León. Juzgado de Instrucción nº2. Viernes, 0855. #2
A las doce, Cardeñosa y ella bajaron al despacho del comisario Alesanco en la primera planta. La secretaria les hizo señas para que pasaran. Alesanco estaba de pie, junto a la ventana, con un dedo apretado contra la sien derecha.
— Aristegui.
— Comisario.
— ¿Prisión?
— Sin fianza.
— ¿Recurso?
— Llamosa lo ha anunciado. No va.
— ¿Fiscalía?
— Antón. Homicidio del ciento treinta y ocho. Posible atenuante por confesión.
Alesanco asintió. Se apartó de la ventana.
— Bien — dijo —. Bien, Aristegui. Albadalejo me pasará el atestado completo a primera hora del lunes.
— A primera hora del lunes.
— ¿Otero?
— Otero pacta. Off the record, tres preguntas, lo de siempre. No publica nada que comprometa.
— ¿Y los nacionales?
— Si quieren publicar, que llamen al gabinete. Yo no hablo con nacionales.
— Bien hecho.
Alesanco se sentó por fin. Se apretó las dos sienes con los pulgares.
— Cardeñosa, hijo, sal a por agua.
Cardeñosa salió. Alesanco bajó la voz.
— Aristegui.
— ¿Sí?
— Buen trabajo.
— Equipo.
— Sí, equipo, ya lo sé. Pero también tú. Buen trabajo.
— Gracias, comisario.
— Vete a comer algo decente.
— Sí.
Eider salió del despacho a las doce y diecinueve. Cardeñosa la esperaba con la botella de agua en el pasillo. La miró.
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿Comemos?
— Cafetería del puente. Y un bocadillo.
— Hecho.
Bajaron por la escalera, no por el ascensor.
En el rellano de la primera planta se cruzaron con una mujer de unos sesenta años, abrigo verde botella, sentada en la silla del pasillo de espera con las manos cruzadas sobre el bolso.
La mujer no levantó la vista. Eider la reconoció.
Era la madre de un detenido por una agresión grave de hacía dos meses.
Llevaba semanas viniendo todos los viernes a preguntar por el chico, aunque el chico estuviera en preventiva en Mansilla.
La sentaban en aquella silla. Le decían que esperase. Algún día le decían algo, otros no.
Eider no la saludó. La mujer no la habría reconocido. Pero al pasar por delante de ella, Eider notó por dentro algo que no supo nombrar. Una sensación parecida a la de la junta levantada del juzgado. Algo que estaba allí desde hacía tiempo y que nadie iba a arreglar.
A las dos en punto entró Cardeñosa en el despacho de Eider con un sobre marrón.
— Jefa.
— Dime.
— La libreta.
— ¿La libreta?
— La Moleskine roja. Fotocopia de la página crítica al expediente. La libreta original, custodiada como prueba documental hasta que la fiscalía termine. Pero la familia la ha solicitado para uso personal. Antón ha dicho que sí, con custodia firmada.
— ¿Cuándo?
— Mañana. Si quieres se la baja Quintanilla.
Eider se levantó. Miró por la ventana del despacho. Llovía despacio sobre el patio interior, un patio rectangular gris con dos coches camuflados aparcados de cualquier manera y una palmera enana que llevaba allí más años que ella en León.
— Voy yo — dijo —. La bajo yo esta tarde.
— ¿Seguro?
— Sí.
— Vale.
Cardeñosa salió. Eider se quedó de pie un momento más junto al cristal.
Después volvió a la mesa. Abrió la carpeta azul.
Sacó la fotocopia de la página del 8 de agosto.
La leyó otra vez. La tinta era azul, redonda, joven, con la "B.
" apretada al margen como si Naia Cembranos hubiera querido esconder la inicial dentro de la propia raya.
Llevo dos semanas pensándolo. No le voy a decir nada a A. todavía. Pero algún día sí.
Eider cerró la carpeta. Puso el sello del registro.
A las dos y cuarto, Folgueras llamó a la puerta con un bocadillo de tortilla de la cafetería del puente envuelto en papel de aluminio.
— Jefa.
— Gracias.
— ¿Te lo comes ahí?
— Aquí.
— Vale.
Folgueras salió. Eider abrió el papel. La tortilla estaba caliente. Comió de pie, mirando el patio. La lluvia seguía igual.
Cuando terminó, se limpió las manos con una servilleta. Tiró el papel al cubo. Cogió las llaves del Mégane. Bajó.
A las cuatro y diez paró delante del portal de la calle Cardenal Landázuri.
Se quedó un minuto en el coche, con el motor apagado, mirando el portal número once.
La puerta era de madera oscura, con tirador de latón gastado.
La placa decía CEMbrANOS-VEGA en una de las cuatro líneas del telefonillo.
Eider sacó la libreta Moleskine roja del bolso.
La sopesó. La metió otra vez. Salió del coche.
Llamó al portero automático. Begoña Cembranos descolgó al segundo timbrazo. Tenía la voz cansada, no llorosa.
— Inspectora.
— Begoña. ¿Le viene bien ahora?
— Suba.
La puerta se abrió. Eider entró. La caja de la escalera olía a ese olor de portales viejos del centro, a madera, a humedad fría, a cera de muebles. Subió andando hasta el tercero. La puerta del piso ya estaba entornada.
Begoña Cembranos la esperaba en el umbral con un jersey gris demasiado grande y unas zapatillas de andar por casa. Detrás, el pasillo estaba a oscuras. Solo había luz en la cocina al fondo.
— Pase.
Eider pasó. Sacó la libreta del bolso. Se la tendió.
— Tenga. La página del ocho de agosto está fotocopiada en el expediente. La libreta es suya. Si en algún momento la fiscalía la pide para juicio, se la pediremos. No creemos que haga falta.
Begoña la cogió. La sopesó igual que Eider la había sopesado en el coche. La apretó contra el pecho un segundo. Después la dejó sobre la mesa baja del recibidor.
— ¿Quiere un café?
— No, gracias. He venido solo a esto.
— Ya.
Silencio.
— ¿Le va a caer mucho?
— Quince años, si la fiscalía tira por homicidio. Algo menos, si reconoce sin recurrir y colabora.
— Quince años.
Begoña asintió. Miró la libreta sobre la mesa baja. La miró un rato largo.
— Inspectora.
— Dígame.
— ¿Sabe que no va a salir nunca de la cabeza de Aitor?
Eider miró al suelo del recibidor. El parqué estaba gastado en un rectángulo justo delante de la mesa baja, ahí donde la familia se quitaba los abrigos durante años.
— Lo sé — dijo.
— Bien.
— Que tenga buena tarde, Begoña.
— Igualmente, inspectora.
Eider bajó la escalera despacio. En el portal, antes de salir a la calle, encendió un cigarro. Se lo fumó entero apoyada en el marco. Después salió al Mégane.
A las cinco menos cuarto volvió al despacho. Cerró la puerta. Apoyó la frente contra el cristal de la ventana del patio interior. Llovía sobre la palmera enana y sobre los dos coches camuflados aparcados de cualquier manera.
En la mesa, el atestado completo del caso Cembranos esperaba la firma final.
Eider firmó.