León. Comisaría Provincial. Martes, 0830.
A las ocho y media, Eider entró en la sala de reuniones del Grupo de Homicidios y Desaparecidos.
En el corcho ya estaba la fotografía del ingeniero, las coordenadas de Eras de Renueva, los apuntes de Aluche.
Quintanilla había sumado un mapa improvisado del distrito de Aluche con un círculo pequeño en una calle interior cerca del intercambiador.
— He preguntado a la comisaría de Aluche — dijo Quintanilla —. Buscan a Jaime con apellido Sastre Olmedo, treinta y nueve, ingeniero de telecomunicaciones, tiene una pequeña empresa que da servicios técnicos a operadoras. Dirección en avenida de los Poblados.
— ¿Antecedentes?
— Cero. Vive con su mujer y dos críos. La empresa, sin denuncias.
— ¿Tapia y Sastre?
— Estudiaron juntos en el Politécnico. Después, distinto camino. El año pasado coincidieron en un congreso en Valencia. Desde marzo de este año hablan más.
— ¿De qué hablan?
— No tenemos contenido todavía. Solo metadatos. Whatsapp, llamadas, frecuencia.
— Vale. Madrid hace su parte, nosotros la nuestra. ¿Mujer?
— Marisa Cárdenas, cuarenta y cinco. La cita la tienes a las diez.
— Bien. Folgueras, ¿la vecina del retrato?
— A las once en la cafetería del puente. Le hace el dibujo el dibujante de la oficina.
— Cardeñosa, conmigo en la entrevista. Quintanilla, sigue desbroce de móvil. Folgueras, vecina y vecinos.
— Recibido.
A las diez en punto entró Marisa Cárdenas en la sala de interrogatorios 1, no en la 2.
Eider había decidido cambiar de sala porque la 2 había sido la de Bruno Quevedo y no le apetecía repetir.
Marisa Cárdenas era una mujer grande, manos firmes, pelo corto pintado de rubio cobrizo, abrigo de paño marrón.
Profesora de Educación Física en un instituto público.
Eider y Cardeñosa la sentaron y le pusieron un café.
— Marisa, gracias por venir.
— Para eso estamos.
— Vamos a hablar de Luis Mario, ¿le parece?
— Sí.
— ¿Cómo lo ha visto la última semana?
— Como un mes. Como dos meses, en realidad. Ausente.
— Concretemos.
— Un día normal él se levanta a las seis y diez, se ducha, baja a la calle, vuelve a las siete sin haber dicho nada del trabajo. Las tres últimas semanas ha bajado a la calle a las cinco y media con el móvil pegado a la oreja. La última semana, a las cinco.
— ¿Qué hablaba?
— En español, en bajo. No oí palabras concretas. Una vez le oí decir "no me va a dar tiempo".
— ¿Cuándo fue eso?
— El miércoles ocho.
— ¿Y después?
— Después se fue al trabajo y volvió a las nueve de la noche. Cenó poco. Se fue a la cama.
— Marisa, la otra mujer.
— ¿La otra mujer qué?
— Sabe quién es.
— Sé quién es.
— ¿Le ha hablado con ella en estos días?
— Yo no.
— ¿Cree que él habló más con ella que con usted la última semana?
— Es posible. Pero no creo. Él hablaba con Madrid.
Eider apuntó. Cardeñosa apuntó.
— Marisa, una pregunta directa. ¿Le ha hablado a usted Luis Mario en alguna ocasión de irse del país?
Marisa Cárdenas se quedó un segundo callada. Después asintió.
— En agosto.
— ¿Qué le dijo?
— Me dijo que estaba pensando en mandarlo todo a la mierda.
— ¿Mudaros?
— No. Irse él. Yo y los niños, no.
Silencio.
— ¿Y usted qué le dijo?
— Yo le dije que se fuera.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Por qué?
— Porque si se quería ir era mejor que se fuera. Yo y los niños tirábamos.
Eider la miró con respeto. Marisa Cárdenas le sostuvo la mirada sin parpadear.
— ¿No le ha denunciado a usted nada raro estos días? ¿Ningún miedo?
— Sí.
— ¿El qué?
— El miércoles ocho me dijo, sin venir a cuento, que si le pasaba algo me asegurara de que nadie cogiera la bolsa de deporte. La bolsa.
— ¿Dónde está la bolsa?
— Yo creía que en el armario del recibidor.
— ¿Está?
— No. La he buscado anoche. No está. Cuando él se fue el viernes, no se la llevó. Esto lo digo bajo mi palabra. La portera lo confirma.
— ¿Ha entrado alguien en su casa?
— No, hasta donde yo sé.
— ¿Tiene cámara?
— Cámara, no. Pero tengo cerradura buena. Y la portera ve quién entra.
— ¿La portera ha visto a alguien que no debiera?
— La portera el viernes llevó a su madre a Vegas del Condado. El viernes la portera no estaba.
Eider miró a Cardeñosa.
— Cardeñosa, llama a la portera.
— Sí.
A las once entró Folgueras con la vecina del segundo.
Ambos se metieron en una mesa de la sala de espera con el dibujante.
La vecina, doña Carmen, sesenta y tres años, jubilada, recordaba bien al hombre del anorak negro y la gorra.
Estatura, complexión, manera de andar. El dibujante trabajó cuarenta y cinco minutos.
El retrato salió aceptable: hombre de cuarenta y cinco a cincuenta, pelo claro corto, cara cuadrada, nariz recta, sin rasgos memorables.
A mediodía, Cardeñosa volvió de la portera. La portera había confirmado: el viernes diez, sí, había estado fuera todo el día. El sábado había entrado a las once. La cerradura del piso de Tapia no presentaba arañazos.
— Pero alguien entró el viernes.
— Ojalá.
— Marido o portera.
— O alguien con llave.
— Marisa no se ha ido del piso desde el jueves.
— Pues alguien con copia.
A la una y cuarto, Eider se reunió con la fiscal Antón en una sala libre de la planta baja.
Antón llevaba la calificación provisional del caso Cembranos.
Reescribieron tres frases técnicas. Fijaron las pruebas que se iban a presentar en juicio: volante de la gasolinera Repsol del kilómetro tres y medio, captura de la cámara DGT de la rotonda de Onzonilla a las dos treinta y ocho, las cuatro pasadas por la rotonda de Ordoño, los hallazgos de la Policía Científica en el Ford Focus matrícula 7842JFK (pelo en reposacabezas del copiloto, fibra de jersey, mancha invisible de sangre en faldón inferior trasero), la declaración voluntaria del jueves, la libreta Moleskine roja con la fotocopia certificada de la página del 8 de agosto.
Antón cerró la carpeta a las dos menos cuarto.
— Aristegui.
— ¿Sí?
— Llamosa va a empujar la atenuante de confesión hasta el final.
— Que empuje.
— Y va a sembrar la idea de la colaboración con la justicia.
— Que la siembre. Pero las pruebas se sostenían sin la confesión, y eso lo voy a decir yo en juicio si me preguntan.
— Te preguntaré yo.
— Mejor.
Antón sonrió.
— ¿Y el otro caso?
— El otro caso es algo. Ingeniero de telecomunicaciones. Aluche. Bogotá. Un retrato de un hombre que entra al piso un viernes con la portera fuera y la mujer en el trabajo. Cuatro mil quinientos en cajeros. Una bolsa que desaparece.
— Esto lo coge Anticorrupción si hay contratos.
— Y nosotros si hay cadáver.
— Suerte.
A las tres, Eider entró en el despacho del comisario Alesanco. Le hizo un resumen de tres minutos de los avances del día. Alesanco se apretó la sien.
— Aristegui.
— ¿Sí?
— Mañana tengo rueda de prensa por el caso Cembranos. La quiero corta. ¿Vienes?
— ¿Tengo que ir?
— No. Pero si quieres, vienes.
— No quiero.
— Bien.
— Mañana a las nueve de la mañana al juzgado, citación de la fiscal para una declaración complementaria de Cardeñosa. Yo voy. Vuelvo a las once.
— Bien.
Eider salió. Bajó al despacho. A las cuatro, Cardeñosa entró con dos cafés. Se sentaron.
— Jefa.
— Dime.
— ¿Estás bien?
Eider lo miró.
— ¿Por qué me preguntas eso ahora?
— Porque llevo mirando, jefa. Llevas tres semanas peor.
— Llevo siete años peor.
— No bromees.
Eider apoyó la espalda en la silla. Suspiró.
— Mi madre.
— Lo sé.
— Mi hija.
— Lo sé.
— El piso de Oñati.
— ¿El piso de Oñati?
— Mi tía paterna me dejó un piso allí. Lleva cerrado desde el dos mil veinte. Tengo que ir a vaciarlo. No puedo todavía.
— ¿Por qué no?
— Porque si voy a Oñati y vacío el piso, después tengo que decidir si lo vendo. Y si lo vendo, el precio del piso va a una cuenta a nombre mío. Y mi madre. Mi madre se acordará en algún momento de que ese piso era de Maite, y querrá saber qué he hecho.
— Vamos a ver, jefa. Tu tía lleva muerta cinco años. Tu madre está como está. ¿Crees de verdad que esto va a importar?
— A ella, no. A mí, sí.
— Hostia.
— Cardeñosa.
— ¿Sí?
— Si lo cuento esto, ¿lo guardas?
— Hasta la jubilación.
Eider sonrió. Le dio un sorbo al café.
— Hasta la jubilación.
A las cinco, Quintanilla entró con una novedad.
— Jefa.
— Dime.
— Aluche llama. Sastre Olmedo, el amigo, ha vuelto al piso esta tarde a las cuatro. Ha entrado solo, con bolsa de viaje. Lo tiene controlado un equipo de la judicial de Madrid. Han pedido permiso para entrevista.
— ¿Le han visto con Tapia?
— No. A Tapia no lo han visto.
— Vale. Esto es de Madrid. Que pidan ellos. Nosotros, pasivos.
— Recibido.
A las seis, Folgueras entró con otra cosa.
— Jefa, cosita pequeña.
— Cuenta.
— He estado con la portera otra vez. La portera dice que el viernes diez por la tarde, cuando ya volvía de Vegas del Condado a las ocho, vio salir un coche del aparcamiento subterráneo del bloque. Un Audi A4 azul oscuro.
— ¿El de Tapia?
— El de la empresa. Pero... Tapia no estaba.
— ¿Cómo dice eso?
— Lo dice porque al volante había un hombre que no era Tapia. Hombre alto, anorak negro, gorra.
Eider miró a Folgueras.
— Joder.
— Eso digo.
— ¿La portera está segura?
— La portera lo vio durante seis segundos por el espejo retrovisor del coche de su hermana, que es quien la traía. Pero la portera lleva en el bloque diecinueve años y conoce los Audis del bloque.
— ¿Matrícula?
— Cuatro tres dos uno HJK.
— Joder.
— Joder.
— Cardeñosa.
— ¿Sí?
— El Audi A4 azul oscuro matrícula 4321HJK estaba en el aparcamiento del centro de empresas el sábado por la mañana cuando Eulogio nos lo dijo.
— Sí.
— ¿Lo movieron?
— Lo movieron.
— ¿Quién?
— Quien tiene llaves de Tapia.
— O quien tiene llaves del piso.
— Vale — dijo Eider —. Esto cambia. Folgueras, ahora mismo cámaras de tráfico de la zona del bloque entre las siete y las nueve del viernes. Quintanilla, GPS del coche, Audi de empresa, trazado completo entre las siete del viernes y la mañana del sábado.
— ¿Aviso a Albadalejo?
— Aviso ya.
A las siete y diez, Eider fue al despacho de Albadalejo. Albadalejo escuchó. Cogió aire.
— Cabrón — dijo —. Esto es secuestro o asesinato. ¿Sale ya en cámaras de tráfico?
— En quince minutos.
— Avísame lo que sea.
— Avisado.
A las siete y veinticinco, Quintanilla entró en el despacho de Eider con dos folios.
— Jefa, GPS del Audi.
— Cuenta.
— Sale del aparcamiento del bloque a las siete y cincuenta y dos.
Va por la avenida de Asturias. Hasta las ocho y veinte se mueve por el centro, pasos lentos.
A las ocho y veinte sale por la N-630 dirección sur.
Llega a Onzonilla a las ocho y treinta y cinco.
Se detiene veintidós minutos en la zona del polígono industrial.
Vuelve a León a las nueve y media. Aparca en el centro de empresas a las nueve y cincuenta y tres.
Eider levantó los ojos del folio. Miró a Cardeñosa que acababa de entrar detrás de Quintanilla.
— El polígono industrial de Onzonilla.
— El polígono.
— ¿Qué tiene ese polígono que cualquier otro de León no tenga?
— Naia Cembranos.
— No, no, no. No.
— Ya, jefa.
— No, eso es coincidencia.
— Coincidencia o no, lo miramos.
Eider se levantó. Encendió el flexo de la mesa que ya estaba encendido.
— Folgueras, mañana a las siete a Onzonilla con un equipo. Que lleven al perro. Quiero el perímetro del polígono recorrido entero antes del mediodía.
— Recibido.
— ¿Aviso a Albadalejo?
— Aviso yo.
A las ocho menos diez, Eider llamó a Albadalejo. Le contó. Albadalejo dio el OK.
A las ocho y media, Eider salió del despacho.
Pasó por el corcho de la sala de reuniones.
Se quedó dos segundos delante. La fotografía de Naia Cembranos había salido del corcho hacía cuatro días.
La fotografía de Tapia llevaba veinticuatro horas.
Entre las dos fotografías, ahora, había un kilómetro escaso de polígono industrial.
Eider apagó la luz. Cerró la sala. Bajó la escalera.
En la calle, encendió un Marlboro. Llovía fina otra vez. Llamó a Hugo.
— ¿Estás en casa? — preguntó.
— En casa.
— Voy.
— ¿Cenas?
— Lo que tengas.
A las nueve y cuarto entró en el portal de Ordoño II. Subió. Hugo le abrió con el trapo de cocina otra vez en el hombro. Le dio un beso corto.
— Mala cara — dijo Hugo.
— Día largo.
— ¿El caso?
— ¿Cuál de los dos?
Hugo se rió.
— Los dos.
— Los dos.
— ¿Cenas?
— Cenamos.
Cenaron. Hugo no preguntó por el caso. Eider no contó nada del caso. Hablaron de Mateo, el hijo mayor de Hugo, que quería empezar judo. De si le ponían en el club de la Trobajo o en el de Eras. Se durmió Eider con la mejilla en el sofá a las once y cuarto.
Hugo la tapó. Apagó la tele.