León. Comisaría Provincial. Viernes, 1730.
Cardeñosa entró en el despacho con dos folios y una pregunta.
— Jefa.
— Dime.
— La fiscal Antón quiere reunión el lunes a las diez para la calificación. Te incluyo.
— Inclúyeme.
— Y la segunda. La carpeta del ingeniero. ¿La abrimos hoy o el lunes?
— Hoy. Una hora. Tú, Quintanilla y yo. Folgueras se ha ido a la facultad porque lleva al chico a un cumpleaños.
— Bien. ¿Dónde?
— Sala de reuniones. La del corcho.
— La sala vacía, dirás.
— Sí.
Cardeñosa salió. Eider firmó otros dos folios.
El atestado del caso Cembranos quedaba cerrado a falta de la calificación definitiva de la fiscalía.
La parte policial, terminada. Una semana exacta desde la denuncia de Begoña en Villa Benavente.
Seis días desde el levantamiento del cuerpo en la cuneta del kilómetro cuatro.
Cuatro días desde que Quintanilla había sentado en el corcho la matrícula 7842JFK con un círculo rojo.
Veintitrés horas desde la confesión de Bruno Quevedo en sala 2.
Ocho horas desde la prisión provisional sin fianza dictada por Cifuentes.
Tiempos de comisaría. Limpios. Salvo por la chaqueta vaquera que la víctima llevaba puesta al salir del Camarote y que no había aparecido.
Eider había pensado que aparecería en el coche de Bruno, en alguna cuneta cercana, en un contenedor de Onzonilla.
No había aparecido. Bruno había dicho que la había tirado en una papelera de la avenida San Mamés a las cuatro de la madrugada del sábado.
La papelera ya había sido vaciada por el servicio municipal.
La chaqueta había acabado en el vertedero de San Román de la Vega o en la incineradora de Valladolid.
Daba igual. La cadena de pruebas se sostenía sin ella.
A las seis menos cuarto, Eider, Cardeñosa y Quintanilla se sentaron en torno a la mesa de la sala de reuniones.
El corcho de la pared estaba limpio. Cardeñosa abrió la carpeta que Albadalejo había dejado a mediodía.
Pegó al corcho la fotografía del nuevo desaparecido.
Era un hombre de unos cincuenta, calvo, gafas, traje gris claro, sonrisa de orla.
Se llamaba Luis Mario Tapia Carballo. Ingeniero de telecomunicaciones, jefe de proyectos en una empresa privada que prestaba servicios para una operadora.
Cuarenta y nueve años. Casado, dos hijos en edad escolar, vivía en La Lastra.
La mujer había denunciado el jueves al mediodía.
La última señal del móvil estaba a las siete y diecinueve de la mañana del viernes diez de octubre, en el aparcamiento del centro de empresas de Eras de Renueva.
La mujer había callado tres días por miedo a "ser pesada".
El viernes, una semana después, había venido a la comisaría por la mañana con el hijo mayor.
— ¿Me lo cuentas? — pidió Eider.
— Te lo cuento, jefa — dijo Cardeñosa —.
Salió de casa el viernes diez a las seis y media.
Café en la cafetería del centro de empresas a las siete.
Reunión interna a las siete y cuarto. Cancelada.
Salió del aparcamiento, según el guardia de la garita, a las siete y veintitrés.
No volvió a casa. No volvió al trabajo. Móvil apagado a las siete y diecinueve, ahí hay un desfase. La mujer pensó que estaba con la otra.
— ¿Hay otra?
— Hay otra. Lleva con ella año y medio. Profesora de Secundaria del barrio de la Palomera. Salomé Beato, treinta y nueve. La mujer lo sabe desde primavera. Calló por los hijos. La otra no lo ha visto desde el martes ocho.
— ¿Y la otra ha denunciado?
— La otra no denuncia. La otra le manda mensajes al móvil apagado.
— Bien. Quintanilla, geolocalización, redes y triangulación de la última posición. Cardeñosa, mañana sábado entrevista con la mujer y con la otra, por separado. Yo subo a Pamplona mañana. Folgueras vuelve el lunes y hace puerta a puerta en La Lastra.
— ¿Te subes a Pamplona, jefa?
— Tengo a mi madre. Llevo tres semanas sin verla.
— Vale.
— Si saltase algo gordo en el desaparecido, me llamáis. Si no, llego el lunes a las siete y media.
— Bien.
Quintanilla cerró el cuaderno. Cardeñosa apuntó tres cosas en una lista. Eider miró el corcho. Una sola fotografía. La de Luis Mario Tapia Carballo, ingeniero de telecomunicaciones, calvo, sonriente. Ninguna fotografía más, todavía. Era el inicio de otro caso.
A las siete menos veinte se cerró la sala.
Eider se quedó sola en el despacho cinco minutos, recogiendo las cosas.
Móvil, llaves, paquete blando de Marlboro casi vacío, el bolso de cuero marrón que Hugo le había regalado por su cumpleaños del año pasado.
Llamó al móvil de su madre. Carmen no descolgó.
Llamó al fijo de la residencia. Le pasaron a su habitación. Carmen descolgó al cuarto timbre.
— Eider, ¿hoy es jueves?
— Es viernes, ama. Mañana subo a verte.
— ¿Mañana?
— Sí, mañana sábado. Tren de la mañana.
— Vale, hija. ¿Qué quieres comer?
— Lo que tengas tú en la residencia, ama. Comemos allí.
— Vale, hija.
— Hasta mañana.
— Vale.
Carmen colgó. Eider se quedó un segundo con el teléfono apagado en la mano. Después marcó el número de Hugo Setién.
— Aristegui.
— Setién.
— ¿Has cerrado?
— He cerrado. Ahora me voy a casa, hago una bolsa, mañana subo a Pamplona.
— ¿Cenas conmigo?
— Sí.
— ¿Mi casa?
— Tu casa.
— ¿Pasta?
— Pasta.
— Te espero.
Eider colgó. Apagó el flexo. Cerró la puerta del despacho con llave. Bajó. En el rellano de la primera planta se cruzó con Albadalejo, el inspector jefe, que volvía de algún sitio con una carpeta debajo del brazo. Albadalejo se paró.
— Aristegui.
— Paco.
— Lunes a las diez con la fiscal. ¿Te ha dicho Cardeñosa?
— Me lo ha dicho.
— Bien.
— Paco.
— ¿Sí?
— ¿Tú sabías que iba a confesar?
Albadalejo se rascó la nuca.
— Yo, ¿qué quieres que te diga? Yo cuando empecé en Murcia hace mil años aprendí dos cosas.
Una, que los sospechosos por cobardía suelen confesar antes que los sospechosos por orgullo.
Dos, que los sospechosos por cobardía con familia detrás confiesan más rápido todavía.
El padre de Aitor encajaba en las dos. Te lo iba a decir el miércoles. Después se lió y no te lo dije.
— Pues te lo digo yo ahora. Encajaba.
— Ya.
Albadalejo subió. Eider bajó. En la calle ya era de noche. La lluvia había parado, pero el suelo seguía mojado. La iluminación de la calle Villa Benavente recortaba los charcos en la acera. Eider cruzó al Mégane gris plomo, abrió, encendió.
A las ocho menos cuarto entró en su piso de la calle Renueva.
Encendió la luz del recibidor. El pasillo olía a poco.
Llevaba siete años en aquel piso y aquel piso seguía oliendo a poco.
Tres habitaciones, una cocina, un salón, un baño y medio.
La habitación de Ane, que Ane usaba dos fines de semana al mes y que Eider mantenía con la cama hecha y dos pósteres pegados a la pared con masilla.
Eider entró en su cuarto. Sacó del armario una bolsa de viaje pequeña.
Metió un pijama, un par de jerséis, vaqueros, ropa interior, neceser, un libro que llevaba dos meses leyendo.
Una novela de Tana French. Cogió también un sobre con la ficha de la mutua de su madre, por si acaso.
Cerró la bolsa. Miró el reloj. Las ocho y cinco. Hugo vivía a doce minutos andando. Decidió ir andando. Le venía bien.
Salió. Cerró con dos vueltas. Bajó por la escalera porque el ascensor de su edificio era pequeño y no le gustaba meterse con la bolsa.
En la calle, el aire olía a lluvia que ya se había ido.
Caminó hasta Ordoño II despacio. Pasó por delante del 12 de la calle Renueva, donde antes había habido una cafetería que llevaba cerrada desde la pandemia y que ahora era un local de comida saludable con sillas altas.
Pasó por la plaza de Santo Domingo. La fuente estaba apagada por la temporada.
Cruzó hasta Ordoño II y subió por la acera de los pares.
El portal de Hugo era el catorce. Cuarta planta. Marcó el portero. Hugo abrió sin decir nada. Subió en ascensor.
Hugo abrió la puerta con un trapo de cocina en el hombro. Tenía el pelo todavía húmedo de ducha y olía a champú de farmacia. Le cogió la bolsa.
— ¿Pasta?
— Pasta.
— Sin tomate, con calabacín y atún, como te gusta.
— Como me gusta.
Cenaron en la cocina. Hugo no preguntó por el caso.
Eider no habló del caso. Hablaron del lunes, de un juicio que Hugo tenía la semana siguiente en la Audiencia Provincial por un asunto de hurto, de su hijo Mateo que había suspendido el examen de matemáticas, de la película que Hugo había visto la noche anterior en la televisión y que no le había gustado.
A las diez menos cuarto, Eider lavó los platos. Hugo secó. Después se sentaron en el sofá. Hugo le puso una serie nórdica que llevaba semanas viendo. Era oscura, lenta, con muchos tractores en la nieve. Eider aguantó dieciocho minutos. Después cerró los ojos.
Hugo apagó el televisor. La tapó con una manta. Le dejó en la mesa un vaso de agua y la luz del flexo encendida. Se fue al dormitorio.
A las dos de la mañana, Eider abrió los ojos. La sala estaba a oscuras. La manta le pesaba. Se incorporó. Fue al baño. Se lavó la cara. Volvió. Se quedó un minuto delante de la puerta del dormitorio sin abrir. Después abrió.
Hugo estaba despierto, leyendo una novela con la lamparilla.
— ¿Te apetece un cigarro? — preguntó Eider.
— No fumo.
— Yo sí.
Salió al balcón en camiseta. La calle estaba vacía. Una pareja paseaba dos perros pequeños. Lluvia fina otra vez, pero muy fina, casi humedad. Eider encendió el último Marlboro del paquete. Lo fumó despacio.
Cuando volvió, Hugo había apagado la lamparilla.
— ¿Subes mañana? — preguntó él en la oscuridad.
— Tren de las nueve y cuarto desde León-Renfe.
— ¿Cuándo vuelves?
— Domingo por la noche o lunes a primera hora.
— Yo el lunes tengo guardia.
— Lo sé.
— ¿Y el martes?
— El martes te recojo a la salida del juzgado.
— Bien.
Eider se metió en la cama. Hugo le pasó un brazo por la cintura. No dijeron nada más. Eider se quedó dormida en cinco minutos.
A las siete y media sonó el despertador del móvil.
Eider lo apagó al primer aviso. Se levantó sin hacer ruido.
Se duchó. Se vistió. Hugo se levantó cuando ella estaba haciendo café.
Le dejó un beso corto en la sien y se fue otra vez al dormitorio.
Eider se bebió el café en la cocina, mirando por la ventana el patio interior del edificio, donde había una fila de macetas abandonadas en el balcón del segundo piso de enfrente.
A las ocho y veinte salió. Bajó andando hasta la calle Astorga.
A las ocho y media entró en la estación de León-Renfe.
La estación estaba reformada y limpia. Compró un café en la cafetería del andén y un periódico en el quiosco.
El Diario de León. Pasó al expositor del crimen y la justicia.
Begoña Otero firmaba la pieza del caso Cembranos en página dieciocho.
Titular sobrio. "Prisión provisional sin fianza para el detenido por la muerte de Naia Cembranos".
Bajada en cuatro líneas. La pieza ocupaba media página.
Sin foto de la víctima. Sin nombre de Bruno Quevedo en titular, solo en cuerpo, una vez.
Sin alusiones a la libreta. Sin alusiones al hijo.
Otero había cumplido el pacto. Eider dobló el periódico, lo metió en la bolsa, no leyó la pieza entera.
El tren salió a las nueve y catorce. Coche cuatro, ventana, plaza setenta y siete. Eider se sentó. Cerró los ojos antes de Onzonilla.
A las nueve y cuarenta, tras Mansilla de las Mulas, abrió los ojos. El paisaje pasaba lento, llano, marrón claro, con álamos amarillos junto al río Esla. La lluvia fina volvía y se iba.
Pensó, sin querer pensarlo, en el aparcamiento del polígono industrial de Onzonilla.
En el bordillo. En la cabeza de Naia Cembranos contra el bordillo.
En los setenta metros que un hombre de cuarenta y nueve años, comercial de seguros, había recorrido cargando un cuerpo de cincuenta y dos kilos.
En las llaves del Ford Focus tintineando en el bolsillo durante esos setenta metros.
En la vuelta, ya sin carga, de noventa segundos.
Apartó la cabeza del cristal.
Sacó la novela de Tana French del bolso. Leyó treinta páginas hasta Burgos. En Burgos se durmió otra vez.