León. Comisaría Provincial. Lunes, 0755.
Eider entró en Villa Benavente con el café de la cafetería del puente en la mano y el bolso colgado del hombro.
La oficial de servicio en recepción, Patricia, la saludó con un movimiento de cabeza.
En el rellano de la segunda planta se cruzó con una agente del Grupo de Atención al Ciudadano que le entregó un sobre con dos diligencias de la fiscalía y una notificación del juzgado.
Eider firmó el acuse sin leer y entró en el despacho.
A las ocho menos diez ya estaban Cardeñosa y Quintanilla en la sala de reuniones. Folgueras llegó a las ocho y dos con cara de fin de semana largo. Eider entró con la carpeta del ingeniero en la mano.
— Reparto — dijo —. Folgueras, La Lastra.
Vecinos, portera, garaje, taller donde Tapia llevaba el coche.
Quintanilla, móvil, cuenta bancaria, redes.
Antes de mediodía quiero saber si Tapia ha sacado dinero la semana del cinco al diez.
Cardeñosa, conmigo. Vamos a Eras de Renueva al centro de empresas, vemos el aparcamiento, hablamos con el guardia.
— ¿La amante?
— Esta tarde. La mujer, mañana a primera hora. Hoy quiero el escenario. Después miramos a las personas.
— Recibido, jefa.
A las nueve y cuarto, Eider y Cardeñosa entraron por el portón de Eras de Renueva.
El centro de empresas era un edificio bajo de oficinas con aparcamiento exterior.
El guardia de la garita era un hombre mayor, ex-militar, calvo, con una mandíbula cuadrada y un cuaderno donde anotaba las matrículas de quien entraba después de las ocho de la noche.
Se llamaba Eulogio. La benemérita le había tomado declaración el viernes. Eider quiso oírla otra vez de su boca.
Eulogio repitió que el viernes diez, a las siete y veintitrés de la mañana, Luis Mario Tapia Carballo había salido del aparcamiento en su coche, un Audi A4 azul oscuro, matrícula 4321HJK. Que iba solo. Que parecía con prisa. Que no le había saludado, lo cual no era habitual. Que no había vuelto.
— ¿Le has visto raro la semana anterior? — preguntó Eider.
— Raro, raro, no. Más callado, sí. Y entró aquel martes con una bolsa que no le había visto otras veces. Una de deporte, negra. Iba dura, llena.
— ¿Salió con la bolsa?
— Esa misma tarde, no. Al día siguiente, sí. La metió en el maletero antes de irse, eso lo vi yo desde la garita.
Eider asintió.
— Eulogio, hazme una memoria. Cualquier cosa que recuerdes de la semana del cinco al diez, llámame. Te dejo mi tarjeta.
— De acuerdo.
A las diez y cuarto volvieron al Mégane. Cardeñosa abrió el cuaderno.
— Bolsa de deporte, cargada el martes, sacada el miércoles. Móvil apagado el viernes a las siete y diecinueve. Coche en el aparcamiento del centro de empresas. Llaves del coche no están.
— Esto no es secuestro — dijo Eider —. Esto es escapada.
— O escapada con susto.
— O escapada con susto, sí.
— ¿Por qué deja el coche?
— Porque no es el suyo. Es de la empresa.
— Anda.
— Mira el documento. Audi A4 figura como vehículo de empresa. Si lo coge para irse a algún sitio sin saber cuándo vuelve, deja un rastro. Si paga taxi o tren con tarjeta personal, también. Pero si se ha ido con tiempo, ha podido planear el dinero.
— Quintanilla.
— Quintanilla.
A las once y cuarto, Quintanilla llamó a Eider en el coche. Habló en alto por el manos libres.
— Jefa.
— Dime.
— Cuenta bancaria. Reintegros de mil quinientos en efectivo el lunes seis, mil quinientos el martes siete, mil quinientos el miércoles ocho. Cuatro mil quinientos en tres días. Cajero del banco de la avenida Padre Isla los tres días entre las ocho y media y las nueve menos cuarto.
— Gracias.
— Y otra cosa. Móvil apagado el viernes, sí. Pero el martes ocho hubo una localización extraña. A las cuatro de la tarde, Tapia estaba en Aluche, Madrid.
— ¿Aluche?
— Aluche. Tres horas allí. Vuelta a León en tren AVE de las siete y media. En León a las diez de la noche.
— Eso no es por trabajo.
— No. Y le he metido el documento de identidad en el sistema. El jueves nueve, una hora antes de cerrar, sacó un billete de avión.
— ¿A dónde?
— Bogotá. Vuelo desde Madrid el sábado once a las nueve y veinte de la mañana. No embarcó.
— Joder.
— Joder, jefa.
Eider miró a Cardeñosa por el espejo retrovisor. Cardeñosa había dejado el cuaderno cerrado sobre el muslo.
— Quintanilla, ¿comprobado en aerolínea?
— Confirmado. No embarcó. El billete está sin usar, no hay reembolso, no hay cambio.
— Bien. ¿Tarjeta?
— Tarjeta sin movimientos desde el viernes a las siete y dieciocho, una compra en cafetería del centro de empresas, dos euros sesenta.
— Vale. Pásame el código de reserva del vuelo y la dirección de Aluche cuando la tengas.
— Hecho.
Cardeñosa se rascó la nuca.
— Esto no es nuestro — dijo.
— ¿Por qué no?
— Porque si Tapia se ha ido a Bogotá voluntariamente y no embarca, esto es una huida. Si no se va, podemos buscarlo nosotros una semana, pero si aparece muerto en cualquier lado, lo lleva otro grupo.
— Si aparece muerto, lo llevamos nosotros. Si no aparece, lo lleva Desaparecidos hasta seis meses y luego archivo.
— ¿Albadalejo?
— Albadalejo a la vuelta.
A las doce y media volvieron a Villa Benavente. Quintanilla había imprimido tres folios. Sobre el corcho de la sala de reuniones, ahora ocupado por la fotografía de Luis Mario Tapia Carballo, Eider clavó dos cosas: la copia del billete de Bogotá y la lista de tres reintegros de cajero.
A las una menos veinte, Eider entró al despacho de Albadalejo.
— Paco.
— Aristegui.
— El ingeniero. Reservó vuelo a Bogotá el jueves nueve. No embarcó el sábado once. Sacó cuatro mil quinientos en tres días.
— Anda.
— Y estuvo en Aluche el martes ocho tres horas.
— ¿Aluche?
— Aluche.
Albadalejo silbó bajito.
— ¿Qué te dice tu cabeza?
— Mi cabeza me dice que tiene una salida planeada y que algo le impidió embarcar. O alguien.
— ¿Habla con la mujer?
— Mañana.
— Bien. Y avisa a Brigada de Información, no vaya a ser que sea cosa suya y nosotros tirando del hilo de balde.
— Aviso.
— Aristegui.
— ¿Sí?
— ¿Has descansado el fin de semana?
— Lo justo.
— Más, la próxima.
— Vale.
Eider salió. Bajó al despacho. Comió un bocadillo de jamón en la mesa, mirando una hoja de cálculo con los datos de Tapia. A las dos y media, Folgueras volvió de La Lastra.
— Jefa.
— Cuenta.
— La portera dice que el viernes lo vio salir a las seis y media como siempre. La mujer, normal, pelos en la cabeza por la mañana, llevó al niño al colegio en el Touareg. Vecinos, nada raro. Garaje, nada. Taller, hace cuatro semanas le metieron una correa al Audi.
— ¿Algo de comportamiento?
— Una vecina del segundo dice que el martes diez, cuando Tapia estaba en Aluche según Quintanilla, vio a un hombre desconocido subir hasta el rellano del tercero. Llamó a la puerta de Tapia, no le abrieron. Bajó.
— ¿Lo describe?
— Cuarenta, alto, anorak negro, gorra. La vecina es buena: escaleras, escaleras, sin ascensor. Nos lo retrata mañana en la cafetería.
— Iván, llévatela tú a comisaría. Aquí, bocadillo, cafetería, lo que ella quiera.
— Recibido.
A las tres y media, Eider salió un momento al patio interior, encendió un cigarro. Se sentó en el escalón de la puerta de incendios. La lluvia había parado. La palmera enana resistía. Apareció Cardeñosa con dos cafés.
— Jefa.
— Cardeñosa.
— ¿Cómo va tu madre?
Eider lo miró. Cardeñosa tenía la cara seria, no curiosa.
— Bien. Hoy estaba bien.
— Me alegro. La mía empieza con lo mismo.
— ¿La tuya?
— Setenta y cinco. Mi padre se está dando cuenta antes que ella. Se niega a llevarla al neurólogo.
— Llévala tú.
— A la fuerza no se va.
— Engáñala. Le dices que es para una revisión de la pensión.
Cardeñosa se rió por el lado izquierdo de la boca.
— Lo intento.
— Ánimo.
— Igualmente.
A las cuatro de la tarde fueron a por Salomé Beato, la otra.
Quedaron con ella en una cafetería del barrio de la Palomera.
Salomé era una mujer delgada, pelo recogido, profesora de Literatura, treinta y nueve años, chaqueta de paño marrón.
Pidió un café solo. Les contó por encima la relación con Luis Mario, año y medio, sin promesas, sin futuro, con vacaciones cortas en Madrid o en Cataluña dos veces al año.
Les contó que Luis Mario llevaba dos meses raro, que decía que en el trabajo había problemas pero no concretaba, que el martes ocho la había llamado desde un número desconocido, breve, agitado, "estoy bien, no me llames hasta el fin de semana".
— ¿Aluche? — dijo Eider.
Salomé la miró.
— ¿Por qué Aluche?
— Estaba allí el martes a las cuatro.
— ¿Aluche, Madrid?
— Aluche, Madrid.
Salomé se quedó callada. Después, despacio:
— Tenía un amigo en Aluche. Un compañero del Politécnico de Madrid de cuando estudiaba. Lo mencionó dos veces. Se llamaba Jaime, no me dijo apellido. Jaime estaba en algo del sector.
— ¿Algo del sector?
— Telecomunicaciones. Jaime tenía una empresa en Aluche. Luis Mario me dijo en julio que estaba pensando en irse con él.
— ¿Irse de la empresa?
— Irse del país.
— ¿Le dijo cuándo?
— No.
Eider y Cardeñosa salieron de la cafetería a las cinco y diez.
— Esto cambia el mapa — dijo Cardeñosa.
— Esto no es nuestro mapa. Es de la fiscalía Anticorrupción si su empresa lleva contratos públicos. Es nuestro mientras él sea desaparecido y no aparezca cadáver.
— ¿Le buscamos en Aluche?
— Le pasamos a la comisaría de Aluche por la vía oficial. Que ellos miren al amigo Jaime. Mientras, nosotros seguimos con el mapa local. Mañana le tomamos declaración a la mujer.
— Bien.
Volvieron a Villa Benavente a las cinco y media. En el rellano de la segunda planta, sentada en la silla del pasillo, vieron a Begoña Cembranos. Begoña llevaba el abrigo verde botella mojado por los hombros y el bolso pegado al regazo. Cardeñosa se quedó dos pasos atrás. Eider se acercó.
— Begoña.
— Inspectora.
— ¿Qué hace aquí?
— Esperaba.
— ¿A mí?
— Sí.
Eider la miró. Begoña tenía cara de no haber dormido bien en tres días. La cara hinchada, los ojos rojos, un pañuelo en la mano izquierda hecho una bola.
— Pase al despacho.
Pasaron. Eider cerró la puerta. Le acercó la silla. Begoña se sentó. Tardó un momento en hablar.
— Inspectora — dijo —, no he venido a preguntarle nada del caso.
— Vale.
— He venido porque... — se quedó parada — porque ayer no fui al cementerio. Mi hija hubiera querido que fuera, creo. Pero no fui.
— Begoña.
— Y mañana es martes.
— Sí.
— Y mañana se cumple una semana de que la encontraron. Y yo... no sé qué hacer mañana.
Eider apoyó los codos en la mesa. Cruzó las manos.
— ¿Tiene a alguien?
— Tengo a mi hermana, que viene de Astorga. Y a Marcos, que viene a la noche.
— ¿Eso es bastante?
— No lo sé.
Silencio.
— Begoña, escuche — dijo Eider —. Lo que va a hacer mañana lo va a hacer mal.
No hay forma buena. Pero si quiere algo concreto, le digo lo que yo sé.
Mañana coja un café por la mañana, vaya al cementerio diez minutos sola antes de que llegue su hermana.
Hable con su hija o no, da igual. Vuelva a casa y ponga la radio.
Ponga música, no la radio de noticias. Cocine algo para Marcos.
No conteste el teléfono si llaman periodistas.
Si vienen, los echo yo. Tiene mi número.
— Sí.
— Y si mañana por la tarde no aguanta, llama a la inspectora Saray Quintanilla, que es la oficial cántabra que le tomó declaración. Le va a coger el teléfono.
Begoña asintió. Se limpió la cara con el pañuelo.
— Perdone, inspectora.
— No tiene que pedir perdón.
— Sí. Ha pasado por aquí porque yo he venido sin avisar.
— Yo trabajo aquí, Begoña.
— Ya.
Begoña se levantó. Le tendió la mano. Eider se la dio. Begoña se la apretó tres segundos. Después salió del despacho. Cardeñosa le abrió la puerta de la escalera.
Cuando cerró, Cardeñosa entró otra vez en el despacho.
— Jefa.
— Dime.
— Vete a casa.
— ¿A las siete?
— Son las seis menos veinte. Vete a casa.
— A las siete.
— Las seis menos veinte.
— Cardeñosa, no me agobies.
— Vale, jefa.
Eider se quedó hasta las siete y diez. Se fue a casa andando. Pasó por delante de la zapatería de la calle Ancha, esa donde Naia Cembranos había trabajado los sábados por la tarde. La zapatería estaba cerrando. Una chica joven bajaba la persiana. Eider no se paró.
Llegó a Renueva a las siete y media. Subió. Se preparó una tortilla francesa y dos rebanadas de pan. Comió mirando un programa de la tele que no recordaría. A las nueve, Hugo le mandó un mensaje. Estoy en León, vuelvo de Tudela, ¿quieres venir?
Eider miró el techo del salón. Después miró el móvil. Contestó. Mañana. Hoy estoy reventada.
Hugo respondió con un emoticono pequeño. De pulgar.
Eider apagó la tele a las nueve y media. Se metió en la cama. Abrió la novela de Tana French. Cinco páginas. Apagó la luz.
Antes de dormirse, pensó en Begoña Cembranos sentada en la silla del pasillo de Villa Benavente con el abrigo mojado.
Pensó en la otra mujer, la del mes anterior, la del abrigo verde botella, que se sentaba en la misma silla a esperar por el chico de Mansilla.
Pensó que las sillas del pasillo de la primera planta y de la segunda planta eran idénticas, plásticas, naranjas, atornilladas en línea de seis. Eran sillas para esperar.
Cerró los ojos.