Cuneta Onzonilla. Polígono industrial. Miércoles, 0715.
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Onzonilla. Polígono industrial. Miércoles, 0715.

A las siete y cuarto, Folgueras y dos agentes del Grupo de Atención al Ciudadano subieron al perímetro del polígono industrial con el perro de la unidad canina, un pastor belga malinois llamado Truc, y su guía, el agente Carlos Murias.

Carolina Quirós, técnico de Policía Científica, llegó al cuarto de hora con una furgoneta y dos auxiliares vestidos con los EPIs blancos.

Eider llegó a las ocho, con Cardeñosa, en el Mégane. Aparcó a la altura de la valla del primer pabellón industrial, una empresa de logística de palets que a esa hora ya tenía actividad. La lluvia fina seguía. La temperatura, ocho grados.

— Cardeñosa.

— Jefa.

— ¿Folgueras lleva una hora?

— Una hora justa.

— ¿Truc?

— Empieza por el aparcamiento donde apareció Naia. Va al revés. Entra el GPS del Audi por el oeste, doblamos al sur del polígono, y hacia el carril de servicio que sale a la N-630.

— Bien.

A las ocho y media, Folgueras llamó por el manos libres.

— Jefa.

— Dime.

— Truc tiene algo en la nave veintidós.

— ¿La nave veintidós?

— Es una nave de venta y reparación de maquinaria de jardín. Cerrada al público desde el año pasado. Persiana metálica bajada. Tiene un patio trasero con vallado.

— ¿Truc qué señala?

— Truc ha entrado al patio trasero por debajo de la valla. Ha señalado contra la pared del fondo.

— Vamos.

Eider y Cardeñosa llegaron a la nave veintidós a las ocho y cuarenta y dos. Carolina Quirós y dos auxiliares la siguieron. Folgueras esperaba en la puerta lateral con la valla apartada.

— Jefa, no hemos entrado todavía. Hace falta autorización.

— ¿Propietario?

— Empresa con sede social en Valladolid. Carolina lleva al teléfono al gestor desde hace cinco minutos.

A las nueve menos diez, Carolina Quirós cerró el teléfono.

— Tenemos consentimiento. La nave se vende. La empresa no tiene actividad. Las llaves físicas las tiene una inmobiliaria de Onzonilla. Vienen.

— ¿Cuánto?

— Veinte minutos.

A las nueve y diez, una mujer de unos cincuenta años con un anorak amarillo de la inmobiliaria abrió la persiana metálica con un mando.

La nave estaba vacía por dentro, con polvo en el suelo y dos focos colgando del techo apagados.

Solo había un montón de cajas en una esquina.

Truc no señaló nada en la nave principal.

Truc volvió a salir al patio trasero. Señaló contra la pared del fondo.

La pared del fondo era de bloque, sin enfoscar, con manchas de humedad.

Detrás de la pared había un terreno baldío con dos árboles delgados, una valla de tela metálica oxidada y, más allá, la cuneta de un camino de servicio que iba hacia la N-630.

Carolina Quirós, con un EPI blanco, examinó la pared y el suelo del patio. A las nueve y treinta y dos, le hizo un gesto a Eider.

— Aristegui.

— ¿Sí?

— Aquí hay un movimiento. Mira esto.

A los pies de la pared del fondo, en una zona donde el suelo era de tierra y no de cemento, había una franja rectangular de unos dos metros por sesenta centímetros donde la tierra estaba más oscura, más suelta, removida.

— ¿Cuánto?

— Dame una hora con la pala y el sondeador.

— ¿Truc se queda?

— Truc señala fijo.

A las diez y veinticinco, los dos auxiliares con palas habían retirado los primeros cuarenta centímetros de tierra. Carolina Quirós trabajaba al lado, recogiendo muestras. Otra agente sostenía un metro y un cuaderno.

A las once menos veinte, una de las palas tocó algo blando.

— Ahí.

Carolina Quirós se metió en la zanja con guantes nuevos. A las once y cuatro, levantó la cabeza.

— Aristegui.

Eider se acercó.

— ¿Tapia?

— Hombre, calvo, traje gris claro. Te suena.

— Es Tapia.

— Es Tapia.

A las once y diecisiete, Eider llamó a Albadalejo. Albadalejo escuchó. Dijo dos palabras.

— Joder, Aristegui.

— Joder, Paco.

— ¿La fiscal?

— Ya la llamé hace cinco minutos. Antón viene de camino.

— ¿Bedoya?

— Bedoya está avisada. Levantamiento a las doce. IML a las doce y media.

— ¿Albadalejo, vienes?

— Voy.

A las doce y diez, la fiscal Marisa Antón llegó al patio trasero de la nave veintidós con el coche oficial. La jueza de instrucción de guardia, otra distinta a Cifuentes, llegó cinco minutos después. El levantamiento del cuerpo se hizo a las doce y treinta y tres.

A la una y media, Eider, Cardeñosa, Folgueras y Quintanilla volvieron a Villa Benavente. Albadalejo los esperaba en la sala de reuniones. El corcho ya tenía dos cosas más: una fotografía de la nave veintidós y un esquema del patio trasero hecho a mano por Folgueras.

— Reparto — dijo Eider —. Quintanilla, GPS del Audi de empresa minuto a minuto del viernes diez por la noche.

Cardeñosa, registro de la empresa de Tapia, contratos, balances, denuncias.

Folgueras, vecinos del bloque de Tapia con el retrato del hombre del anorak negro.

Yo voy a Madrid esta tarde con Antón. Aluche.

— ¿Aluche, jefa?

— Aluche. Sastre Olmedo, el amigo. Lo va a interrogar la judicial de Madrid esta tarde con presencia mía como jefa de grupo del caso desaparición. Alesanco lo ha autorizado a las once.

— ¿Vuelves cuándo?

— Mañana por la tarde si todo va bien. Pasado mañana si se complica.

— ¿Y nosotros aquí?

— Vosotros aquí, atestado, declaraciones, mapeo de Aluche-León. Si hay algo gordo, llamáis.

— Recibido.

A las dos, Eider salió al patio interior. Encendió un cigarro. Bedoya la llamó por el móvil mientras fumaba.

— Aristegui.

— Bedoya.

— Te hago la autopsia ahora.

— ¿En caliente?

— En caliente. ¿Te paso el resultado preliminar a media tarde?

— Por wasap.

— Por wasap.

A las tres y veinte, sentada en el AVE Madrid con un sándwich de la cafetería de la estación de León-Renfe en la mesita y la fiscal Antón en el asiento de enfrente, Eider recibió el wasap de Bedoya:

"Tapia. Herida única por arma blanca, hoja larga, entrada por flanco izquierdo, recorrido oblicuo ascendente, perforación de aorta.

Muerte por shock hipovolémico en menos de tres minutos.

No hay signos de defensa en manos. La víctima estaba sentada o agachada.

Tiempo de muerte: aprox. viernes 10 entre 22:00 y 24:00.

Cadáver enterrado pocas horas después del fallecimiento, posiblemente en el mismo lugar del hallazgo.

Sin sustancias en la sangre, salvo cafeína. Ya."

Eider se la mostró a Antón. Antón asintió.

— Encajará con el GPS del Audi.

— Encajará.

A las cinco y diez bajaron en Atocha. A las seis y cuarto entraron en la comisaría provincial de Aluche. La judicial de Madrid había detenido a Jaime Sastre Olmedo a las cuatro de la tarde. Sastre llevaba dos horas en sala de interrogatorios cuando Eider entró.

Sastre Olmedo era un hombre de treinta y nueve, ingeniero de telecomunicaciones, con una calva incipiente y una camisa azul oscura. Asistido por una abogada de oficio. Negaba en redondo.

Eider le dejó al inspector jefe de Aluche el peso del interrogatorio. Ella se sentó al lado, escuchó dos horas. A las ocho y media, hizo dos preguntas suyas.

— Sastre, ¿usted condujo el viernes diez por la noche un Audi A4 azul oscuro matrícula 4321HJK desde León hasta Onzonilla?

— No.

— ¿Conoce a alguien que haya conducido ese coche esa noche?

Sastre se quedó callado. Su abogada le susurró algo. Sastre dijo:

— Me acojo a no declarar.

A las nueve, el inspector jefe de Aluche cerró el interrogatorio.

Sastre quedó detenido en calidad de investigado, a disposición del juzgado de Madrid.

La declaración formal sería el jueves por la mañana.

Eider y Antón salieron a cenar con el inspector jefe de Aluche a un restaurante cercano.

La cena fue de trabajo, breve y útil. Compararon tres líneas.

La línea del trabajo de Tapia, la línea del piso, la línea del coche.

A las once de la noche, Eider entró en una habitación del hotel reservado por la subdelegación. Era una habitación pequeña, con una cama doble, una mesilla, un armario. Llamó a Hugo desde el fijo del hotel porque tenía cobertura mala.

— Setién.

— Aristegui.

— ¿Madrid?

— Madrid.

— ¿Mañana vuelves?

— Mañana por la tarde.

— ¿Estás bien?

— Estoy reventada.

— Ya.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Voy a tardar tres semanas en volver a vernos como Dios manda.

— Lo sé. Y yo entiendo.

— Ya lo sé que entiendes.

— Eider.

— ¿Sí?

— Cuídate.

— Vale.

— Y duerme.

— Vale.

Colgó. Se duchó. Se metió en la cama.

A las dos de la madrugada, Eider abrió los ojos en la habitación del hotel de Aluche.

La calefacción zumbaba. Había una calle exterior con coches que pasaban cada dos o tres minutos.

Pensó, por primera vez desde el sábado, en Bedoya.

En la primera autopsia que le había hecho, la de Naia Cembranos, hacía nueve días.

La frase de Bedoya en aquel pasillo del IML: "esto no es un atropello, Aristegui. Le pegaron un empujón fuerte y ya".

Pensó que Bedoya iba a hacer mañana otra autopsia, la de Tapia, y Bedoya iba a decir otra frase distinta y verdadera.

Pensó que Bedoya, tres autopsias al mes, llevaba haciendo eso desde el dos mil seis.

Pensó que la doctora Bedoya un día de estos se iba a jubilar y los siguientes muertos los iba a recibir alguien más joven.

Pensó que el polígono industrial de Onzonilla seguiría allí.

Que el bordillo del aparcamiento seguiría allí.

Que la nave veintidós, cuando se vendiera, sería otra cosa, pero el patio trasero seguiría allí.

Que los caminos de servicio que daban a la N-630 seguirían allí.

Que las cunetas seguirían siendo cunetas.

Apagó la luz.

A las siete y media, Eider y Antón cogieron un taxi al juzgado de instrucción central.

La declaración de Sastre Olmedo, prevista para las nueve, se retrasó hasta las once por una vista anterior.

A las doce y media, Sastre confesó. La confesión fue corta y mediocre, con un abogado distinto que había tomado el relevo.

Sastre admitió que el viernes diez por la noche, junto a otra persona cuyo nombre se reservaba, había recogido a Tapia en el portal del bloque de La Lastra, le había llevado al polígono industrial de Onzonilla con la promesa de unos papeles que tenían que firmar, había discutido con él en la nave veintidós que un primo suyo tenía a la venta.

La discusión había escalado. Había habido un cuchillo.

La otra persona había sido quien había clavado el cuchillo.

Sastre había cargado con el cuerpo. Había enterrado.

Había vuelto a León en el Audi de empresa.

Había dejado el Audi en el centro de empresas. Había vuelto a Madrid.

— ¿Quién es la otra persona? — preguntó la jueza.

— No lo voy a decir hoy.

— ¿Por qué?

— Por mi familia.

— ¿De qué tiene miedo?

— De represalias.

A la una y media, la jueza ingresó a Sastre Olmedo en preventiva sin fianza. La investigación quedó abierta a la espera del segundo nombre.

Eider y Antón salieron del juzgado a las dos. Comieron en una cafetería de Atocha. Cogieron el AVE de las cuatro y diez. A las siete y diez bajaron en León-Renfe.

En el andén, Cardeñosa esperaba a Eider con el Mégane aparcado en doble fila.

— Jefa.

— Cardeñosa.

— ¿Confesión?

— Confesión a medias. Hay un segundo. Lo van a apretar la semana que viene.

— Vale.

— ¿Y aquí?

— Aquí, Folgueras tiene una identificación firme del retrato robot. La vecina del segundo y la portera coinciden. El hombre del anorak negro estuvo en el piso de Tapia el viernes a las once de la mañana. Recogió la bolsa de deporte.

— ¿Se sabe quién es?

— Andamos.

— ¿Lunes?

— Lunes lo tenemos.

— Bien.

Cardeñosa la dejó en el portal de la calle Renueva.

A las ocho y media, Eider subió al piso.

Se duchó. Se preparó una sopa de sobre. Se sentó en el sofá.

A las nueve menos cuarto se acordó, a destiempo, de que esa tarde había prometido pasar por el IML a saludar a Bedoya.

La autopsia de Tapia había sido a las dos.

Bedoya se habría ido a casa. Eider le mandó un wasap: "Mañana paso. Disculpa".

Bedoya le contestó dos minutos después: "Te tengo el té listo desde el martes. No te disculpes".

Eider sonrió. Apagó el móvil un segundo. Lo encendió otra vez. Mensaje de Hugo: "He llegado a León a las seis. ¿Te recojo o paso yo?".

— Pasa tú.

Hugo entró en su piso a las diez. Eider le abrió la puerta con el albornoz puesto. Le dio un beso. Cenaron lo que quedaba de la sopa de sobre y un trozo de queso. Hablaron poco.

A las once estaban dormidos.