Pamplona. Estación de tren. Sábado, 1247.
El tren entró en Pamplona con once minutos de retraso por una incidencia en Castejón.
Eider bajó al andén con la bolsa al hombro y la novela de Tana French en la mano izquierda.
La estación olía a desinfectante y a café del bar del vestíbulo.
Bajó el andén buscando con la vista. Hugo no estaba.
No iba a estar. Hugo había bajado a Pamplona el viernes por trabajo, sí, pero por un cliente que había asumido a regañadientes y que tenía el juicio el lunes en Tudela. Iba a llamarla por la tarde.
Cogió un taxi en la puerta. Le pidió al conductor la residencia Iturrama, sabía dónde era.
El conductor era un hombre de unos sesenta, hablador, le contó las obras de la avenida Bayona y de paso le preguntó si era de Pamplona.
Eider dijo que sí. El conductor le dijo que tenía acento de no serlo del todo. Eider sonrió.
A la una menos cuarto entró en la residencia. La recepcionista la conocía. Le hizo señas para que pasara directamente. Carmen estaba en el salón común, mirando un programa de cocina con el sonido bajo. Llevaba una bata azul claro y el pelo recogido con un pasador de plástico.
— Ama.
Carmen levantó la cabeza. Tardó dos segundos. Después la cara se le iluminó, igual que cuando Eider tenía nueve años y volvía del colegio.
— Eider.
— Hola, ama.
— ¿Has venido?
— He venido.
— ¿En el tren?
— En el tren.
— ¿Has comido?
— Vamos a comer aquí, ama. Si te parece.
— Vale.
Eider la ayudó a levantarse. Caminaron despacio hasta el comedor. Las auxiliares la saludaron a Carmen por el nombre. Una de ellas, María del Pilar, le hizo a Eider un pequeño gesto con los ojos. Bien. Lúcida. Buena tarde.
Comieron de menú. Crema de calabacín, merluza al horno con patatas, yogur.
Carmen comió despacio. Recordaba bien quién era Ane, le preguntó por el colegio, por el hockey hierba, por el chico que Ane le había mencionado por teléfono el mes anterior.
Recordaba peor por dónde andaba Iñigo: lo confundió dos veces con un compañero del juzgado de su marido fallecido, lo cual no era un error completo pero sí confuso.
Eider la corrigió la primera vez. La segunda no.
Hablaron de la huerta de Garralda, donde Carmen había crecido.
Hablaron del tío Patxi, que llevaba once años muerto pero al que Carmen mencionó dos veces en presente.
Hablaron del padre de Eider, Iñaki Aristegui, fallecido en 2009.
Carmen lo mencionó como si lo hubiera visto la semana pasada.
Eider la corrigió una vez al principio del café. Después no.
A las dos y media, Carmen empezó a estar cansada. Eider la acompañó a su habitación. La sentó en el sillón junto a la ventana. La tapó con una manta de cuadros que tenía siempre allí. Carmen le cogió la mano.
— Eider.
— Dime, ama.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
— ¿Y el trabajo?
— El trabajo, lo de siempre.
— ¿Has tenido algún caso feo?
Eider la miró. Carmen no preguntaba esas cosas a menudo. La pregunta cayó al medio del cuarto y se quedó allí.
— Uno.
— ¿Resuelto?
— Resuelto.
— ¿Mucho?
— Lo justo.
— Vale, hija.
— Duerme un poco, ama.
— Vale.
Carmen cerró los ojos. Eider esperó hasta que la respiración se le acompasó.
Salió del cuarto sin hacer ruido. Bajó al jardín de la residencia, un patio rectangular con un seto cuidado y dos bancos de hierro forjado.
Se sentó en uno. Encendió un Marlboro. La tarde estaba fría, algún rayo de sol traspasaba las nubes a ratos.
A las tres y media, el móvil le vibró. Mensaje de la jueza Cifuentes, breve.
Recurso de reforma del letrado Llamosa, rechazado por providencia de esta tarde.
Bruno Quevedo Reguera continúa ingresado en el centro penitenciario de Mansilla de las Mulas.
Eider leyó el mensaje sentada en el banco.
Lo borró. Apagó el móvil un segundo, lo encendió otra vez por si Hugo la llamaba.
Hugo la llamó a las cuatro y diez.
— Aristegui.
— Setién.
— ¿Estás con tu madre?
— He salido a fumar. Lleva dormida desde las tres.
— ¿Cómo está?
— Bien. Bien para ella. Hoy ha sido un día bueno.
— Me alegro.
— ¿Tudela?
— Mañana sigo. He cerrado a las dos. Ahora vuelvo al hotel a estudiar.
— ¿Cenamos?
— Te recojo a las nueve.
— Vale.
— ¿Iñigo?
— Iñigo me deja el piso de Mendebaldea esta noche y mañana. Está en Madrid hasta el lunes.
— Bien.
— Hugo.
— ¿Sí?
— Gracias.
— Ya, Aristegui. Anda, fuma tranquila.
A las cinco menos cuarto, Eider volvió a la habitación de Carmen. La encontró despierta, mirando por la ventana.
— Ama.
— ¿Te vas?
— Voy donde Iñigo. Mañana viene Ane y comemos las tres aquí, ¿quieres?
— Vale.
— ¿Te traemos algo?
— Una galleta de la cafetería del Reyno.
— Vale.
Eider le besó la frente. Carmen se la dejó besar.
— Hija.
— Dime.
— ¿El chico de tu hija es bueno?
Eider se rió.
— No es chico todavía. Es un compañero.
— Ah.
— Hasta mañana, ama.
— Hasta mañana, Eider.
Bajó hasta recepción. Le dio dos besos a María del Pilar, que la conocía desde hacía dos años y que era la auxiliar que más bien le caía.
Le preguntó por Carmen. María del Pilar le dijo lo que le decía siempre.
Hoy bien, ayer regular, esta semana ha hecho preguntas que no recordaba que se hacían. Eider asintió.
Cogió otro taxi hasta Mendebaldea. El piso de Iñigo estaba en una calle interior cerca del río.
Subió. Las llaves estaban donde siempre, debajo del felpudo, lo cual a Eider le parecía una imprudencia de fiscal pero a Iñigo le parecía una costumbre.
Entró. El piso estaba limpio, con esa limpieza de hombre que vive solo entre semana y aspira los viernes por la noche.
Eider dejó la bolsa en el cuarto que Iñigo le decía que era el suyo cuando se quedaba, que en realidad era el cuarto de invitados, que en realidad seguía teniendo un colcha azul que ella había comprado en 2014 cuando todavía vivían juntos. La colcha aguantaba.
Se duchó. Se cambió. Bajó al supermercado de la esquina y compró pan, queso, jamón ibérico de buena marca de las que no había publicidad pero todo el mundo conocía, dos cervezas sin alcohol y una botella pequeña de vino tinto de Navarra. Subió. Preparó una tabla en la cocina. La dejó en la nevera.
A las nueve menos cuarto, sonó el portero. Hugo subió. Llegó con un ramo pequeño de flores naranjas y blancas que Eider colocó en un jarrón de cristal de Iñigo sin sentir nada de raro al hacerlo. Cenaron en la cocina, picando del jamón y del queso. Eider bebió la sin alcohol. Hugo el tinto.
Hablaron de su madre. De Ane. De Tudela.
De la guardia del lunes. De un caso del año anterior en el que Hugo había defendido a un industrial de Tafalla y que ahora le tocaba volver a apelar.
De la posibilidad de que su hijo Mateo viniera a León los fines de semana de noviembre.
De si el Real Madrid iba a ganar el clásico. Eider no lo sabía. Hugo tampoco.
A las once y media, Hugo se levantó.
— Yo me voy al hotel.
— ¿No te quedas?
— Mañana a las ocho me reúno con el cliente para el juicio del lunes. No quiero llegar tarde.
— Vale.
— ¿Mañana?
— Mañana comemos las tres en la residencia. Las cinco salgo, vengo aquí, te llamo.
— Si quieres, pasamos por el bar de Ezkaba antes de tu tren.
— Sí.
— Lo digo en serio.
— Y yo.
Hugo le besó la sien. Cogió la chaqueta. Se fue. Eider cerró la puerta y se quedó un segundo apoyada en ella. Después fue a la cocina, recogió, lavó los platos. Se metió en la cama del cuarto de invitados, encendió el flexo, abrió la novela de Tana French. Leyó dos páginas. Se durmió.
A las tres de la mañana se despertó. La habitación estaba a oscuras. El piso silencioso. Un coche pasó por la calle con un ruido húmedo de neumáticos sobre asfalto mojado. Eider se incorporó. Encendió la luz del pasillo. Bajó a la cocina a beber agua.
En la nevera quedaba un cuarto de jamón. Sobre la encimera, el ramo de Hugo en el jarrón de Iñigo. Eider se rió bajito. Bebió el agua. Volvió a la cama.
Antes de dormirse otra vez, sin querer pensarlo, pensó que Bruno Quevedo a esa hora estaría durmiendo en una celda compartida en Mansilla de las Mulas o despierto, mirando el techo, igual que ella.
Bruno Quevedo no le importaba. Bruno Quevedo era expediente cerrado para el atestado y expediente abierto para la fiscalía.
Lo que le importaba a esa hora a Eider Aristegui era que su madre Carmen no la había confundido con su hermana en la comida.
Que su hija Ane había aceptado verse al día siguiente.
Que Hugo no le había preguntado por el caso.
Que el lunes a las siete y media bajaba del tren a León y la puerta de Villa Benavente la esperaba como llevaba siete años esperándola, todos los días, salvo los dos sábados al mes en los que Ane subía o bajaba.
Cerró los ojos.
Domingo por la mañana, la luz entró por las rendijas de la persiana de Mendebaldea a las ocho.
Eider tardó una hora más en levantarse. Se duchó otra vez.
Hizo café. Se desayunó tres tostadas con tomate y aceite porque le apetecía hacerlo.
Llamó a la residencia para confirmar que Carmen había desayunado bien. Le dijeron que sí.
A las once y cuarto sonó el timbre. Era Ane, con una mochila al hombro y el pelo mojado de la lluvia fina del paseo. Llegaba del entreno de hockey. Quince años, uno setenta, ojos avellanados como su madre, pelo castaño rojizo, las manos largas de su padre.
— Hola, ama.
— Hola, hija.
Eider la abrazó. Ane le aguantó el abrazo, no se zafó. Eso era nuevo. Llevaba seis meses zafándose.
— Tengo hambre.
— Pues bien, porque vamos a la residencia a la una.
— ¿Qué hay?
— Lo que pongan.
Ane dejó la mochila en el sofá. Eider preparó café para ella, que llevaba un año bebiendo café como si llevara una vida bebiéndolo.
Hablaron de hockey. De un torneo en San Sebastián el fin de semana siguiente.
De un trabajo de Lengua que tenía atrasado.
De que su padre estaba en Madrid en un congreso de la fiscalía y volvía el domingo por la tarde.
De que el chico al que Carmen había llamado "el chico" no era chico todavía pero se llamaba Ander y le caía bien.
Eider escuchó. Preguntó tres cosas. No insistió.
A las doce y media salieron andando hacia Iturrama.
La lluvia fina seguía. Llegaron mojadas.
Carmen las esperaba en el comedor. Comieron las tres.
Carmen reconoció a Ane sin titubear. Le habló del colegio nuevo, que ya no era tan nuevo, y de un examen que Ane había tenido el viernes, que en realidad había sido el jueves. Ane no la corrigió. Eider tampoco.
A las cuatro y media se despidieron. Carmen le dio dos besos a Ane. A Eider tres.
A las cinco bajaron al taxi. El taxista las llevó a Mendebaldea. Ane recogió la mochila. Le dio un beso a Eider en la sien.
— Ama.
— Dime.
— ¿Vienes el finde que viene?
— No, hija. El viernes voy a ir corta de manos en León. Igual el otro finde.
— ¿Bajo yo?
— Pregunta a tu padre.
— Vale.
— Te quiero.
— Y yo.
Ane salió. Eider cerró. Llamó a Hugo.
— ¿Bar de Ezkaba?
— Bar de Ezkaba.
— ¿Me recoges?
— Sí.
A las seis cogieron una caña en el bar de Ezkaba.
Eider pidió una sin alcohol, Hugo una doble.
Hablaron poco. Hugo le acompañó a la estación.
El tren salía a las siete y veinte. Eider subió, se sentó en la ventana, sacó la novela de Tana French del bolso.
La saludó por el cristal. Hugo se quedó hasta que el tren arrancó.
A las nueve y media bajó del tren en León-Renfe. Bajaba a León. La lluvia había parado. La estación olía igual que el sábado por la mañana, sólo que distinto, cómo es el olor de las estaciones por la tarde. Cogió un taxi a Renueva. Pagó. Subió andando los cuatro pisos.
Su piso seguía oliendo a poco. Encendió la luz del recibidor. Dejó la bolsa en la entrada. No la deshizo todavía.
A las diez se preparó una manzanilla. Se sentó en el sofá. Llamó a Cardeñosa.
— Cardeñosa.
— Jefa.
— ¿El ingeniero?
— El ingeniero, nada nuevo. La mujer y la otra dicen lo mismo: martes ocho, miércoles nueve, jueves diez por la mañana. Después cero. Móvil apagado, tarjeta no usada, coche aparcado en Eras de Renueva.
— ¿El coche?
— En el aparcamiento del centro de empresas. Sin forzar. Las llaves no están.
— Vale. Mañana a las ocho.
— Mañana a las ocho.
— ¿Marta y los niños?
— Bien. La pequeña tiene mocos. Lo de siempre.
— Cardeñosa.
— ¿Sí?
— Buenas noches.
— Buenas noches, jefa.
Eider colgó. Se acabó la manzanilla. Se metió en la cama a las once. La novela de Tana French le aguantó cuatro páginas más. Después se durmió.
El móvil sonó a las siete del lunes. Era el despertador. Eider lo apagó. Se levantó.
Otra semana.