León. Cementerio municipal. Miércoles, 1200.
Aitor Quevedo Aller, veintidós años, estudiante de tercero de INEF, extremo derecho del filial del Atlético Astorga, hijo de Bruno Quevedo Reguera, ingresado preventivo en el centro penitenciario de Mansilla desde hacía seis días, llegó al cementerio municipal en autobús urbano con la cazadora vaquera de Naia Cembranos doblada bajo el brazo.
Era la tercera vez en una semana que cogía el autobús urbano.
La primera, el jueves por la tarde, después de que la policía sacara a su padre esposado del portal del bloque de Padre Isla.
La segunda, el lunes, cuando intentó ir a Villa Benavente para hablar con la inspectora Aristegui y dio media vuelta en la puerta.
La tercera, ahora, miércoles, hacia el cementerio.
Su madre, Maite Aller Carrasco, le había prohibido ir.
Llevaba tres días encerrada en casa con la persiana del salón a media altura y la consulta de la clínica dental cerrada por baja médica.
Le había dicho a Aitor el martes por la noche, en voz cansada, que no fuera al entierro.
Que la familia Cembranos no quería gente.
Que él en concreto era la última persona que podía aparecer.
Aitor había dicho que vale.
A las siete de la mañana del miércoles, Aitor se había levantado, se había duchado, se había puesto unos vaqueros oscuros y un jersey gris.
Había abierto el armario de la habitación que era suya cuando dormía en casa, había sacado del fondo la cazadora vaquera de Naia Cembranos.
La cazadora era la que ella le había dejado puesta hacía un año, cuando empezaron a salir, y que él se había olvidado de devolverle hasta que ya era tarde para devolverla.
A las nueve, Aitor había salido de su piso compartido en avenida Mariano Andrés.
Andando, había bajado hasta plaza San Marcos.
Había desayunado un café y un cruasán en una cafetería del paseo de Salamanca, sentado en una mesa al lado del río.
El río Bernesga bajaba con bastante agua por las lluvias de los últimos días.
Aitor había mirado el agua durante veintiocho minutos.
A las diez había vuelto al piso. A las once había salido de nuevo. Había cogido el autobús número 3 hasta la última parada de la avenida de la Chopera, había bajado, había caminado los doscientos metros que faltaban hasta la puerta principal del cementerio.
Era la primera vez en su vida que entraba en el cementerio municipal de León.
A las once y cincuenta y cinco, Aitor se quedó de pie a quince metros del grupo.
El grupo estaba formado por nueve personas.
Begoña Cembranos, vestida de negro, sin abrigo, con un jersey grueso y una bufanda gris.
Marcos Cembranos, el ex marido, con una americana azul marino que le quedaba pequeña en los hombros, una corbata negra mal anudada, gafas.
La hermana de Begoña, Carmen, de Astorga, con un abrigo marrón y un sobre en la mano.
Las dos amigas de Naia, Lara y Marina, agarradas del brazo, con paraguas plegados que no estaban abriendo aunque la lluvia fina caía.
Una pareja mayor, primos lejanos, vecinos.
Y un sacerdote viejo que decía las palabras en voz baja porque la familia había pedido que fuera corto.
Aitor se quedó detrás de una hilera de cipreses. La cazadora vaquera doblada bajo el brazo izquierdo, las manos en los bolsillos del pantalón.
Begoña Cembranos lo vio desde el segundo minuto. Lo había visto entrar por el camino central. Sus ojos se posaron en él sin sorpresa y sin enfado. Tampoco con calidez. Una mirada tranquila, larga, que duró cinco segundos. Después volvió la cara hacia el ataúd.
Marcos Cembranos no lo vio porque tenía la cabeza baja todo el tiempo. Lara Suárez sí. Le hizo un gesto pequeñito a Marina con la mano libre. Marina miró. Las dos lo miraron sin decir nada. Se volvieron al frente.
El sacerdote terminó. Una de las funcionarias del cementerio, una mujer de unos cincuenta años con un mono azul oscuro y una placa de identificación, indicó al hijo del enterrador el momento de bajar el ataúd.
El ataúd bajó despacio. La gente echó tierra.
Begoña echó la primera. Marcos la segunda.
Carmen la tercera. Las amigas, las dos juntas. Los primos. Después se apartaron.
A las doce y veinte, el grupo empezó a deshacerse. Carmen llevó a Begoña a un banco de piedra a unos pasos. Marcos se quedó hablando con el sacerdote. Las amigas se fueron andando hacia la entrada principal. Los primos lejanos se despidieron.
Aitor seguía de pie detrás de la hilera de cipreses.
A las doce y media, el cementerio quedó casi vacío. Solo quedaban Begoña sentada en el banco, su hermana Carmen al lado, el hijo del enterrador rellenando con la pala. Aitor avanzó cuatro pasos. Se quedó quieto. Avanzó cuatro pasos más. Se quedó quieto.
Begoña lo vio acercarse. Le hizo un gesto pequeño con la cabeza a su hermana. Carmen entendió, se levantó, se apartó hacia el camino central. Begoña se quedó sola en el banco.
Aitor se acercó hasta dos metros. Se quedó quieto. La cazadora vaquera bajo el brazo izquierdo, las manos en los bolsillos.
— Begoña — dijo.
Begoña asintió. No le dijo "siéntate". No le dijo "vete". No le dijo nada.
— Yo no sabía nada — dijo Aitor.
Begoña asintió.
— De verdad. Yo no sabía. Si lo hubiera sabido...
Begoña levantó la cabeza. Lo miró. La cara estaba seca, sin lágrimas. Aitor tuvo que apartar los ojos un segundo.
— Aitor — dijo Begoña.
— ¿Sí?
— Yo te creo.
Aitor parpadeó. Esperó algo más. Begoña no dijo nada más.
— Te he traído... — Aitor desdobló la cazadora vaquera. La sostuvo un segundo. La volvió a doblar. La dejó sobre el banco al lado de Begoña con cuidado, como si fuera frágil.
— ¿Es la suya?
— Era. Sí. La mía, también, un poco. La cogí yo el otoño pasado. Me la quedé hasta que rompimos. Cuando rompimos no se la devolví. Ella me la pidió en septiembre dos veces. Yo le dije que sí. Después no se la di.
Begoña la cogió. La olió un segundo. La dejó otra vez sobre el banco.
— ¿Y por qué la traes hoy?
— Porque era suya.
— Aitor.
— ¿Sí?
— Te la quedas tú.
— ¿Yo?
— Tú.
— Begoña...
— A mí me sobra ropa de Naia para diez años. Tú quédate la cazadora. Y haz lo que tengas que hacer con ella. Llevarla puesta. Quemarla. Olvidarla. No me la traigas a mí.
Aitor cogió la cazadora otra vez. La sostuvo en la mano izquierda, sin doblar.
— Begoña.
— Aitor, escúchame — dijo Begoña —. Yo a ti no te quiero ver más.
No es por ti. Es porque cada vez que yo te vea voy a ver al hijo de él.
Y eso no es justo para ti, pero es así. Yo no te puedo ver.
Y por eso cuando salgas hoy del cementerio no quiero que escribas, no quiero que llames, no quiero que pongas flores en el aniversario, no quiero que te disculpes ni hoy ni nunca.
Tú no me debes nada, ¿me entiendes? Tú no le debes nada a nadie.
Lo único que te debes es a ti mismo, a tu vida y a tu carrera.
Hazte ese favor. Sé un hombre distinto al que tienes en casa.
Aitor abrió la boca. La cerró. Tragó.
— Vale.
— Y otra cosa.
— Dime.
— A tu madre, cuídala. Tu madre no tiene la culpa.
— Vale.
— Vete.
Aitor giró sobre los talones. Caminó por el camino central hasta la entrada principal del cementerio sin volver la vista. La cazadora vaquera en la mano izquierda, ahora, no doblada, dejándola arrastrarse un poco contra la pernera del pantalón.
En la parada del autobús de la avenida de la Chopera había dos personas mayores con una bolsa de la compra. Aitor esperó dieciocho minutos. Cogió el bus de vuelta hasta plaza San Marcos. Caminó hasta su piso de Mariano Andrés. Subió. Cerró la puerta del cuarto.
Se sentó en el filo de la cama con la cazadora vaquera en el regazo.
A la una y media, Aitor encendió el móvil. Tenía un mensaje de su madre: "¿Has comido?". Tenía un mensaje de un compañero del filial: "¿Mañana entreno?". Tenía un mensaje de Mario Llamosa, el abogado de su padre: "Aitor, tu padre quiere verte el jueves a las cuatro en Mansilla. Cuéntame".
Aitor borró el último mensaje.
Contestó al primero: "Sí, ama, he comido. Voy a tu casa por la tarde". Contestó al segundo: "Mañana entreno".
A las dos abrió la nevera del piso compartido. Sacó una loncha de queso y media barra de pan. Comió de pie en la cocina. Su compañero de piso, Diego, llegó a las dos y veinte y le dijo "Aitor, tío, ¿estás bien?". Aitor le dijo "sí".
A las tres se quedó dormido en el sofá del salón con el televisor encendido.
La televisión emitía la rueda de prensa del comisario provincial Diego Alesanco Pina por el caso Cembranos.
Aitor no la veía. Solo oía la voz del comisario al fondo, una voz grave y profesional, que hablaba de una investigación cerrada en seis días, de un equipo que había trabajado bien, de una víctima de diecinueve años cuyo nombre no se mencionaba por respeto a la familia y de un detenido cuyo nombre tampoco se mencionaba por orden judicial.
Diego, el compañero de piso, apagó la tele a las cuatro. Tapó a Aitor con una manta del sofá. Se fue a clase.
A las cinco, Aitor se despertó. Cogió la cazadora vaquera. Salió del piso. Cogió el autobús número 4 hasta la avenida Padre Isla.
Subió al portal de su madre. Maite Aller le abrió la puerta con los ojos hinchados. Le dio un abrazo largo. Aitor la dejó abrazarle. Cuando Maite se separó, le miró la cazadora vaquera.
— ¿Y eso?
— La cazadora de Naia.
— ¿Y por qué la tienes tú?
— Me la ha dado su madre. Esta mañana. En el cementerio.
Maite cerró los ojos un momento.
— Aitor.
— Sí.
— He empezado a llamar a un abogado.
— ¿Para qué?
— Para los papeles.
— ¿Los papeles de qué?
— Para separarme de tu padre.
Aitor se sentó en la silla del recibidor. Apoyó las manos en los muslos.
— Vale.
— ¿Estás de acuerdo?
— Estoy de acuerdo.
— Voy a vender la consulta. La clínica de Padre Isla la compré con el dinero de mi padre, no con dinero de Bruno. Pero dentro está su nombre como aval. Quiero quitarlo del aval, sacar el nombre, y traspasar la clínica. Si no, la clínica se queda atascada en el divorcio dos años.
— ¿Y tú a qué te dedicas?
— A buscar trabajo en otra clínica de aquí. Tengo dos llamadas. Una en León, una en Astorga.
— En Astorga, no.
— Vale.
— Aquí.
— Aquí.
Aitor se levantó. Le dio un abrazo a Maite, que ahora era un abrazo distinto. Más largo, más sólido, más de hijo a madre. Maite le acarició la nuca.
— Aitor.
— Sí.
— ¿Vas a ir a Mansilla?
— No.
— ¿Nunca?
— En algún momento iré. No sé cuándo. Hoy no. Esta semana no.
— ¿Llamosa?
— Le he dicho que no. Si insiste, le digo otra vez no.
— Bien.
Aitor se quedó a cenar con su madre. Maite le hizo una tortilla francesa y una ensalada.
Comieron en la cocina. Hablaron poco. Maite le contó que el abogado al que había llamado era una mujer joven, Helena, que se la había recomendado una compañera del Colegio.
Le contó que el divorcio iba a ser caro pero limpio.
Que iba a tardar un año. Que Aitor, dentro del piso de Padre Isla, podía quedarse en su cuarto cuando quisiera.
A las once Aitor le dio dos besos. Cogió la cazadora vaquera. Volvió a Mariano Andrés en autobús.
En el piso compartido, sacó una bolsa de basura del armario. Metió la cazadora vaquera dentro. Cerró la bolsa con dos nudos. La dejó al lado de la puerta para sacarla por la mañana.
Después se metió en la cama.
A las dos de la madrugada, se levantó. Sacó la cazadora de la bolsa. La estiró. La colgó en el armario, en el lado izquierdo, donde tenía la ropa de invierno. La cerró. Volvió a la cama.
Antes de dormirse, pensó que la frase de Begoña Cembranos esa mañana en el cementerio no era una orden. Era un permiso. "Tú no le debes nada a nadie". Tardó cuarenta minutos en quedarse dormido pensando en eso.
A las siete de la mañana sonó el despertador.
Entreno.