parada del autobús de la avenida Padre Isla a las ocho y cinco.
Ahí Tapia se sube vivo. Hay un par de cámaras de un comercio que confirma a dos personas dentro del coche en ese tramo.
La cámara no llega a leer caras pero sí cuerpos.
Tapia, traje gris claro, sin gabardina. Conductor, anorak negro, gorra. Berriobeña.
— Bien.
— Salen por la N-630 a las ocho y veinte.
Llegan a Onzonilla a las ocho y treinta y cinco.
Veintidós minutos detenidos en la nave veintidós.
A las ocho y cincuenta y siete sale el coche con un solo ocupante.
Vuelve a León. Aparca en el centro de empresas de Eras de Renueva a las nueve y cincuenta y tres.
— ¿Y desde ahí Berriobeña qué hace?
— Coge el ALSA de las once y cincuenta y cinco a Madrid. Llega a Méndez Álvaro a la una y veinticinco. Lo confirmamos en el Ministerio. La compra del billete es con una tarjeta a su nombre.
— Joder, Quintanilla.
— Joder, jefa.
— Esto, encima del retrato de la portera y de la vecina, es una cadena entera.
— Lo es.
— Bien. Esto se lo pasamos esta tarde a Aluche por la vía oficial. Antón ya lo tiene.
— Pasado.
A las cuatro, Eider hizo dos llamadas. La primera a la subdelegada del Gobierno, una mujer que llevaba tres semanas pidiendo informe sobre los dos casos.
La conversación fue de seis minutos. La subdelegada le agradeció el trabajo del equipo.
Eider le dijo "gracias, señora subdelegada", colgó, encendió un Marlboro en la escalera de incendios.
La segunda fue a Albadalejo. Le confirmó que se iba a Madrid el viernes con Cardeñosa y que el sábado no había guardia.
Albadalejo le dijo "bien, Aristegui, descansa el sábado". Eider le dijo que ya veríamos.
A las cinco, Eider bajó a la sala de comparecencia donde la esperaban Marisa Cárdenas y la otra mujer, Salomé Beato, citada por separado.
Le entregó a Marisa el resultado preliminar de la autopsia con el lenguaje suave que le era posible, sin gore, con vocabulario médico aceptable.
Marisa Cárdenas asintió. No lloró. Le dio las gracias.
Le preguntó por los niños. Eider le dijo que se ofreciera el equipo de psicólogos que la subdelegación facilitaba a las familias en estos casos.
Marisa Cárdenas dijo que se lo iba a pensar. Salió.
Salomé Beato esperó treinta minutos en el pasillo. Cuando entró, Eider le dijo lo mismo, con dos frases más cortas. Salomé Beato lloró. Eider le dejó el pañuelo de papel y la dejó llorar veinte minutos. Cuando paró, la dejó salir.
A las seis y media, Eider salió del despacho.
Llegó al portal de su edificio a las siete.
Se duchó. Se preparó una pasta con verduras.
Cenó delante del televisor. A las nueve y cuarto, le entró un wasap de Hugo: "¿Subo?
". Le contestó: "Sube, pero ya cenaste tú, ¿no? ". Hugo le contestó con un emoticono.
A las nueve y media, Hugo subió. Llevaba dos cervezas sin alcohol y una caja de bombones.
Se sentaron en el sofá. Hablaron del caso, esta vez sí, de la línea de Sastre, de Berriobeña, de Aluche, sin nombres, como Eider necesitaba hablarlo.
Hugo escuchó. Hizo dos preguntas técnicas que demostraban que llevaba dos décadas en juzgados. Eider le agradeció las preguntas.
A las once, Eider se durmió en el sofá.
Hugo apagó el televisor. La tapó. Apagó la lámpara.
Le cogió el móvil de las manos y lo dejó cargando en la mesa baja.
Se quedó cinco minutos sentado a su lado mirándola dormir, no por gesto romántico, sino porque era jueves a las once y le tocaba descansar.
Después se levantó. Se fue a la habitación. Se acostó.
A las dos, Eider se despertó. Estaba sola en el sofá, tapada. Fue al baño. Volvió. Se metió en la cama. Hugo dormía boca arriba con el brazo cruzado sobre el pecho. Eider le quitó el brazo con cuidado. Le pasó el suyo por la cintura. Se durmió.
A las siete y media sonó el despertador. Eider lo apagó. Se levantó.
Viernes. Madrid.
A las nueve y cuarto bajaba Eider por la avenida Padre Isla con el bolso al hombro y la maleta pequeña de cabina hacia la estación. Llovía fina otra vez. La maleta tenía dos vueltas perdiendo una rueda. La rueda aguantaba.
En la estación, Cardeñosa la esperaba con dos cafés y dos billetes de AVE.
— Jefa.
— Cardeñosa.
— Se nos va a complicar.
— Lo veo.
— Pero acabaremos.
— Acabaremos.
Subieron al tren. Vagón cuatro, ventana, plazas setenta y dos y setenta y tres.
El AVE arrancó a las nueve y cincuenta y dos.
Eider apoyó la cabeza en el cristal. Cerró los ojos antes de Onzonilla.