Cuneta León. Juzgado de Instrucción nº2. Viernes, 0855.
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León. Juzgado de Instrucción nº2. Viernes, 0855.

Cardeñosa la esperaba en la escalera del juzgado con dos cafés de máquina. Le tendió uno sin decir nada. Eider lo aceptó. Estaba demasiado caliente y demasiado aguado y no se lo iba a beber.

— ¿Has dormido? — preguntó él.

— Algo.

— Mentirosa.

— Cuatro horas. Que para mí es dormir. Tú qué tal.

— Marta me ha echado de la cama porque roncaba.

— Pobre Marta.

Subieron juntos por la rampa del lateral.

La sala de la jueza Cifuentes estaba en la segunda planta.

Eider conocía el pasillo de memoria. Suelo de mármol con una junta levantada en la baldosa que estaba justo delante de la puerta del archivo.

La junta llevaba años así. En seis años de León nadie la había arreglado.

A las nueve menos cinco, la oficial del juzgado les hizo pasar a la sala.

Bruno Quevedo entró desde la puerta lateral, custodiado por dos agentes de la unidad de traslados de la comisaría.

Llevaba el pantalón azul marino y la camisa azul claro con los que había sido detenido el jueves por la mañana en su domicilio de la avenida Padre Isla.

La camisa estaba arrugada en el cuello porque a Bruno le habían quitado la corbata al ingresarlo en los calabozos de Villa Benavente y nadie se la había devuelto.

Tenía el pelo gris peinado con la mano. No miró a Eider.

Miró al letrado, Mario Llamosa, que acababa de sentarse en su silla con la cartera abierta sobre el muslo.

La fiscal de guardia era Marisa Antón, cuarenta y dos años, salmantina, conocida y eficaz. Eider había trabajado con ella tres veces en los últimos dos años y le caía bien por una virtud rara: no fingía empatía con las víctimas. Hacía su trabajo y se iba a casa.

La jueza Ramona Cifuentes Pelayo entró a las nueve y dos. Toga, pelo gris recogido, gafas de leer colgadas del cuello con un cordón. Saludó con un gesto y se sentó. Abrió el expediente.

— Bien — dijo —. Comparecencia de Bruno Quevedo Reguera, detenido el jueves dieciséis de octubre a las nueve y diez de la mañana en su domicilio de avenida Padre Isla, número treinta y seis, escalera B, cuarto C, de León.

Diligencias previas dos mil seiscientos cuarenta barra dos mil veinticinco.

Letrado señor Llamosa, ¿está de acuerdo con que su cliente preste declaración?

— De acuerdo, señoría — dijo Llamosa, sin levantarse del todo.

Bruno Quevedo prestó declaración por segunda vez.

La declaración fue, palabra por palabra, la misma que había dado el jueves por la tarde en sala de interrogatorios 2 de Villa Benavente.

Reconoció el desvío al polígono industrial de Onzonilla a las dos y treinta y ocho del sábado once de octubre.

Reconoció haber conducido el Ford Focus gris matrícula 7842JFK propiedad suya.

Reconoció haber recogido a Naia Cembranos Vega en la plaza Mayor de León a las dos y veinticinco.

Reconoció haber empujado a la víctima en el aparcamiento del polígono y haberla visto golpearse contra el bordillo.

Reconoció no haber llamado a una ambulancia.

Reconoció haber cargado el cuerpo y haberlo trasladado setenta metros hasta la cuneta de la N-630, kilómetro cuatro.

Reconoció el repostaje de doce euros en la gasolinera Repsol del kilómetro tres y medio a las tres y dos minutos.

No reconoció premeditación. No reconoció intención de matar.

La jueza Cifuentes lo escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, miró a Llamosa.

— Letrado, ¿tiene algo que añadir?

— Mi cliente colabora desde el primer momento, señoría. Ha confesado de forma voluntaria. La conducta posterior, aunque deplorable, encaja con un homicidio doloso eventual. Solicito libertad provisional con medidas cautelares.

— Fiscal.

Marisa Antón se levantó.

— Señoría, la fiscalía solicita prisión provisional sin fianza.

Existe riesgo de fuga, dado que el detenido tiene capacidad económica suficiente y conoce, por su profesión de comercial de seguros, la mecánica de la documentación.

Existe riesgo de destrucción de pruebas: la familia del detenido tiene acceso al domicilio, donde el equipo de Policía Científica todavía no ha terminado el cribado.

Existe riesgo de reiteración delictiva en sentido amplio, dado el perfil de la víctima y los hallazgos preliminares de la libreta personal de la fallecida.

La calificación provisional es de homicidio del artículo ciento treinta y ocho del Código Penal, con la posible atenuante de confesión y posible agravante de aprovechamiento de superioridad.

— ¿Letrado?

— Mantengo la solicitud de libertad provisional, señoría.

Cifuentes apuntó algo. Tardó un minuto largo. Eider se mantuvo quieta. Cardeñosa, a su izquierda, tenía las manos cruzadas sobre la carpeta azul.

— Vista la documentación, oída la fiscal y oído el letrado, esta instructora acuerda la prisión provisional comunicada y sin fianza del señor Bruno Quevedo Reguera, en aplicación del artículo quinientos tres de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Centro penitenciario, Mansilla de las Mulas.

Ingreso ordinario. Prosígase la instrucción. Levántese acta.

Llamosa anunció recurso de reforma. La jueza tomó nota.

Eider y Cardeñosa salieron del juzgado a las nueve y cincuenta y tres.

En el rellano de la entrada ya había prensa.

Cuatro micrófonos, dos cámaras, y al fondo, apoyada en la barandilla del piso superior, Begoña Otero del Diario de León.

Otero levantó la barbilla cuando Eider apareció. No se acercó. Esperó.

Eider pasó por delante del corro de la prensa generalista sin decir palabra.

Cardeñosa repitió tres veces, con paciencia maragata aunque no fuera maragato, "no hay declaraciones, lo del juzgado lo tiene la sala de prensa de la subdelegación".

A la cuarta vez una redactora de COPE cedió.

Una de la SER preguntó si el detenido había confesado.

Eider la miró un segundo y no contestó. Otero, desde la barandilla, sonrió sin sonreír.

En la calle, junto al Mégane gris plomo aparcado en doble fila con el cartón de POLICÍA en el salpicadero, Cardeñosa se desabrochó el botón del cuello.

— Otero te pide treinta segundos — dijo.

— Ya lo sé.

— ¿Se los das?

— Se los doy. Así no me la encuentro mañana en la puerta de Villa Benavente.

— Pacto.

— Pacto razonable.

Otero bajó las escaleras con paso tranquilo. Llevaba un abrigo de paño gris y zapatillas blancas. Al llegar al coche se sacó la grabadora del bolsillo y la apagó delante de Eider.

— Off the record — dijo —. Tres preguntas. Te juro que no te ato a nada.

— Cuenta.

— ¿Confesó?

— Sí.

— ¿Sin pacto previo con la fiscalía?

— Sin pacto previo. Con su abogado de turno de oficio en la sala. Voluntaria.

— ¿La libreta?

Eider la miró. Otero llevaba años pidiendo bocados pequeños. Ese estaba en el límite.

— La libreta existe — dijo —. La página clave la tiene la fiscalía. La familia tiene la libreta.

— ¿La página la van a publicar?

— Esa es la cuarta pregunta.

— Disculpa.

— La página no se publica, Otero. Si la publicas tú o cualquier otro, la madre nos denuncia y os comemos. Y a la página la cogió la fiscalía con consentimiento informado.

— Vale — Otero asintió —. Lo respeto.

— Respeta también a la madre. Tres semanas sin ronda al portal del Crucero. Si necesitas color, color del barrio, no de la madre.

— Trato hecho.

— Pacto.

Otero se metió la grabadora en el bolsillo. Saludó a Cardeñosa con un gesto. Subió las escaleras del juzgado de vuelta. Eider abrió el coche.

A las once menos cuarto entraron en Villa Benavente. La centralita los saludó. En la segunda planta, la oficial Quintanilla los esperaba en el rellano con un café del puente, no de la máquina.

— Jefa.

— Gracias.

— Folgueras está abajo. Va a la cafetería buena, dice. Que ha llamado Albadalejo, que pasa a mediodía.

— ¿Alesanco?

— Alesanco está reunido con la subdelegada del Gobierno desde las nueve. Migraña, dice su secretaria. Pero ha pedido que le pasemos el atestado en cuanto bajen del juzgado.

— Ya está.

Eider entró en su despacho. Dejó la carpeta azul sobre la mesa. Se sentó. Encendió el ordenador. Cardeñosa se quedó en el umbral.

— Jefa.

— Dime.

— Lo del Llamosa, lo del recurso. ¿Se va a aceptar?

— No. Cifuentes no levanta una preventiva por una confesión así. Llamosa lo intenta porque cobra por intentarlo.

— Vaya tela.

— Pues sí.

Cardeñosa salió. Eider abrió el correo. Tenía siete sin leer. Contestó tres con dos palabras cada uno. Borró dos. Dejó dos pendientes. A las once y cuarto entró Folgueras con un cartón de seis cafés de la cafetería del puente.

— Jefa.

— Folgueras.

— Tres con leche, dos solos, uno cortado.

— ¿Mío?

— Solo, sin azúcar.

— Gracias.

Folgueras dejó el cartón en la sala de reuniones del Grupo de Homicidios y Desaparecidos.

Eider entró detrás. Quintanilla y Cardeñosa ya estaban dentro.

Sobre el corcho de la pared seguía la fotografía de Naia Cembranos del carné universitario, la fotografía de la cuneta del kilómetro cuatro, el listado de cámaras, la matrícula 7842JFK rodeada con un círculo rojo de rotulador. Eider miró el corcho un segundo.

— Quintanilla, descuelga. La fotografía de Naia te la quedas tú en la mesa hasta que la madre venga a por ella. La de la cuneta, archivo. Lo demás, atestado. La sala se queda limpia para el siguiente.

— Hecho, jefa.

— Cardeñosa, bajamos a Alesanco a las doce. Tú llevas los papeles.

— Recibido.

— Folgueras, ¿qué tienes del ingeniero?

— ¿Qué ingeniero?

— El ingeniero de telecomunicaciones que ha denunciado la mujer ayer. ¿No te lo ha dado Albadalejo?

— Me lo ha dado. Esta tarde lo abro. Estaba con esto hasta hoy.

— Esta tarde, Folgueras.

— Esta tarde.

Quintanilla descolgó la fotografía de Naia con cuidado y se la guardó en una carpeta de plástico transparente. La fotografía de la cuneta la metió en otra. La sala quedó con el corcho a medias. Eider se quedó mirando el corcho un segundo más de la cuenta. Después salió.